domingo, 7 de junio de 2026

GABRIEL ARTURO CASTRO

 

  

 

Día antes del tiempo

Si pierdo la memoria qué pureza
Pedro Gimferrer

 

1

Las campanas de la vieja noche forman un círculo.
Dentro de él un largo crujir de fantasma,
el no apaleado,
ángel desleído que sufre por el espesor de su piel,
suerte en blanco de quien pierde su nombre
y está por fuera del tiempo y de la brújula.
La noche disfrazada pierde su encanto,
su humo, su hedor de úlcera tibia.
La noche tiene su común perfume y un irregular parpadeo
de ojos hundidos, la respiración pesada de los durmientes.
La noche afila los dientes y saliva. El mar al revés y el cristal
resistente nos hablan de una orilla escoriada, su espacio roto y
un viejo fondo de sueño.
Tras la ventana el ojo del mundo oculta su rostro.
Selva en flor,
la atmósfera se atraviesa de animales de sombra densa,
piel milenaria, un trueno detrás de la cabeza.
Imaginarios,
confiados,
los animales son anteriores al rumor
y convenientes en su cantidad regresan a su antiguo círculo.

 

2

Durante toda la noche arden piedras negras,
las piedras del ensueño, pedazos de luna.
Fuerte es su rumor,
agua y fronda en el tiempo:
cenicienta, la de afilar;
liviana, llena de agujeros;
fértil, la del vientre lleno.
El camino nocturno todavía es un hombre,
una mujer,
y su mirada vuelve a la hierba,
a la veta y al guijarro que está a tus pies.
Un guiño de su ojo de fuego
y todos naceremos para deslizarnos a través
de los nervios y la sangre, lentos, velados,
misericordiosos, soberanos.
Tendremos ceniza en todas las orillas.

 

3

Recuerdo cómo mover mi mano antigua,
mi puño de aceite que alza al hombre,
al buitre y al corazón viejo.
Todas las noches invento fechas vivas,
sumo claridades
y planto un hueso en la tierra.
El cincel perfecciona la esclava imagen,
la desteñida, embalsamada por la distancia.
El mundo retoma su antigua forma,
presencia invisible, la apariencia exacta.
Desde una estación de conjeturas la imaginación siempre regresa.

 

4

La estancia se satura de azul,
el solar, la vieja escalera,
la pequeña y única ventana
y la puerta poco indiferente.
En algún rincón del aposento
se asoma un rostro que detesta lo arduo,
el miedo y la incertidumbre.
El silencio se hace trizas y vuelve a nacer,
crece y se va, frío, húmedo,
hundido en el tedio.
Una voz retumba en la piedra inmóvil,
demuele el angosto jardín.
La sombra nada inocente te protegerá.
El lenguaje absorbe todo el espacio.

 

5

En un silencio medieval naufraga la tarde,
la ambigua e insostenible tarde con sus espejos de la dicha. Bajo la
luz del lento apagón llega la mano que protege el tiempo, la mano de
la lenta gravedad.

Hombres oscuros hormiguean tras una trampilla de máscaras y
sombreros. Los presentimos en la salvia, la quietud de los párpados
cerrados, la flor permanente y las uvas de la próxima estación.
La luz y la tierra del girasol ya no atienden sus reclamos. Bajo la
oquedad del árbol y en la cesta de verduras el tiempo y los niños
duermen.

 

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