Canto
sáfico
I
¡Bálsamo
grato de las crudas penas,
dulce consuelo en mis amargas horas,
blando regalo de la mente mía,
ven, yo te imploro!
¡Grata
Poesía, celestial encanto,
ven, y a mi ruego presurosa acorre,
ven a dictarme sonorosos versos,
Musa querida!
Si
el alma tiene que llorar sus cuitas,
si tiene el alma que cantar sus goces,
lágrimas tristes o sonrisa grata,
¡tú me las debes!
¡Ven,
y ya sea que anegada en llanto
o que festiva te presentes hora,
siempre en buena hora, bien venida seas.
quiero que vengas!
¡Ay
que tu risa no se acuerda,
oh Musa, con el martirio que padece el alma,
ásperos, rudos, mis acentos fueran,
tibio mi canto!
Pero
si mustia, taciturna influyes,
el estro mío se dilata y dócil
corre la pluma, y trazará sonoros
fáciles versos.
Si
el alma inquieta, si doliente el cuerpo
lánguido tiendo sobre el triste lecho,
si sufro y lloro y padecer continuo
sólo es mi vida:
¿cómo
pudiera deleitarme el canto,
los blandos sones de acordada lira,
si son los ecos de felices horas
que ya pasaron?
¡Ven,
pero tráeme tus dolientes ayes
y tus suspiros y tus quejas hondas;
y tus amargas y abundantes dame
lágrimas tiernas!
Y yo
contento con tu don sagrado
mil y m1l veces bendecirte pueda;
que es don del cielo el de llorar las cuitas
que se padecen.
II
¡Cuánto
apetezco en la acallada noche
bajo las ramas del añoso sauce,
cuando la virgen de los aires, blanca,
pura se ostenta;
cuánto
apetezco en el espacio inmenso
verla esparcir sus celestiales rayos,
y que su imagen pudorosa quiebren
aguas del río!
Pláceme
ver el azulado cielo,
manto bordado de brillantes luces,
bóveda inmensa que jamás midieron
ojos humanos;
pláceme,
sí, con penetrante vista
sondar su oscuro, su profundo arcano,
y adivinarle en mi febril deseo
límite fijo.
Lánzome
así por la región del éter,
vago por medio de un millón de mundos,
mudo, y absorto los contemplo y nada
sé que decirme.
Ellos
son grandes, son inmensos mundos,
quizá habitados por las mismas almas
que aquí dejaron la pesada y dura
cárcel del cuerpo.
O en
esos globos rutilantes miro
de ángeles bellos la mansión gloriosa,
bella, flotante, transparente y pura,
propia del ángel.
¡Cuántas
ideas que expresar quisiera
vuelan y asaltan a la mente mía,
cuando contemplo maravillas tantas,
obras tan grandes!
Venga
conmigo el obcecado ateo,
venga conmigo el obcecado y crea
que no es posible resistir cuando habla
Naturaleza;
venga
y ya observe con la luz dudosa
de la plateada y vacilante estrella
o con el rojo y vigoroso rayo
del sol hermoso,
siempre
a sus ojos brillará el potente
brazo que ordena creación tan vasta;
siempre a sus ojos brillará, en la viva
luz y en tinieblas.
Y el
hombre, el hombre, el infeliz gusano,
te desconoce, criador supremo;
goza tu luz y tus tinieblas … , ¡nunca
date las gracias!
Yo,
miserable, aunque doliente sufro,
a ti mis preces y mi canto envío:
llegue a tu trono mi loor y suba,
suba mi incienso.
Suba,
que en tanto resignarme es justo
a lo que ordene tu querer divino
¡Si tú que muera decretaste, venga,
llegue la muerte!
III
Limpia,
tranquila, plateada luna,
dame tu suave, tu fulgor divino
y un rayo tuyo, penetrando el sauce,
hiera mi frente.
Húmedas
nieblas que vagáis prendidas
de la insalubre líquida laguna,
en espirales como el humo al cielo,
pronto, alejaos.
Céfiro,
dame tu suspiro errante,
dame tu aliento embalsamado y puro,
y que tus alas al pasar, mi rostro
diáfanas toquen.
y si
vosotras, misteriosas hadas,
voláis errantes por el aire vano,
no de mi ensueño me saquéis con voces
desconocidas.
Amo
en la luz y la quietud callada
de la serena y apacible noche,
dar a mi cuerpo y mis sentidos, libre
paz y descanso.
Amo
el murmullo del arroyo limpio
que el césped riega en desigual corriente,
cuando con manso susurrar halaga,
frescas las flores.
y
amo el momento en que las flores bellas
tiernas cerrando tembloroso el cáliz,
vuela la tarde y al llegar la noche
sopla la brisa.
y
amo en la brisa respirar el suave
puro perfume que exhalaron ellas,
cuando les daba el primoroso y blando
último beso.
Es
el momento en que reposa todo,
todo en silencio se sepulta y sombras;
horas de paz en que cansados duermen
cielos y tierra.
Que
si a deshora en lontananza se oyen
vagos ladridos del mastín celoso,
que en el aprisco velador se hospeda,
eco les falta.
¡Nada!,
el silencio, la oración, el sueño,
la paz, la calma sepulcral, las sombras,
formas sin cuerpo, sin color, sin voces…
¡Muerto está el mundo!
IV
¡Esta
es la hora que a pensar me invita,
éste el momento en que morir debiera;
porque en el alma recogida bullen
santas ideas!
Llore
angustiado y con zozobra espere
del duro trance aproximarse el tiempo
quien nada tenga que desear, quien nada
juzgue que falta.
Quien
goce y viva de mundanos bienes,
quien cifre en ellos sus delicias todas,
quien tantas horas de ventura cuenta
cuantas son ellas.
Pero
hay momentos en que abate al hombre
tanto el destino con sus rudos golpes,
que busca alivio en la futura calma
de la otra vida.
¡Cuando
el momento de morir me llegue,
buenos amigos, un favor os pido:
templad acordes la sonora lira
juntos, y en torno
de
aquel estrecho cabezal que ocupe,
unidos todos, con fervor sagrado
cantad al Dios de las bondades, bellos
sáficos himnos!