lunes, 22 de junio de 2026

FRANCIS THOMPSON

 


 

Margarita

  

Donde el cardo alza su corona púrpura
seis pies por encima del césped,
y la campánula tiembla en la colina ventosa
—¡oh aliento de un oleaje distante!—
las colinas miran hacia el Sur,
y hacia el Sur sueña el mar;
y tomada de la mano de la brisa marina
llegó ella con la inocencia.

Entre los tojos, donde la frambuesa
enrojece para quien la recoge,
vagábamos dos niños hablando
sabias, ociosas, infantiles cosas.

Escuchaba ella con sorpresa en los labios,
hundida entre flores y espinas;
su piel era como una uva
cuyas venas llevan nieve en vez de vino.

No conocía la dulzura de sus palabras,
ni la gracia de su manera de andar;
pero jamás un pájaro sostuvo
tan dulce canto en su garganta.

Oh, había flores en Storrington,
sobre el césped y entre las ramas;
pero la flor más dulce de las colinas de Sussex
era aquel día la pequeña Margarita.

Su belleza alisaba el rostro fatigado de la tierra.
Me entregó tres señales:
una mirada, una palabra de su boca encantadora
y una frambuesa silvestre.

Una baya roja, una mirada inocente,
una palabra quieta… hilos de arena;
y, sin embargo, hicieron que mi corazón salvaje
volara hasta su pequeña mano.

Porque, sencilla como el aire
y franca como los cielos,
tomaba las bayas con la mano
y el amor con sus dulces ojos.

Las cosas más hermosas son las que antes terminan;
su perfume sobrevive a su muerte;
pero el perfume de la rosa se vuelve amargo
para quien amó la rosa.

Ella miró un instante con vaga melancolía,
y luego siguió su camino soleado;
el ojo del mar tenía niebla,
y las hojas cayeron del día.

Se fue por su camino sin memoria,
y dejó dentro de mí
la punzada de todas las despedidas pasadas
y de las que aún estaban por venir.

Todavía, todavía me parece verla,
alzando los ojos con suaves respuestas,
tomando las bayas con su mano
y el amor con sus hermosos ojos.

Nada comienza y nada termina
sin ser pagado con lamento;
pues nacemos en el dolor ajeno
y perecemos en el nuestro.

 

 

BERNIE TAUPIN

 

 


 

Sin remedio

  

Son tiempos trágicos
cuando los corazones sangran,
cuando un joven yace muriendo
por la mano de otro.

Asaltamos los cielos más altos
con gritos de dolor persistente.
Una ola de lágrimas desciende
y la solidaridad clama.

Se fue demasiado pronto,
demasiado pronto para morir.
Nunca existe una buena razón, jamás.
Qué vidas desperdiciadas.

Y no hay remedio
para este juego sin sentido.
Nadie está ganando,
y el flautista sigue tocando.
Pero no hay remedio,
no hay remedio,
no hay remedio hoy.

Un silencioso desprecio
sigue al dolor.
Un círculo vicioso espantoso
nos impide encontrar la paz.

Hay que cambiar el camino,
dejar que los jóvenes comprendan
que ningún odio podrá sanarlos
cuando la cordura se ha perdido.

Se fue demasiado pronto,
demasiado pronto para morir.
Nunca existe una buena razón.
Qué vidas desperdiciadas.

 

 

EUSEBIO LILLO

 

 

 

Hay algo en ti…

  

Hay algo en ti del serafín que mora
en la mansión eterna y esplendente;
en tu serena faz, niña inocente,
y en el azul que tu mirar colora.

Fresco botón que al despertar la Aurora
y al casto beso del fugaz ambiente,
alza su pura y delicada frente,
tal eres tú, Matilde encantadora.

De aquesta vida en el camino estrecho
se abra a tu paso florecida senda
y paz respire y bienestar tu pecho.

Un alma halles que te ame y te comprenda;
y grato abrigo del paterno techo
sé de feliz unión, hermosa prenda.

 

 

HERMÓGENES IRISARRI

 


 

Canto sáfico

  

I

¡Bálsamo grato de las crudas penas,
dulce consuelo en mis amargas horas,
blando regalo de la mente mía,
ven, yo te imploro!

