Parpadeo
con cola de pescado
Con
cola de pescado o colapez
encuadernaban los turcos
sus libros de regalo.
Se
trataba de álbumes bizarros
donde mezclaban tsunamis
con antiguas batallas de las que habían vuelto
qué importa si triunfales o vencidos.
Los
daban en invierno a sus esposas.
A veces sus amantes/ de las vecinas riberas
deslizaban en el libro una flor púrpura
una marisma/ un marisco de oleada persistente
una maroma de agua que dejara saber.
Cuando
la esposa de un turco descubría el engaño
preparaba un gran bol de gelatina
y debía comérselo de pie:
sin parpadear de pie.
Remedio santo —decían las parteras
cortando el palo encerado/ del cordón
a un lado y otro de las playas
ordeñando/ ordeñando la gelatina de Wharton
para hacer sus brebajes.
Pero
siempre hubo partidas misteriosas
fugas de gas
debidamente enmascaradas/ por las mujeres de casa
con agasajos de áspic:
ese manjar frondoso
sierpe enjaulada en gelatina
ese secreto casero/ que cortado en rodajas
cuando cae a la boca/ se traga sin pensar.
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