viernes, 23 de enero de 2026


 

EDILBERTO DOMARCHI

 

 

El majadero de Mercurio

  

Aquel poeta era
el más grande de los majaderos,
dando un recital, decía a cada instante:
Estoy por terminar,
¿No los canso, verdad?
éste es el último poema
todos deseaban sinceramente
que un rayo lo partiese
o que el verdugo
le decapitase de inmediato.

 

 

ALEXANDRA DOMÍNGUEZ

 

  

El poeta es un asunto allí en lo invisible

  

Ese hombre es invisible, su materia de alondra es invisible,
anda en lo invisible con pasos que hacen ruido en las calles invisibles,
come cosas invisibles, respira lo invisible, paga con monedas invisibles.
El poeta es un asunto allí en lo invisible, cruza ríos invisibles,
se acuesta con mujeres invisibles, habla con palabras invisibles.
Está en Dublín y es invisible, va por el cielo en aviones invisibles,
en su corazón la melancolía es invisible, piensa en cosas invisibles,
lee a Kavanagh que escribía libros invisibles,
por ejemplo esto es invisible: My soul was an old horse
offered for sale in twenty fairs.
Su furia es invisible, su tempestad también es invisible,
trabaja en una fábrica invisible, gasta sus codos en mesones invisibles,
Teillier era invisible, Parra casi es invisible, nadie ha visto a Rojas.
Los obreros brindan al final de la jornada con jarras invisibles de cerveza,
los solitarios se hospedan en hoteles invisibles, llaman por teléfono
a chicas invisibles, esperan en esquinas invisibles a otros invisibles.
En el verano la lluvia es invisible, abren entonces un paraguas invisible,
se van a provincias invisibles a leer poemas invisibles,
se encuentran en un parque con alguien invisible, aman lo invisible.
El poeta es un asunto allí en lo invisible, este mismo poema es invisible,
un espejo es invisible, la ciudad en la que vivo es invisible,
lo imprescindible y lo insignificante, eso es lo invisible.

 

 

JENNY WASIUK

 

 

Otoño en mi almanaque

  

Comienzan a quedar desnudos
estos brazos tibios.
Ya no hay cunas, juguetes,
ni adolescentes estridencias en el nido.
Se van desprendiendo uno a uno
aquellos viejos miedos
que otrora fueran follaje
limitando el desafío.
Atrás quedan dolores
rencores y sueños perdidos;
como las hojas al viento
se van yendo hacia el olvido.

Ya siento la vibrante savia
subir desde mis raíces,
ella nutrirá mis alas
y eclipsará las cicatrices…

 

GRACIELA MATURO

 

  

Escribes porque sí

  

Escribes porque sí,
Trazas señales de humo
Siguiendo a Mallarmé leíste todos los libros
Y sabes ya que es triste la niebla de los cuerpos.
Sólo quieres ahora leer tus propias manos,
El enigma de tu garganta, de tu vida.
Andas a pura noche, en el grotesco
Excipiente de tu carne
Enterrando las muertes cotidianas
En la maceta del balcón,
guardando los ensueños entre vestidos lacios.
Mira ese rostro extraño en el espejo.
Hay que alisarse el pelo una sonrisa
Ponerle al alma unas pestañas
Y partir con el falso mediodía
Las uñas tintas en sangre diurna
Los párpados de oro
Para ocultar este animal de lodo
Ese perro que aúlla en la oscuridad.

 

 

CLAIRE GOLL

 

 

Insomnio

  

En la noche, cuando los mirlos cantan dulcemente,
pienso en tu “Oda al mirlo”.

Cuando me sumerjo en el espejo,
encuentro tu incurable aflicción.

Mi ventana ha enfermado de catarata
desde que tu noche ha pintado los cristales.

De las torres caen siempre veintitrés repiques:
la hora de tu partida definitiva.

En vano bebo el amargo hachís…
ninguna droga cura el insomnio del alma.

Alrededor de las cinco, el fantasma abandona su puesto
en el interior de los inquietos muros.

Se estremece tu arma de acero -la pluma azul-
y me atraviesa lentamente el corazón.

Ay, el mirlo cautivo -Rue de Verneuil-
denuncia ya a la aurora.

La cotidiana muerte empieza de nuevo.

 

 

MARINA ARRATE

 

  

Máscara negra

 

Para que me amaras
maquillé yo mi rostro de negro
y así pintada
ascendí de nuevo al escenario
monstruosa y deformada.

Quería mostrar lo negro
de mi oculto rostro
(Atrás las maquilladas capas).
Quería ser
mimo del terror,
ser fascinante.

Ahora,
de espaldas a ti,
miro el guante negro que cubre
la superficie blanca de mi brazo
de mi brazo níveo de pura porcelana
cristalina de China
y en el cuerpo
delgado y nervioso
el vestido negro que ajusta
como otro guante
la silueta contoneante
de la predilecta lujuriosa.

Un abanico antiguo de conchaperla
remolineo en mi muñeca
y en el aire se muestran
los revueltos pelos de mi axila.

Pero es mi espalda la que te enfrenta, observa,
mi espalda curva
insinuante y desnuda.

Enrosco mi verde manto
de Eva y acometo:

Qué placer éste de bajar lenta,
suave, sensualmente
el cierre eclair que encierra su grupa.
Todo el vestido cede
Y su contorno bruno.

Esta es la entrada triunfal
de la carne en el estrado:
blanca es y redonda,
firme y suave.

Y en derredor todo es
rojo y oscuro.

Plateada es la caminata en el sendero
Y su redonda luna.
Es hora, date vuelta, princesa,
Enséñame tu rostro.

Momento – murmuro con voz ronca –
que no hay nada.
Sino un giro violento de mi oculto rostro.
Primero: vampira con dientes de sangre y ojos
negros de cadáver y
después la consumida.

Y todo nada más que un espectáculo
para que vieras a esta deformada
y la amaras
con terror y piedad.