¡Grata Poesía, celestial encanto,
ven, y a mi ruego presurosa acorre,
ven a dictarme sonorosos versos,
Musa querida!

Si el alma tiene que llorar sus cuitas,
si tiene el alma que cantar sus goces,
lágrimas tristes o sonrisa grata,
¡tú me las debes!

¡Ven, y ya sea que anegada en llanto
o que festiva te presentes hora,
siempre en buena hora, bien venida seas.
quiero que vengas!

¡Ay que tu risa no se acuerda,
oh Musa, con el martirio que padece el alma,
ásperos, rudos, mis acentos fueran,
tibio mi canto!

Pero si mustia, taciturna influyes,
el estro mío se dilata y dócil
corre la pluma, y trazará sonoros
fáciles versos.

Si el alma inquieta, si doliente el cuerpo
lánguido tiendo sobre el triste lecho,
si sufro y lloro y padecer continuo
sólo es mi vida:

¿cómo pudiera deleitarme el canto,
los blandos sones de acordada lira,
si son los ecos de felices horas
que ya pasaron?

¡Ven, pero tráeme tus dolientes ayes
y tus suspiros y tus quejas hondas;
y tus amargas y abundantes dame
lágrimas tiernas!

Y yo contento con tu don sagrado
mil y m1l veces bendecirte pueda;
que es don del cielo el de llorar las cuitas
que se padecen.

 

II

¡Cuánto apetezco en la acallada noche
bajo las ramas del añoso sauce,
cuando la virgen de los aires, blanca,
pura se ostenta;

cuánto apetezco en el espacio inmenso
verla esparcir sus celestiales rayos,
y que su imagen pudorosa quiebren
aguas del río!

Pláceme ver el azulado cielo,
manto bordado de brillantes luces,
bóveda inmensa que jamás midieron
ojos humanos;

pláceme, sí, con penetrante vista
sondar su oscuro, su profundo arcano,
y adivinarle en mi febril deseo
límite fijo.

Lánzome así por la región del éter,
vago por medio de un millón de mundos,
mudo, y absorto los contemplo y nada
sé que decirme.

Ellos son grandes, son inmensos mundos,
quizá habitados por las mismas almas
que aquí dejaron la pesada y dura
cárcel del cuerpo.

O en esos globos rutilantes miro
de ángeles bellos la mansión gloriosa,
bella, flotante, transparente y pura,
propia del ángel.

¡Cuántas ideas que expresar quisiera
vuelan y asaltan a la mente mía,
cuando contemplo maravillas tantas,
obras tan grandes!

Venga conmigo el obcecado ateo,
venga conmigo el obcecado y crea
que no es posible resistir cuando habla
Naturaleza;

venga y ya observe con la luz dudosa
de la plateada y vacilante estrella
o con el rojo y vigoroso rayo
del sol hermoso,

siempre a sus ojos brillará el potente
brazo que ordena creación tan vasta;
siempre a sus ojos brillará, en la viva
luz y en tinieblas.

Y el hombre, el hombre, el infeliz gusano,
te desconoce, criador supremo;
goza tu luz y tus tinieblas … , ¡nunca
date las gracias!

Yo, miserable, aunque doliente sufro,
a ti mis preces y mi canto envío:
llegue a tu trono mi loor y suba,
suba mi incienso.

Suba, que en tanto resignarme es justo
a lo que ordene tu querer divino
¡Si tú que muera decretaste, venga,
llegue la muerte!

 

III

Limpia, tranquila, plateada luna,
dame tu suave, tu fulgor divino
y un rayo tuyo, penetrando el sauce,
hiera mi frente.

Húmedas nieblas que vagáis prendidas
de la insalubre líquida laguna,
en espirales como el humo al cielo,
pronto, alejaos.

Céfiro, dame tu suspiro errante,
dame tu aliento embalsamado y puro,
y que tus alas al pasar, mi rostro
diáfanas toquen.

y si vosotras, misteriosas hadas,
voláis errantes por el aire vano,
no de mi ensueño me saquéis con voces
desconocidas.

Amo en la luz y la quietud callada
de la serena y apacible noche,
dar a mi cuerpo y mis sentidos, libre
paz y descanso.

