Parque
Jurásico
rancio de palomitas de maíz,
humedad de la alfombra,
polvo de las cortinas bermellón,
sudor de sobremesa interrumpida,
dulzor de refresco de máquina
—qué modernidad la de 1993—;
la sala del Apolo
es una batalla de hedores vespertinos
pronto dejará de ser cine
sólo será un galerón
metros y metros cuadrados
para la especulación inmobiliaria
que, ahora, son una jungla prehistórica
sin estándares THX
cuyo audio se estrella en las paredes
y rebota en el techo de lámina
Steven Spielberg nos enseña
por qué temer a los dinosaurios:
potentes rugidos
colmillos rechinantes
llenos de furia
garras agudizadas
por la magia del close up
monstruos extintos
miedos conjurados
en la pantalla
y en las exhibiciones
de reptiles gigantes
accionados por computadora
—¡la palabra de la década!—
a los citadinos
de mi generación
nadie
ningún cómic
ninguna película
ningún juego de video
nadie
nos enseñó a temerle
al verdadero monstruo
cuyo gutural cloqueo
es
quizá
el más jurásico
de los sonidos que oirá
el oído humano
nadie nos preparó
para imponernos
al despliegue
de su plumaje
no hubo cómics
que previnieran
a los adolescentes que fuimos
—sorprendidos del Nintendo
y temerosos de Godzilla—
del ataque puntual
del fuerte pico
de la bestia
ningún guion cinematográfico
marca un acercamiento
a sus patas
flacas más firmes
de piel brillante
en su desnudez
ningún parque de atracciones
incluía un callejón
rodeado de cercas de carrizo
y muros de adobe
que impidieran la huida
de la persecución
artera
de un guajolote.
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