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sábado, 2 de agosto de 2025

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

 


 

No preguntaron

 

 

Vinieron de tierras subidas a los mapas.
Según la latitud agrias o dulces,
duras o fraternales.
Oh viajeros,
con puñales, con rosas, fotografías de jefes queridos,
de niños solos, lugares y muertes.

No preguntaron.

Así vinieron,
nadie los llamó.
Un día llegaron a morir en los muros de la ciudad
  sitiada,
de la que sólo vieron sus orillas.

No preguntaron.

¡Tan delicadamente!
Qué aristocracia popular,
qué señores de la sangre y qué ilustre morir
cuya herida
explicaba el secreto de la pólvora.

No preguntaron.

Ellos,
los hombres de la primera columna voluntaria,
no preguntaron ¿cómo va el museo?
¿dónde están las mujeres y las coplas?
¿cómo se come aquí? ¿dónde está la taberna?
¿cómo se va a la catedral? ¿dónde está el cementerio?
ni cualquier otra cosa que pregunta un viajero
que conoce la sed, el hambre, el mundo.

No preguntaron.

 

 

viernes, 1 de agosto de 2025

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

  

 

Blues de la Bohardilla.

 

 

  Estoy solo en mi cuarto y por eso viene la fiebre
verde a devorarme.
  ¿Cómo te diré mi más bello poema? ¿Qué hará mi
corazón tan solo?
  Los tejados deslizan hasta el suelo musgo y cantos
de pájaros.
  Otras tantas muertes ruedan en la canaleta del día.
  Las lavanderas inclinadas en las bateas
y los chiquillos pecosos que crecerán sin cultura.
  Los obreros que vuelven de los talleres sólo
recuerdan ruidos.
  El rumor de la ciudad achicado, perdido en el
rumor de las alcantarillas.
  El muro del asilo fresco y sonoro y dos árboles y
dos ventanas y dos luces y dos pesos. Solamente dos
pesos.
  Y el reloj que no quiere detenerse para aguardarte
y sigue palpitando el tiempo.
  Y los libros ya manoseados llenos del drama que
superamos.
  Y los retratos, otras tantas muertes colgadas.
  Otras tantas ruedan por la canaleta del
día.
  Y el penúltimo cigarrillo que arrojamos sin sentir
por el ojo de buey de la soledad.
  Y el trepidar del tren asombrando la entraña de
la tierra.
  Un grupo de croatas ha invadido la zona de Berchold
en busca de oro.
  Los hombres dentro del túnel buscan el oro que
nace sucio y socavan la sociedad cuya base no podrá
ser el dinero sucio.
  Los cadáveres marchan con una linterna en la
frente.
  Así murió el padre de Catalina.
  Un hilo de sangre le salía de la boca al asesino.
  Nada se sabe del submarino hundido.
  Señores profesores: el materialismo dialéctico es
también poesía.
  Piensa que en el fondo de los mares andaba
y apenas salía a flote para ver con su único ojo terrible
los navíos a la distancia.
  Piensa que fue afilado y sereno y tuvo gracia de
perfectos tornillos.
  75 hombres están agonizando dentro del submarino.
  A la hora de cerrar esta edición.
A semejante profundidad no llegarán los buzos, el
cable de oxígeno, el discurso del Almirante, los sollozos de los parientes, los nombres de las tabernas,
las mujerzuelas de los muelles, el hinchado viento
del puerto, nuestro viejo amigo.
  ¿Paciencia?
  Ayer enterraron al tercer pistolero muerto. (Los
policías dispararon sobre él mientras dormía.)
  Es tiempo de ocuparse del hombre.
  De Dios nos ocuparemos más tarde.
  Y cada uno puede cultivarlo a su hora.
  ¡Viva Nicolás Lenin!
  A los quince años me decidí por la aventura y
soy en potencia el más grande de los aventureros.
  Mis camaradas no lo saben y a mí me importa un
comino que ni siquiera digan como la dueña de mi
casa: -“Si él quisiera…”
  Es tremendo pensar en la vida microscópica que
se realiza en las aguas estancadas.
  En el Instituto Osvaldo Cruz, de Río de Janeiro,
pude comprobarlo.
  La intimidad de mi esperanza no conoce el reposo.
  Mi sueño no tiene límite y está siempre despierto.
  Escucha ahora el silencio, la noche de mármol, la
línea oscura del horizonte, la estatua de la plazoleta,
el canto del borracho conocido.
  Amiga, pequeña amiga, qué horrible es estar triste
 y los poetas creen lo contrario.
  El sulfato de cobre se disuelve en un litro de agua.
  La lluvia ha venido con todos sus tambores.
  Un ejército de burbujas se ha instalado en el techo.
  Me martiriza la soledad, me ahoga, me devora
una fiebre verde, como si estuviera en el corazón
misterioso de África. 

