Acarreo
de carbón en el paraíso
nos
lo exigiste, moldeaste nuestras lenguas para bregarlo así, este es nuestro
idioma, no conocemos otro, siendo obedientes, trabajadores y patriotas, nos lo
pusiste, con aleluyas y encantos, amenazando, negando, engatusando, tú y tus
agentes, nos engancharon con él, nos atraparon, nos enjaularon, nos dieron al
por mayor. Llenaron nuestras fosas nasales con él cual especias exóticas, como
a presas exóticas, y todo aquello no era un gran precio para nosotros por
cabeza. Pero adoctrinados, listos para servir, nosotros los prescindibles,
nosotros los necesarios, para hacer andar la maquinaria, nosotros los muchos como
tanto combustible para el fuego
en
el valle de kanawha y la colina de allegheny, bajo el verde mar de irlanda, en
las profundidades del serpenteante ruhr o en los vastos campos de la alta
silesia
blandos
como la turba o duros como la antracita, revestidos de lana o pieles de
animales; este rosario de sudor y hueso, moneda pobre, esta religión material y
negra nube que se levanta. Nosotros los sirvientes y los sumisos, columna
vertebral de una nación, nosotros los consumidos y los Maldita sea, para
quienes fue como un libro de oración común. La máquina hizo señas y llegamos
corriendo, y la electricidad se generó y el motor funcionó, bramó el hollín
como nosotros al correr, hasta que tosimos y nos detuvimos al final del día
agotado
otro día de trabajo mortal, agotado, remoto. Nosotros los vivos, embriagados
hasta el fondo del amargo brebaje, ¡nosotros los vivos!, arruinados con el humo
del alcohol y la coca, entre las locuras y los peligros del trabajo. La inútil
resistencia, el resentimiento de una ofensa condenable —una existencia
destartalada—. Apaga la luz del pasillo, mantén la boca cerrada, tal vez la
policía deje de patear la puerta abajo
y,
sobre todo, la lluvia en otoño
mientras,
nosotros, lamemos nuestras heridas, acostados en nuestras camas, miramos las
estrellas; tontos, francos y leales, animales humanos, ¡preguntándonos! Padre
nuestro que estás en los cielos, por encima de todos los demás dioses
brillantes y distantes, habiendo sido hechos a tu imagen, ¿por qué has ignorado
nuestra situación, por qué nos has abandonado? A los heridos en el paraíso,
mientras tú andas en tu helicóptero azteca, tu avión visnú; mientras paseas en
tus sombras celtas, tu buhardilla de acero y cristal de Yahveh
y
nosotros, entre los adoquines, en un sábado por la noche balbuceando con sangre
y semen y falsas promesas, mala paga
y nosotros, que ahora estamos en el camino y nunca cooperamos lo suficiente
como para adaptarnos a la gerencia
y seguimos hablando este idioma canalla
y, cuyas espaldas se han doblado hasta romperse
¡nos
acusas de fallarte!
esta
es nuestra herencia, esta es la paga de nuestra vida, esta superficial
respiración; nada que mostrar, arruinados, sin hogar. Huye, huye, ¡cúlpanos!
tú
que ofreciste la tentación y luego nos la arrebataste de las manos, cúlpanos,
tú que tenías la colectiva recompensa por un servicio decente a distancia, y te
la robaste
la
mina era todo y ahora la mina se acabó, y la tierra con su doliente y apestoso
aliento abre su boca para tragarnos enteros
y
los mares se elevan como si hubiera algo que pudieran reclamar, y el aullido
del huracán, la desaguada llanura, el valle del río en ruinas, la boscosa
ladera en llamas, las cortinas de lluvia que golpean el pavimento de la costa
del golfo y las montañas púrpuras que se desploman en los ceniceros
y
los muertos y moribundos que se amontonan
no
hay respuestas, no hay respuestas, era todo lo que nos dijeron que hiciéramos,
era todo lo que sabíamos, y ahora todo desaparecerá
el
óxido de las latas de aceite, echado a un lado
los ennegrecidos pulmones de las mujeres
hombres de verdadero servicio, echados a un lado
nosotros
que una vez acarreamos carbón en el paraíso
Versión
al español de María Del Castillo Sucerquia
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