domingo, 21 de mayo de 2023


GABRIELA AGUIRRE SÁNCHEZ

 


 

 

EL SONIDO de una cuatrimoto
se abre paso
entre los pedazos de conversaciones,
los colores de la vendimia
y los turistas orientales
con cámaras fotográficas.
El carnicero lleva un gran trozo de animal
en la parrilla.
El rojo de la carne
y el blanco de la grasa
me recuerdan que a pesar de todo,
la vida continúa.
 

De: “La isla de tu nombre”

ADRIANA DORANTES MORENO

 


  

 

Se cuentan los ingredientes contenidos en la leche vegetal; a medida que avanza la lectura, estos se hacen más impronunciables. Qué más da si lo importante es que no contiene azúcar.

 

¿Qué son las colaciones?
De niña me enseñaron que eran un premio.
En los regímenes para bajar de peso,
las colaciones son frutas a medias o raciones ridículas de gelatina sin azúcar.
               (Hay algunos en los que las colaciones no existen
               y las frutas están prohibidas.)
 
De niña no era necesario comer cinco veces al día.
Ahora, tantas resultan insuficientes.
¿Qué solución hay cuando la colación es una toronja pequeña?
Se come, se sigue con la vida.

Cuando veo la toronja en el plato
recuerdo a la madre de Harry en Réquiem por un sueño;
pienso en la simplicidad de sus deseos:
que el cierre del vestido rojo alcance el cenit de su anatomía.
Ella come una toronja y un huevo duro;
sorbe a fuerzas una taza de café negro.
El hartazgo la lleva a buscar un estímulo más fuerte,
ése que la lleva a la perdición y a la locura.
A los nutriólogos se les olvida decirnos cómo no volvernos locos.

Las colaciones, es muy importante respetar las colaciones.
Da lo mismo que no quiten el hambre.
Se hace lo que se debe.
La colación es un premio momentáneo al hambre feroz que abre su camino
poco después de comer nada más que lechuga y otros pocos vegetales.

La colación es un control para el hambre que vendrá después,
un engaño,
un falso premio,
una pizca de satisfacción.

El hambre no va a saciarse con los elegantes nombres
que aparecen en los menús;
seguirá después de cenar el smoothie de fresa con leche de coco
—nada de azúcar—
con su rebanada de pan integral tostado
—la única del día—
y una porción medida de queso cottage.

 

De: “La costumbre del vacío”

 

CARMEN OLLÉ

 

  

 

Mala madera

 

Olvidemos ya —Hermes— los tontos celos y los más vanos
reproches… El tiempo es corto y delicioso… Amémonos,
señor, como dios manda.

Estás hecho de mala madera: sirves a la corte y honras a
sus mujeres…Pero, de momento, parece tan suave cedro.

 

 

TIMO BERGER

 

 


 

Músicos urbanos

 

Siempre me inspiran ternura
los músicos

por más miserable que sean.
Con sus rastas y pulseras

tejidas. Cuando están
en el paso subterráneo

con su oboe de tono
tajante y agudo

tocando la Oda a la alegría
Highway to Hell,

con el birimbao delante
de las puertas de la ciudad

o con la mandolina sobre las rodillas
debajo de un memorial de guerra,

con esa versión gitana
de una de Katy Perry.

Los músicos siempre
me inspiran ternura;

no hace faltan que estén tumbados
con el contrabajo

o que aleteen aplastados por su fagot
como la cucaracha de Kafka.

Basta con un cuello
que se abulta, una mancha amarilla

donde descansa el violín
o estas mejillas de sapo

de tanto soplar y soplar
la trompeta o el trombón.

Ustedes me animan, músicos
a la velocidad de paso;

detrás del sombrero y sobre los puentes,
cobran apenas

lo que gastan para mantener
el ritmo.

 

ROBERTO LÓPEZ MORENO

 

 


 

Los exóticos

 

Los exóticos conviven al pie del volcán,
un volcán que no arroja lumbre,
que vierte hierbas y hierve de troncos y de iguanas.
Los exóticos al pie de la gran montaña
se vuelven eco de los viejos poderes.
Los primeros hombres fueron hechos de madera,
dice el libro de los abuelos
y en madera se vuelven los hombres
en el interior de sus cabañas de cálido sur.
Una escalinata que desciende, un río,
un fluido que canta su risa de tierra que imanta el agua.
Un hombre
desde temprano se levanta a juntar el fuego;
una mujer, Aurora, lo reparte.
Todo es de madera,
hasta este corazón exótico
que un día como todos
será leño endurecido que amanece.

 

 

CÉSAR CAÑEDO

 

 


 

Cuando me gusta un hombre a primera vista
es porque se parece a alguien de mi familia.

A veces veo a mi abuelo borracho entre sus cejas
o la luz apagada de mi primo.
Las pisadas del tío favorito y mis ojos detrás, sin hacer ruido.
En todos ellos,
la manzana de adán
igual a la primera manzana que se clavó en mi espalda.
Las ganas de hablar muy hombre.
El caminar superior y prominente.

Me les quedo viendo
como si con eso desatara la fantasía.
Y cuando me miran con su desprecio
me gustan más
porque así me miraba mi padre.

 

De: “Sigo escondiéndome detrás de mis ojos