 

jueves, 31 de julio de 2025

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

 

 


 

Edgar Poe

PETER Brueghel, Iernimus Bosch, y Patinir,
Goya y Petrus Borel lo hubieran comprendido
(¿quién dijo que el delirio de la razón
engendra monstruos?)
La sociedad de los Rotarios,
los linchadores de negros y de rosas,
los verdugos de niños y de sueños
le daban asco y él bebía, ¿para olvidar?,
cuando aún no existían
las letras de los tangos tristes

 

 

lunes, 13 de noviembre de 2023

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

 

 


No preguntaron

 

 

Vinieron de tierras subidas a los mapas.
Según la latitud agrias o dulces,
duras o fraternales.
Oh viajeros,
con puñales, con rosas, fotografías de jefes queridos,
de niños solos, lugares y muertes.

No preguntaron.

Así vinieron,
nadie los llamó.
Un día llegaron a morir en los muros de la ciudad
  sitiada,
de la que sólo vieron sus orillas.

No preguntaron.

¡Tan delicadamente!
Qué aristocracia popular,
qué señores de la sangre y qué ilustre morir
cuya herida
explicaba el secreto de la pólvora.

No preguntaron.

Ellos,
los hombres de la primera columna voluntaria,
no preguntaron ¿cómo va el museo?
¿dónde están las mujeres y las coplas?
¿cómo se come aquí? ¿dónde está la taberna?
¿cómo se va a la catedral? ¿dónde está el cementerio?
ni cualquier otra cosa que pregunta un viajero
que conoce la sed, el hambre, el mundo.

No preguntaron.

 

jueves, 29 de julio de 2021

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

 


 

Los ladrones

 

 

Ven a verlos por la mañana

con la gorra hasta las orejas.

Han desvalijado a las viejas

del Asilo de las Hermanas.

 

Dilapidarán sus dineros

con mujeres y malandrinos

en pocilgas y merenderos,

en milongas y clandestinos.

 

Oirán un tango de Pracánico

y en lo del Pena ole con ole

mientras sueñan con Rocambole

las muchachas en el Botánico.

 

Del Parque Goal el payador

humedecerá sus mejillas

cantando sombrías coplillas

de sangre, de muerte y de amor.

 

A la noche con la mamúa

irán de pura recalada

a besar la crencha engrasada

que cantó Carlos de la Púa.

 

Y son humanos, inhumanos,

fatalistas, sentimentales,

inocentes como animales

y canallas como cristianos.

 

Ninguna angustia los desgarra.

Cada cual vive como quiere.

Cuando la madre se les muere

le ponen luto a la guitarra.

 

                        Los ladrones

 

Los ladrones usan gorra gris, bufanda oscura y camiseta a rayas.

