miércoles, 1 de febrero de 2023


 

ADRIENNE RICH

 

 

XV

  

Si reposé contigo en aquella playa blanca, vacía,
agua verde pura entibiada por la corriente del Golfo,
y no pudimos permanecer recostadas en esa playa
porque el viento lanzaba arena fina contra nosotras
como si estuviera contra nosotras
si intentamos resistirlo y fracasamos—
si nos trasladamos a otro lugar
para dormir abrazadas
y las camas eran estrechas como catres de prisioneros,
y si estábamos cansadas y no dormimos juntas
y descubrimos esto, entonces esto es lo que hicimos—
¿fue nuestro el fracaso?
Si me aferro a las circunstancias podría sentirme
no responsable. Solo la que dice
que no eligió es la perdedora al final.

 

MONTSE ORDÓÑEZ

 

  

El día en que me faltes

A mi padre

  

Empiezo a sospechar
que no llevo conmigo
suficientes remedios
para dibujar en ti una sonrisa
Cada día que pasa
te descubro un nuevo temblor
un nuevo olvido
y un camino de lágrimas
que se deslizan
sin control por tu ojo izquierdo

Créeme que trato de hacer tu noche fácil
evito nombrarte a los amigos que no tuviste
tampoco nombro a esa compañera tuya
esa soledad tan abrigada
de la que nunca conseguiste desprenderte

Para ti inventé
dos vidas nuevas a Keith Richards
hasta que un día
cansado de sus desdichas
decidiste inventarle un buen final

Vi en los pliegues de tus arrugas
el reflejo de mi niñez
y me detuve a recordar
el cariño con el que inventabas mi nombre
los paseos por el Raval
o como hacíamos del absurdo
nuestro credo

Ahora ya no hablamos
todo está dicho
tan solo nos sentamos a mirar
como caen las hojas de ese árbol que te acompaña
dibujamos con los ojos el recorrido de las ramas
y cuando el frío acaricia tus manos
las cubro con las mías
me miras y asientes
esa es tu manera de darme las gracias
de decirme que me quieres
de arropar el desgarro que provoca
ver el declive de un hombre bueno

Como ves
soy precisa en describirte
porque el día en que me faltes
siempre estarás aquí conmigo.

 

De: “Siempre es de noche en Pyongyang”

 

JOSÉ CARLOS BECERRA

 

  

Memoria

  

He vuelto al sitio señalado, a tu rastro de aguas amargas;
el atardecer ha caído al fondo del mar como un pecho muerto
y una campana da la hora cubriéndome de espuma.

Vuelvo a ti,
el otoño y el grillo se unen en la victoria del polvo.
Vuelvo a ti, vuelves a la caída, al primer acto.

Te levantaste de tus ojos con un golpe de amor en la frente,
con una piel de yerba que la mañana quería.
Te levantaste envuelta en tu tiempo,
todavía no arrollada por tu desnudez, por tu boca que se convierte
en una caída de hojas que el bosque padecerá oscureciéndose.

Te levantaste de lo que sabías,
de lo que olvidabas como se olvida la lanzada del mar
y un día nos despierta su ruido profético.
Te levantaste de tu frente
que era el horizonte elegido por la noche para su desembarco.

Yo esperaba, la noche se abría como un abanico de humo y conjuraciones
el rey muerto que llevamos dentro
se rio en el fondo de su ataúd de lodo.

Yo esperaba. Oía el retroceso, lo repentino del avance.
Nombraste mi pecho con un esguince nocturno,
la luz hacía en tus ojos su tarea oscura,
de pronto me miraste, ¿desde dónde?
¿Desde tus ojos que me veían o desde tus ojos que no me veían?
Y naciste bajo tu desnudez con un movimiento de agua y recuerdos.

A la hora del enlace de cuerpos, a la hora del brindis,
a la hora de la lágrima plantada en el jardín prohibido,
en la nada promiscua de las historias olvidadas,
en una brusca pregunta, en las conversaciones fatigadas,
en el modo como te quitaste los guantes:
¿Te acuerdas? dijiste avanzando.

Ese obsequioso silencio, esa pausa levanta polvo en tu corazón.
El tiempo reunido en una mano, en un guante que cae haciendo señas
por una ladera de palabras dormidas.

¿Te acuerdas? dijiste.
La palabra, el movimiento de la carne sobre el pecho de la tierra,
el idioma que la noche deja caer en los ojos como un puñado de piedras preciosas,
piedras que se convierten en guantes que caen.

Fruto prohibido y dieta recomendada por hábitos nuevos.
La mentira bosteza engordando,
el cansancio estira su lengua para cantarnos al oído.
La noche despierta en el muladar que los locos heredan,
la luz de mercurio petrifica en las calles gestos olvidados;
yo miro la ciudad desde la terraza,
la luz de los autos hundiéndose en el irremisible momento,
en el tiempo que aún sostengo con un vaso en la mano,
en el tiempo que despide tu rostro naciendo,
en el tiempo que hace del movimiento y la caída
el sólo momento.

¿Te acuerdas? dijiste.
Respiraste tendida, tus ojos se cerraron en la llegada del mundo.

La noche llegó en tu corazón, tú regresaste.
Rastro de alas dolorosas, de límites caídos al agua.

¿Te acuerdas? dijiste quitándote los guantes.

¿Te acuerdas? dijiste abriendo los ojos.

 

 

PIA TAFDRUP

 

  

La caída del muro

  

Deseo en enero de 1989 con tanta fuerza

como puede desear una persona

ser algún día testigo

de la caída del muro de Berlín.

Estoy 200 años después de la Revolución Francesa

en el frío de un lugar elevado,

observando el cemento, el alambre de espino, las verjas electrificadas,

filas de barracas grises y lúgubres.

Hay conejos salvajes saltando alrededor de la zona

entre el este y el oeste.

Ese mismo año se abriría la frontera,

yo lo veo en diferido el 9 de noviembre

desde West End Avenue en la tele estadounidense.

Los guardias levantan las barreras,

permiten sin trabas

que los coches y peatones circulen libremente

del este al oeste

mientras la gente en algún lugar entre sueños diurnos y nocturnos escala el muro.

La noche socialista se diluye

en la capitalista, el júbilo

no tiene fin,

la fiesta en las calles dura toda la noche.

Oigo dos días después en The Kitchen

que Heiner Müller y Heiner Goebbels

aparecen haciendo un bis

acerca de la caída del muro,

la sala está hirviendo, una alegría aguda

hace estallar el momento.

Cae el muro, el cemento, las verjas

y el miedo cotidiano.

Oigo saludos desde Alemania

en Nueva York,

los anuncia Heiner Müller,

que es conocido como artista,

no agente.

El ojo ígneo del sol,

algo atraviesa el tiempo flotando,

el cielo se hace grande sobre Berlín. 

 

De: “Sol de salamandra”

 

 

MIGUEL ÁNGEL CURIEL

 

 


 

No puedes

medir

eso que no ves

crecer

y por eso crece más.

Mi poema

era sólo hierba

 

-no lo confundáis con otra cosa-

sólo hierba

 

y como hierba

se seca

arde

y vuelve a salir.

El borboteo

de la muerte.

En Four Darks in Red.

Dios no entiende

lo que digo.

Cañas que se golpean y rozan.

Ninguna se ama,

pero siempre

están juntas.

 

[Verónica de Binasco]

 

De: “Trabajos de ser sólo hierba”

 

CHRISTIANE DIMITRIADES

 

 

 

Uno se va haciendo en la quietud de las noches.
La vida a contraluz: retablos en cadena con
los matices del olvido.