domingo, 31 de mayo de 2026


 

ALFREDO ZITARROSA

 


 

A vos, Patria

  

Vení Patria y mirá
tus hijos machos cómo se van.
Vos preguntales adónde irán,
que alguien les diga que valen más;
algún día volverán.
Vení Patria y mirá
cómo los muerde la soledad,
–diente de pobre mastica más–
los que se aguantan por vos, están
amasando su pan.
Vení Patria y mirá
qué pan amargo van a sobar;
a vos también te convidarán
y sos el horno donde lo harán
–leña no va a faltar–.
Patria decilo vos;
qué es lo quiere el que te nombró?
dijo “la patria” y se disculpó
–tordo que empolle nunca se vio–
menos si ya comió…
Vení Patria y hablá
cuál de nosotros te faltará…
Los orientales que vos criás
hasta en los árboles pelearán
si es que vos los mandás.
Vení Patria y decí
cuál de nosotros debe morir.
Sobran varones y están aquí,
listos a pelear y porque sí,
si es que vos lo decís.
Vení Patria y mirá
éstos son hombres y están acá.

 

 

MAHFÚD MASSÍS

 

 

 

Mercado persa

 

Entre pordioseros vestidos de mariposas,
y piojos traídos del Himalaya,
contemplo el vuelo del vendedor de ensueños y huevos mágicos.
Hay una parca rodeada de flores,
un asesino, una piedra escarlata,
y yo, pobre, cubierto de manchas de resina,
compro un pájaro en medio de la tormenta,
un ave de pecho seco, como el mío.
Quiero escuchar su trémula voz de difunto,
su quimera en mi habitación, su madrigal de hueso;
sentir cómo se quema su plumaje, mientras me agito en los escombros del sueño,
y levantarme a gritos, como si me hubieran desenterrado,
los ojos puestos al revés, bajo la sepultura.

 

OSBERT SITWELL

 

 


En la costa de Coromandel

  

En la costa de Coromandel,
Bailan al son de Handel;
Coralmente, esa costa coralina
Une hueso y fantasma,
Hasta que palabra, miembro y nota son uno,
Fundiendo acto y sonido.

Todo el día apuntan el paso
En la costa de Coromandel.
Piernas amarillo limón, desnudas,
Piruan al aire empolvado
Desde los primeros brotes verdes del alba,
Frescos como un cuerno del norte,
Hasta que el viento tropical nocturno
Con su lengua áspera
Rompe las frágiles torres de especias.

Reflejados en arrozales lisos y verdes
(Donde el agua es espejo perfecto),
Sarabandas y rigodones
Danzan en el ronroneo del mediodía,
Mientras las olas lacadas dibujan
Dragones dorados en la arena—
Dragones que deben morir, humeantes,
Bajo la agonía del sol ardiente—

Cuando elefantes de sangre real
Avanzan hacia el descanso entre barro de lirios,
Entonces la tarde, dulce como mango,
Los invita a un alegre fandango,
Minué, giga o gavota.

Cómo detestan el turkey-trot,
La danza nautch y la Highland fling.
Pues jamás cantarán
Otra música que no sea la de Handel
En la costa de Coromandel.

 

 

JOSÉ JOAQUÍN CASAS

 

 

 

De noche

  

Pasó el rosario. Por la usual calleja,
del ángel de la guarda en compañía,
rezando el Kirie por costumbre pía
hacia su ejido el sacristán se aleja.

Asunto pingüe de vulgar conseja,
entre la breña tétrica y bravía
con las memorias del difunto día
el agorero currucuy se queja.

Cerró la tienda doña Ester Barbosa;
cada vecino en su mansión tranquila
al toque de las ánimas reposa.

Mustio el farol municipal vigila,
y extienden por la plaza silenciosa
rumor de paz los chorros de la pila.

 

JAMILA MEDINA RÍOS

 

 

 

Parpadeo con cola de pescado


Con cola de pescado o colapez
encuadernaban los turcos
sus libros de regalo.

Se trataba de álbumes bizarros
donde mezclaban tsunamis
con antiguas batallas de las que habían vuelto
qué importa si triunfales o vencidos.

Los daban en invierno a sus esposas.
A veces sus amantes/ de las vecinas riberas
deslizaban en el libro una flor púrpura
una marisma/ un marisco de oleada persistente
una maroma de agua que dejara saber.

Cuando la esposa de un turco descubría el engaño
preparaba un gran bol de gelatina
y debía comérselo de pie:
sin parpadear de pie.
Remedio santo —decían las parteras
cortando el palo encerado/ del cordón
a un lado y otro de las playas
ordeñando/ ordeñando la gelatina de Wharton
para hacer sus brebajes.

Pero siempre hubo partidas misteriosas
fugas de gas
debidamente enmascaradas/ por las mujeres de casa
con agasajos de áspic:
ese manjar frondoso
sierpe enjaulada en gelatina
ese secreto casero/ que cortado en rodajas
cuando cae a la boca/ se traga sin pensar.

 

ÁNGELA DE MELA

 

 

 

Canto IX

  

La casa en caracola
ahora que es tatuaje
soberana deslinda
el hogar de los sitios
amanece y es poco
los restos y las fibras
lo amargo de lo dulce
ella sabe que nombra
un tesoro de gesto
mar de leva ahora propio
que descubro entretanto
que oxidados los grifos
mal detienen
desdobladas las sábanas
el tropel del regreso
del amor
miro el copiado mar
y nada es comparable
a la bestia que puede
sostener su defensa
con las luces prudentes
las muñecas que íbamos
apartando del beso
regresan
con la simple costumbre de ser
igual las margaritas asoman
del desastre
y la herida no es grave
ni el perdón tarda o vence.