Algunos llevan una linterna sorda en el bolsillo. Por otra parte, se enamoran

de robustas muchachas, coleccionan tarjetas postales y a veces

lucen un tatuaje en el brazo izquierdo, una flor, un barco y un nombre:

Rosita. Todos los ladrones están enamorados de Rosita y yo también. Los

ladrones saben silbar, bajarse de los coches en movimiento y bailar el

vals. Aman sobre todo a la madre anciana y cuando ésta se les muere

cantan un tango, lloran desconsoladamente y de los objetos dejados por

la muerta, a repartirse entre los hermanos, eligen una virgen de plata y

el canario.

 

viernes, 23 de julio de 2021

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

 


 

Juancito caminador

Todos bailan (Los poemas de Juancito Caminador)

 

 


Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente,

lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad

y si hay alguna persona que quiere saber lo que me ha ocurrido

ya se puede ir enterando.

Vamos a girar, por ejemplo, alrededor de La Rioja

y de esos rostros y esos paisajes que giraron a mi alrededor

hace algunos años

y que hoy se prolongan en la muerte de tantas fotografías perdidas.

Me había ocurrido el nacer y el vagabundear adolescente

—cuando era chico miraba llover y me gustaban los agrios dulces

—cuando era adolescente me gustaban la cocaína y Victor Hugo

y cuando de pronto me vi corriendo delante de la muerte

—estaba trémulo, solo en la soledad de los Llanos—

la vida me pareció tremendamente deliciosa y tremendamente,

verdaderamente peligrosa.

Me dijeron: ‘’Octavio Portela se murió’’

y entonces pensé: ¿Es que uno puede morirse?

Infiel no fui con el amigo querido.

Juro que le rendí el mejor de los homenajes.

Cuando el murió yo sentí un gusto inmenso de la vida y dije:

—Voy a vivir también por lo que le quedaba de vivir.

Nunca conocí el arrepentimiento feroz aunque no quise verlo muerto.

Me parecía imposible que alguien se muriera mientras yo, ah,

mientras Juancito Caminador amaba las muchachas del verano,

los vinos ácidos, los versos de Rimbaud,

las bombas, las orejas de las mujeres tuberculosas, los expresos

y los ventiladores enloquecidos en los ángulos de las amuebladas.

Recuerdo que él estaba asomado a una ventana del Hospital

y en el fondo velaban a la chica muerta del día

y él decía: “Qué olor tienen los caballos placeros’’

y el florero estaba vacío sobre la pila de libros vacíos

porque ya habíamos releído los libros y estábamos llenos de las ideas

de los libros.

Yo tenía nostalgia de cosas que iban a sucederme y pensaba:

¿Qué estará haciendo ahora la Reina de Rumania?

¡Después la conocí saliendo de un hotel de lujo

En el corazón rencoroso de Europa!

Y después anduve sobre los aeroplanos

y me metí en estaciones absurdas, escondidas,

con vagos aromas de aserraderos y destilerías.

Me gustaba contar: ‘’ El día 14 de febrero el señor (aquí un nombre)

penetró a la casa señalada con el número 1—7—7—4

y fue ladrado por un perro sin cabeza’’.

La primera vez que robé un libro, esa otra en que fui preso

por dormir en un hotel de vagos y ladrones

o simplemente, la vez que enamoré a la hija de un guardabarrera,

¡una hija de la distancia, del camino, del horizonte desconocido!

Solía frecuentar las obras en construcción, borracho, y recuerdo que una vez

Arturo Santillán me dijo: ‘’ Por pasar por abajo nos vamos a quedar solteros’’.

Y yo tenía dos queridas y una cajetilla de marfil llena de opio.

¡Todos los relojes enloquecieron de pronto!

¡Todas las marionetas lloraron en los organitos!

¡Todos los almanaques rodaron degollados sobre las mesas de las oficinas!

¡Todos los miembros de la Liga de las Naciones fallecieron de pulmonía!

Y mi corazón continúa alegre y violento como el corazón alborotado de un mundo nuevo.

 

 

sábado, 17 de julio de 2021

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

 


 

La calle del agujero en la media

 

 

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad

y la mujer que amo con una boina azul.

Una calle que nadie conoce ni transita.

