"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
miércoles, 26 de julio de 2023
ALDA MERINI
Vacío
de amor
El
manicomio es una gran caja
de resonancia
y el delirio se torna eco,
regla de anonimato,
el manicomio es el maldito Monte
Sinaí, en el que recibes
las tablas de una ley
desconocida para los hombres.
REZA TALABANI
SI
ACASO tienes modestia y vergüenza y honor
nunca seas amigo de mozuelos lampiños.
Si en cien años de recato no los montas
te increpan con palabras que ningún libro consigna.
Versión
del kurdo por Jiyar Homer, David Shook y José Luis Rico
GEORGE WALLACE
Acarreo
de carbón en el paraíso
nos
lo exigiste, moldeaste nuestras lenguas para bregarlo así, este es nuestro
idioma, no conocemos otro, siendo obedientes, trabajadores y patriotas, nos lo
pusiste, con aleluyas y encantos, amenazando, negando, engatusando, tú y tus
agentes, nos engancharon con él, nos atraparon, nos enjaularon, nos dieron al
por mayor. Llenaron nuestras fosas nasales con él cual especias exóticas, como
a presas exóticas, y todo aquello no era un gran precio para nosotros por
cabeza. Pero adoctrinados, listos para servir, nosotros los prescindibles,
nosotros los necesarios, para hacer andar la maquinaria, nosotros los muchos como
tanto combustible para el fuego
en
el valle de kanawha y la colina de allegheny, bajo el verde mar de irlanda, en
las profundidades del serpenteante ruhr o en los vastos campos de la alta
silesia
blandos
como la turba o duros como la antracita, revestidos de lana o pieles de
animales; este rosario de sudor y hueso, moneda pobre, esta religión material y
negra nube que se levanta. Nosotros los sirvientes y los sumisos, columna
vertebral de una nación, nosotros los consumidos y los Maldita sea, para
quienes fue como un libro de oración común. La máquina hizo señas y llegamos
corriendo, y la electricidad se generó y el motor funcionó, bramó el hollín
como nosotros al correr, hasta que tosimos y nos detuvimos al final del día
agotado
otro día de trabajo mortal, agotado, remoto. Nosotros los vivos, embriagados
hasta el fondo del amargo brebaje, ¡nosotros los vivos!, arruinados con el humo
del alcohol y la coca, entre las locuras y los peligros del trabajo. La inútil
resistencia, el resentimiento de una ofensa condenable —una existencia
destartalada—. Apaga la luz del pasillo, mantén la boca cerrada, tal vez la
policía deje de patear la puerta abajo
y,
sobre todo, la lluvia en otoño
mientras,
nosotros, lamemos nuestras heridas, acostados en nuestras camas, miramos las
estrellas; tontos, francos y leales, animales humanos, ¡preguntándonos! Padre
nuestro que estás en los cielos, por encima de todos los demás dioses
brillantes y distantes, habiendo sido hechos a tu imagen, ¿por qué has ignorado
nuestra situación, por qué nos has abandonado? A los heridos en el paraíso,
mientras tú andas en tu helicóptero azteca, tu avión visnú; mientras paseas en
tus sombras celtas, tu buhardilla de acero y cristal de Yahveh
y
nosotros, entre los adoquines, en un sábado por la noche balbuceando con sangre
y semen y falsas promesas, mala paga
y nosotros, que ahora estamos en el camino y nunca cooperamos lo suficiente
como para adaptarnos a la gerencia
y seguimos hablando este idioma canalla
y, cuyas espaldas se han doblado hasta romperse
¡nos
acusas de fallarte!
esta
es nuestra herencia, esta es la paga de nuestra vida, esta superficial
respiración; nada que mostrar, arruinados, sin hogar. Huye, huye, ¡cúlpanos!
tú
que ofreciste la tentación y luego nos la arrebataste de las manos, cúlpanos,
tú que tenías la colectiva recompensa por un servicio decente a distancia, y te
la robaste
la
mina era todo y ahora la mina se acabó, y la tierra con su doliente y apestoso
aliento abre su boca para tragarnos enteros
y
los mares se elevan como si hubiera algo que pudieran reclamar, y el aullido
del huracán, la desaguada llanura, el valle del río en ruinas, la boscosa
ladera en llamas, las cortinas de lluvia que golpean el pavimento de la costa
del golfo y las montañas púrpuras que se desploman en los ceniceros
y
los muertos y moribundos que se amontonan
no
hay respuestas, no hay respuestas, era todo lo que nos dijeron que hiciéramos,
era todo lo que sabíamos, y ahora todo desaparecerá
el
óxido de las latas de aceite, echado a un lado
los ennegrecidos pulmones de las mujeres
hombres de verdadero servicio, echados a un lado
nosotros
que una vez acarreamos carbón en el paraíso
Versión
al español de María Del Castillo Sucerquia
LUIS FERNANDO RANGEL
Edipo (canción
sin ojos)
Me
he puesto la camisa de mi padre
para abrazar a mamá
afuera
la noche es fría
y los perros ya no ladran
adentro
de la casa
los
dos lloramos
y queremos arrancarnos los ojos
De:
“La marcha de las hormigas”
DANIEL MÅRS
dejando que brote el terreno
arando
surcos profundos
corriendo
descalzos
amarrando
los caballos de tiro
De:
“Verde eléctrico”
Versión
de Petronella Zetterlund
NUNO GONÇALVES PEREIRA
La madrina
Su
nombre vino antes y los nombres deben venir siempre al final.
Tal vez por eso no me dio la bendición.
Tal vez por eso no traía varita mágica.
Hablaba de mi abuelo como si yo hubiese estado con él algún día.
Y acumulaba dinero y periódicos escritos con tinta de plomo.
Tal vez por eso su voz sonó metálica cuando azotó la puerta del carro.
Fingiendo una consulta médica.
Su nombre vino antes y una invitación para ir de compras.
Tal vez por creer que el mundo estaba en venta.
Su nombre vino antes y no había nada más allá de él.
Era solo un nombre sobre una cabellera rubia.
Tal vez por eso su bendición no se amalgamó a mi cuerpo.
Pero fue con ella que mi madre vino.
Y fue gracias a ella que pudimos pasear en bicicleta.
Fingiendo que estábamos vivos.
Tal vez por no tener a dónde ir.
Dinero y periódicos y sonidos metálicos.
La mariposa en mi hombro y la audacia de no aceptar ninguna bendición.
Tal vez por eso nuestras bicicletas nos llevaron hasta la iglesia de la Piedad.
Al templo donde ella, mi madre, se casó.
Al atrio donde cada vez que yo, su hijo, fumaba un porro.
Los búhos tocaban las sensibles cuerdas de una guitarra antigua.
Su final vino antes, por eso tal vez hoy sea solo un nombre,
aunque impronunciable.
Tía
Silvia colecciona propiedades
como Osho coleccionaba botellas de champaña y Rolls-royces.
Tía Silvia colecciona propiedades.
Como yo colecciono versos, mariposas y lápidas.
El
mayor riesgo de toda su vida han sido las salidas nocturnas a las máquinas del
casino.
El único vicio que se permitiera después de aparecer en mi bautismo fingiendo
que no sabía.
Fingiendo que los nombres tenían correlación cualquiera con la vida.
Su
nombre, Silvia.
En la pared de su inviolable departamento.
Una pintura café que no le dejaba olvidar que su papá murió.
Su
nombre, Silvia.
La hermana que mi papá eligió para ser mi madrina.
Existe un algoritmo que rige los nombres que anteceden las aguas que nos bañan
en la pila.
Versión
de Guadalupe Correa Chiarotti
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