Margarita
Donde
el cardo alza su corona púrpura
seis pies por encima del césped,
y la campánula tiembla en la colina ventosa
—¡oh aliento de un oleaje distante!—
las colinas miran hacia el Sur,
y hacia el Sur sueña el mar;
y tomada de la mano de la brisa marina
llegó ella con la inocencia.
Entre
los tojos, donde la frambuesa
enrojece para quien la recoge,
vagábamos dos niños hablando
sabias, ociosas, infantiles cosas.
Escuchaba
ella con sorpresa en los labios,
hundida entre flores y espinas;
su piel era como una uva
cuyas venas llevan nieve en vez de vino.
No
conocía la dulzura de sus palabras,
ni la gracia de su manera de andar;
pero jamás un pájaro sostuvo
tan dulce canto en su garganta.
Oh,
había flores en Storrington,
sobre el césped y entre las ramas;
pero la flor más dulce de las colinas de Sussex
era aquel día la pequeña Margarita.
Su
belleza alisaba el rostro fatigado de la tierra.
Me entregó tres señales:
una mirada, una palabra de su boca encantadora
y una frambuesa silvestre.
Una
baya roja, una mirada inocente,
una palabra quieta… hilos de arena;
y, sin embargo, hicieron que mi corazón salvaje
volara hasta su pequeña mano.
Porque,
sencilla como el aire
y franca como los cielos,
tomaba las bayas con la mano
y el amor con sus dulces ojos.
Las
cosas más hermosas son las que antes terminan;
su perfume sobrevive a su muerte;
pero el perfume de la rosa se vuelve amargo
para quien amó la rosa.
Ella
miró un instante con vaga melancolía,
y luego siguió su camino soleado;
el ojo del mar tenía niebla,
y las hojas cayeron del día.
Se
fue por su camino sin memoria,
y dejó dentro de mí
la punzada de todas las despedidas pasadas
y de las que aún estaban por venir.
Todavía,
todavía me parece verla,
alzando los ojos con suaves respuestas,
tomando las bayas con su mano
y el amor con sus hermosos ojos.
Nada
comienza y nada termina
sin ser pagado con lamento;
pues nacemos en el dolor ajeno
y perecemos en el nuestro.
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