"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
domingo, 7 de junio de 2026
AURELIO PASTORI
Desempleados
Crecen
las aguas lentamente
escondiendo
lo que antes
se veía.
Algunos (menores) accidentes
de la topografía
parecen olvidados
por la gente.
«Nos
movemos
en un espacio
más pequeño»
repiten
los habilidosos.
Los
otros
recuerdan la roca
que desapareció
los montículos
que habitaban
y aquellos árboles generosos
y su sombra sumergida.
VÍCTOR FOWLER
La
mirada el bailarín
La
mirada del bailarín que pudo ser la mía cuando
salgo al balcón a contemplar la lluvia. El ambiente
(me hubieras visto tomar esa foto del patio vecino
y escribir al pie: Beirut, a las 3 de la tarde). La ciudad,
por ejemplo: evidente y descarnada, sin gracia, todavía
más pobre. El olor de madera húmeda, de argamasa
podrida o cables requemados. El crujido de cosas,
cual si cayeran o pasaran arrastrándose, cual si el
final del agua –como en otros lugares cuando termina
la nevada– fuera una invitación a la chiquillería para
que salte entre los escombros, se bañe en los charcos,
haga muñecos con el desperdicio. En ése instante no
pienso, sino que me dejo invadir por el mensaje
fluyendo desde los sentidos: la promesa de un cambio,
esa electricidad que flota detrás del aguacero.
La sensación de que algo todavía no terminó.
EDITH SITWELL
Corazón
y mente
DIJO
el León a la Leona—«Cuando seas polvo ámbar,
Ya no un fuego rugiente como el calor del Sol
(Sin gusto, sólo deseo)—
Recuerda aún el florecer de la sangre y el hueso ámbar,
El ondular de los músculos brillantes como un mar,
Recuerda los pinchos de rosa de las patas luminosas
Aunque el fuego de ese sol haga uno al corazón y al hueso frío de la luna.»
Dijo
el Esqueleto tendido en las arenas del Tiempo—
«El gran planeta dorado que es el calor doliente del Sol
Es mayor que todo el oro, más poderoso
Que el cuerpo leonado que el fuego consume
Como todo lo que crece o salta… así es el corazón
Más
poderoso que todo el polvo. Una vez fui Hércules
O Sansón, fuerte como los pilares de los mares:
Pero las llamas del corazón me consumieron, y la mente
No es más que un viento necio.»
Dijo
el Sol a la Luna—«Cuando seas solo una anciana blanca y solitaria,
Y yo, un rey muerto en mi armadura dorada en algún bosque oscuro,
Recuerda sólo esto de nuestro amor sin esperanza:
Que nunca, hasta que el Tiempo termine,
El fuego del corazón y el fuego de la mente serán uno.»
ARMANDO CERÓN CASTILLO
Abismos
En
paisajes exóticos, lejanos,
Las espirales de mis sueños divergen
y en los rabos de la lucha, mis empeños,
Abre los Arcanos.
Sin
responder a la sombra interrogante
Extrae la flor de mis reflejos.
y en círculos de múltiples especies
la luz en depresiones, parpadeando.
En
soliloquios desnudos de amargura
y hay lugares sorprendentes en la zona
en este diapasón de remolinos;
y en el aire y viniendo de las chimeneas
No puedo entender si soy mi amigo,
o un abismo quirúrgico de otro abismo.
JAIME LIZAMA
Los
nenes no lloran
a P. F.
Dirigía
un diario supuestamente radical
Un diario lleno de hijitos de papá
Un diario que a ratos hacía reír
Un diario donde escribía Bertoni, a veces Lemebel
En
medio de los culos de aquellos nenes superdotados.
Pues bien, un día decidió que sería novelista
Y escribió una novela que no debió haber escrito nunca
Una novela alrededor de la pedantería intelectual del clan
Una novela que apesta a club oligárquico
Una novela en clave sospechosamente familiar,
Cifrada para los amigos de los amigos de los amigos.
GABRIEL ARTURO CASTRO
Día
antes del tiempo
Si pierdo la memoria qué pureza
Pedro
Gimferrer
1
Las campanas
de la vieja noche forman un círculo.
Dentro de él un largo crujir de fantasma,
el no apaleado,
ángel desleído que sufre por el espesor de su piel,
suerte en blanco de quien pierde su nombre
y está por fuera del tiempo y de la brújula.
La noche disfrazada pierde su encanto,
su humo, su hedor de úlcera tibia.
La noche tiene su común perfume y un irregular parpadeo
de ojos hundidos, la respiración pesada de los durmientes.
La noche afila los dientes y saliva. El mar al revés y el cristal
resistente nos hablan de una orilla escoriada, su espacio roto y
un viejo fondo de sueño.
Tras la ventana el ojo del mundo oculta su rostro.
Selva en flor,
la atmósfera se atraviesa de animales de sombra densa,
piel milenaria, un trueno detrás de la cabeza.
Imaginarios,
confiados,
los animales son anteriores al rumor
y convenientes en su cantidad regresan a su antiguo círculo.
2
Durante
toda la noche arden piedras negras,
las piedras del ensueño, pedazos de luna.
Fuerte es su rumor,
agua y fronda en el tiempo:
cenicienta, la de afilar;
liviana, llena de agujeros;
fértil, la del vientre lleno.
El camino nocturno todavía es un hombre,
una mujer,
y su mirada vuelve a la hierba,
a la veta y al guijarro que está a tus pies.
Un guiño de su ojo de fuego
y todos naceremos para deslizarnos a través
de los nervios y la sangre, lentos, velados,
misericordiosos, soberanos.
Tendremos ceniza en todas las orillas.
3
Recuerdo
cómo mover mi mano antigua,
mi puño de aceite que alza al hombre,
al buitre y al corazón viejo.
Todas las noches invento fechas vivas,
sumo claridades
y planto un hueso en la tierra.
El cincel perfecciona la esclava imagen,
la desteñida, embalsamada por la distancia.
El mundo retoma su antigua forma,
presencia invisible, la apariencia exacta.
Desde una estación de conjeturas la imaginación siempre regresa.
4
La
estancia se satura de azul,
el solar, la vieja escalera,
la pequeña y única ventana
y la puerta poco indiferente.
En algún rincón del aposento
se asoma un rostro que detesta lo arduo,
el miedo y la incertidumbre.
El silencio se hace trizas y vuelve a nacer,
crece y se va, frío, húmedo,
hundido en el tedio.
Una voz retumba en la piedra inmóvil,
demuele el angosto jardín.
La sombra nada inocente te protegerá.
El lenguaje absorbe todo el espacio.
5
En
un silencio medieval naufraga la tarde,
la ambigua e insostenible tarde con sus espejos de la dicha. Bajo la
luz del lento apagón llega la mano que protege el tiempo, la mano de
la lenta gravedad.
Hombres
oscuros hormiguean tras una trampilla de máscaras y
sombreros. Los presentimos en la salvia, la quietud de los párpados
cerrados, la flor permanente y las uvas de la próxima estación.
La luz y la tierra del girasol ya no atienden sus reclamos. Bajo la
oquedad del árbol y en la cesta de verduras el tiempo y los niños
duermen.