Yo conozco la música de un barracón de feria,

barquitos en botella y humo en el horizonte.

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.

 

Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar

ni los labios sesgados sobre un viejo cantar

ni el affiche gastado del grotesco armazón

telaraña del mundo para mi corazón.

Ni las luces que siempre se van con otros hombres

de rodillas desnudas y de brazo tendidos.

Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños

que acarician de noche a los niños queridos.

Tenía el resplandor de una felicidad

Y veía mi rostro fijado en las vidrieras

Y en un lugar del mundo era un hombre feliz.

 

¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios

y muñecas de trapo con alegres bonetes

y soldaditos juntos marchando en la mañana

y carros de verdura con colores alegres?

Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera

y mi alma tan lejana y tan cerca de mí

y riendo de la muerte y de la suerte y

feliz como una rama de viento de primavera.

 

El ciego está cantando. Te digo, amo la guerra.

Esto es simple, querida, como el globo de luz

del hotel en que vives. Yo subo la escalera

y la música viene a mi lado, la música.

Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda.

Alegres en lo alto de una calle cualquiera,

alegres las campanas con una nueva voz.

Tú crees todavía en la revolución

y por el agujero que coses en la media

sale el sol y se llena todo el cuarto de sol.

 

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,

una calle que nadie conoce ni transita.

Sólo yo voy por ella con mi dolor desnudo,

sólo con el recuerdo de una mujer querida.

Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.

Decir: Yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.

 

domingo, 11 de julio de 2021

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

 



La luna con gatillo

 

 

Es preciso que nos entendamos.

Yo hablo de algo seguro y de algo posible.

Seguro es que todos coman

y vivan dignamente

y es posible saber algún día

muchas cosas que hoy ignoramos.

Entonces, es necesario que esto cambie.

 

El carpintero ha hecho esta mesa

verdaderamente perfecta

donde se inclina la niña dorada

y el celeste padre rezonga.

Un ebanista, un albañil,

un herrero, un zapatero,

también saben lo suyo.

 

El minero baja a la mina,

al fondo de la estrella muerta.

El campesino siembra y siega

la estrella ya resucitada.

Todo sería maravilloso

si cada cual viviera dignamente.

 

Un poema no es una mesa,

ni un pan,

ni un muro,

ni una silla,

ni una bota.

 

Con una mesa,

con un pan,

con un muro,

con una silla,

con una bota,

no se puede cambiar el mundo.

 

Con una carabina,

con un libro,

eso es posible.

 

¿Comprendéis por qué

el poeta y el soldado

pueden ser una misma cosa?

 

He marchado detrás de los obreros lúcidos

y no me arrepiento.

Ellos saben lo que quieren

y yo quiero lo que ellos quieren:

la libertad, bien entendida.

 

El poeta es siempre poeta

pero es bueno que al fin comprenda

de una manera alegre y terrible

cuánto mejor sería para todos

que esto cambiara.

 

Yo los seguí

y ellos me siguieron.

¡Ahí está la cosa!

 

Cuando haya que lanzar la pólvora

el hombre lanzará la pólvora.

Cuando haya que lanzar el libro

el hombre lanzará el libro.

De la unión de la pólvora y el libro

puede brotar la rosa más pura.

 

Digo al pequeño cura

y al ateo de rebotica

y al ensayista,

al neutral,

al solemne

y al frívolo,

al notario y a la corista,

al buen enterrador,

al silencioso vecino del tercero,

a mi amiga que toca el acordeón:

—Mirad la mosca aplastada

bajo la campana de vidrio.

 

No quiero ser la mosca aplastada.

Tampoco tengo nada que ver con el mono.

No quiero ser abeja.

No quiero ser únicamente cigarra.

Tampoco tengo nada que ver con el mono.

Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre

y no quiero ser, jamás,

una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.

 

Ni colmena, ni hormiguero,

no comparéis a los hombres

nada más que con los hombres.