Amo el murmullo del arroyo limpio
que el césped riega en desigual corriente,
cuando con manso susurrar halaga,
frescas las flores.

y amo el momento en que las flores bellas
tiernas cerrando tembloroso el cáliz,
vuela la tarde y al llegar la noche
sopla la brisa.

y amo en la brisa respirar el suave
puro perfume que exhalaron ellas,
cuando les daba el primoroso y blando
último beso.

Es el momento en que reposa todo,
todo en silencio se sepulta y sombras;
horas de paz en que cansados duermen
cielos y tierra.

Que si a deshora en lontananza se oyen
vagos ladridos del mastín celoso,
que en el aprisco velador se hospeda,
eco les falta.

¡Nada!, el silencio, la oración, el sueño,
la paz, la calma sepulcral, las sombras,
formas sin cuerpo, sin color, sin voces…
¡Muerto está el mundo!

 

IV

¡Esta es la hora que a pensar me invita,
éste el momento en que morir debiera;
porque en el alma recogida bullen
santas ideas!

Llore angustiado y con zozobra espere
del duro trance aproximarse el tiempo
quien nada tenga que desear, quien nada
juzgue que falta.

Quien goce y viva de mundanos bienes,
quien cifre en ellos sus delicias todas,
quien tantas horas de ventura cuenta
cuantas son ellas.

Pero hay momentos en que abate al hombre
tanto el destino con sus rudos golpes,
que busca alivio en la futura calma
de la otra vida.

¡Cuando el momento de morir me llegue,
buenos amigos, un favor os pido:
templad acordes la sonora lira
juntos, y en torno

de aquel estrecho cabezal que ocupe,
unidos todos, con fervor sagrado
cantad al Dios de las bondades, bellos
sáficos himnos!

 

 

CRIS RIVERO

 

 

 

Septiembre II

  

Septiembre engancha sus dedos infantes en
los últimos rayos de verano
llena las manos de uvas
y aprieta hasta dejarlas pegajosas
las presiona una y otra vez
se mancha de vino
y luego se gira hacia mis brazos
clava las uñas
y tira
Septiembre huele aún a calor de asfalto
a beso apresurado
y me rasca de los hombros la piel requemada
se cuela en mis oídos
nubla mi nariz de hojas pútridas
tierra mojada
papel machacado
un timbre irritante que te distrae de la vida
escurriéndose
lentamente entre los dedos
Septiembre trae a Octubre de la mano
lo esconde bajo las mantas
intenta que no recuerde sus riadas
y saca de mí toda la tinta posible
antes de que llegue el invierno
–ahora–
Septiembre se ha comido todas las flores
el vino es demasiado amargo
demasiado joven
Octubre promete que esta vez
cuando caiga la última hoja
yo caeré con ella

 

De: “Instrucciones para un funeral”

 

 

PEDRO LUIS BOITEL


 

 

Tu presencia

  

El mundo preconcebido de los pájaros que flotan
vive en mi interior, sumido en su silencio
transcurren las horas de prisa
y mi corazón desprovisto de coraza
se agita entre sueños y mares, entre olas inciertas, muy cerca de ti

Quizás sean escasas las horas que deambularé por este mundo
ignoro si he de morir en tus brazos o desnudo de ti
redoblan las campanas, es ese amor que fenece
entierro silente tu sonrisa y junto a ella mi desconsuelo

He atravesado caminos, huellas marqué en tu sendero
besé con mis suspiros tu noche, la hermosura de tu incandescencia
errante trazo tu silueta, tus caricias, tus encantos
horas de rebosante júbilo, horas enmohecidas por los llantos

El mundo preconcebido de los pájaros que emigran
vive en mi interior, sumido en su silencio
éxodo de instantes fugaces que palpitan
y mi corazón desprovisto de coraza
se estremece entre dudas y certidumbres, entre sueños y vivencias
muy próximo a tu presencia

 

NIEVES RODRÍGUEZ GÓMEZ

 

 

 

Magia:

  

¿De qué forma rara
haces,
rehaces
mi vida,
que ando en la fuente perdida
y que hoy me cobras tan cara
que ni tu hechizo me ampara
ni hay día que no me asombre?
Aunque mi voz
no lo nombre,
idea fija persiste.
¿Será que este hombre existe
o habré inventado
a este hombre?