 

Dadle al hombre todo lo que necesite.

Las pesas para pesar,

las medidas para medir,

el pan ganado altivamente,

la flor del aire,

el dolor auténtico,

la alegría sin una mancha.

 

Tengo derecho al vino,

al aceite, al Museo,

a la Enciclopedia Británica,

a un lugar en el ómnibus,

a un parque abandonado,

a un muelle,

a una azucena,

a salir,

a quedarme,

a bailar sobre la piel

del Último Hombre Antiguo,

con mi esqueleto nuevo,

cubierto con piel nueva

de hombre flamante.

 

No puedo cruzarme de brazos

e interrogar ahora al vacío.

Me rodean la indignidad

y el desprecio;

me amenazan la cárcel y el hambre.

¡No me dejaré sobornar!

 

No. No se puede ser libre enteramente

ni estrictamente digno ahora

cuando el chacal está a la puerta

esperando

que nuestra carne caiga, podrida.

 

Subiré al cielo,

le pondré gatillo a la luna

y desde arriba fusilaré al mundo,

suavemente,

para que esto cambie de una vez.

 

 

 

lunes, 5 de julio de 2021

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

 


 

La libertad

 

 

I

 

De pronto entró la Libertad.

 

La Libertad no tiene nombre,

no tiene estatua ni parientes.

La Libertad es feroz.

La Libertad es delicada.

 

La Libertad es simplemente

la Libertad.

 

Ella se alimenta de muertos.

Los Héroes cayeron por Ella.

Sin angustia no hay Libertad,

sin alegría tampoco.

Entre ambas la Libertad

es el armonioso equilibrio.

 

Nosotros tenemos vergüenza,

la Libertad no la tiene,

la Libertad anda desnuda.

(Y el señor Jesucristo dijo

que el reino de Dios vendrá

cuando andemos de nuevo desnudos

y no tengamos vergüenza.)

 

Hermanos, nosotros sabemos,

pero la Libertad no sabe.

 

 

II

 

Hay que ser piedra o pura flor o agua,

conocer el secreto violeta de la pólvora,

haber visto morir delante del relámpago,

conocer la importancia del ajo y el espliego,

haber andado al sol, bajo la lluvia, al frío,

haber visto a un soldado con el fusil ardiente,

cantando, sin embargo, la Libertad querida.

 

Viva el amor, la vida poderosa,

la muerte creadora de olores penetrantes

y eso porque uno muere y resucita,

la luz sobre los techos de la aurora,

sobre las torres del petróleo,

sobre las azoteas de las parvas,

sobre los mástiles del queso y el vino,

sobre las pirámides del cuero y el pan,

la gente retornando,

una ventana con la bandera en familiar bordado

y la exacta ambulancia, con heridos,

cantando, sin embargo, la Libertad querida.

 

Hay que ser como el puente necesario,

natural como el lirio, como el toro,

saber llegar al fondo del silencio,

al subsuelo del brote y a la raíz del grito,

hay que haber conocido el miedo y el valor,

haber visto una mano que agita una linterna

de noche, hacia el distante nido de metralla,

hay que haber visto a un muerto cicatrizado y solo

cantando, sin embargo, la Libertad querida.

 

 

III

 

De pronto entró la Libertad.

 

Estábamos todos dormidos,

algunos bajo los árboles,

otros sobre los ríos,

algunos más entre el cemento,

otros más bajo la tierra.

 

De pronto entró la Libertad

con una antorcha en la mano.

 

Estábamos todos despiertos,

algunos con picos y palas,

otros con una pantalla verde,

algunos más entre libros,

otros más arrastrándose, solos.

 

De pronto entró la Libertad

con una espada en la mano.

 

Estábamos todos dormidos,

estábamos todos despiertos

y andaban el amor y el odio

más allá de las calaveras.

 

De pronto entró la Libertad,

no traía nada en la mano.

 

La Libertad cerró el puño.

¡Ay! Entonces...