lunes, 21 de septiembre de 2026


 

ÁNGELA MALLÉN,

 


 

Epifanía 

En el interior de mi cabeza sólo flotaba,

como si fuera polvo, un apacible silencio.

Haruki Murakami

 

Quise alumbrar tu barca con mi estrella. Pero he caído en mí. Soy torpe. Peso mucho. Los barcos de papel navegan en la fiesta de una noche infinita; y cuando se deshacen, saltan ratas devoradoras de náufragos. He caído

 

a mi isla de alquitrán. Peso mucho. Soy torpe. Los mundos son alegorías. Nacen y crecen en redondo, parecen significativos, vuelan en el sueño de una noche instantánea. Y cuando estallan, producen un acorde de notas supersónicas. He caído

 

dentro de mi cabeza. Nadie me creería si dijera que di con los huesos en el cráneo. La cabeza es foso. Bodega. Chabola. No hay nada más desolador que una cabeza hueca. Hay que divisar un pájaro dorado, acariciar su distante silueta. Interiorizar su danza. Hay tanta melancolía suelta. La belleza de los pájaros efímeros. Su vuelo fugazmente azaroso. He caído

 

a la marmita. A su profundidad candente. Soy la niña que huye en traje de chaqueta de Armani. Dando tumbos. Soy la mujer de bronce que sólo quiere tuitear un verso perfecto. Hay tanta belleza en la brevedad. He caído

 

a la pecera de tus ojos. Tus pececillos se volvieron loros ruidosos en mi parque urbano. Tus ojos eran de otro planeta. Pura kryptonita. Se me pusieron a llorar en verde. Entonces debilitaron mis colores cuánticos. He caído

 

en la densa gravedad de un planeta viejo. Una mujer pasea a sus dos galgos marrones. Casi corren. Flacos. Curvos. Con forma de interrogante. Los perros miran antes de ladrar. He caído

 

a mi estómago corrosivo, saturado de cáusticas imágenes. Los ojos fosforitos del estómago miran cosas indigestas. He caído

 

en el amor. Como gata en un pozo. Como luna en el mar. Te quise a ti y a tus contrarios. Hay que seguir. Doy gracias por el vacío que deja en el aire la caída. Que dejan los cuerpos en una sábana arrugada. Ninguna palabra vale si no está llena de sudor, plumas y piedras. Y vuela. Y pesa como la lluvia. Y cae desde mi boca

 

a tu olvido. Entonces recuerdo mi vida eterna como quien oye hablar en chino. Sé que todo anda suelto, hecho de materia incandescente. Tu barca de vapor roza una orilla de Menfis y un minuto después, una estrella de Andrómeda. He caído

 

en mi ventana. Miro pasar los tranvías. Oigo una voz que me dice: ¿te crees el único ser viviente porque sientes la música de la velocidad, el escalofrío de la brevedad? He caído

 

a la charca tantas veces como pelos tengo en la cabeza. Me levanto. Y sigo. No exactamente como Lázaro. Nadie me lo ordena. A nadie le importa. Me levanto a oler, a rozar la línea que va desde el siempre al nunca más. No busco. Qué voy a buscar si lo tengo ante mí. Ahí están: la estrella que nadie mira y el barco al que nadie espera. He caído

 

con un ángel. Con la diosa

 

De: “Motel Milla Noventa”

 

 

MIRIAM REYES

 

  

 

ME ESCRIBO CON ELLA
lo consiguió con súplicas
con aplausos con cuerdas

ella susceptible de ser olvidada
o de curarse
como cosa de cualquier clase
o persona
que no puede levantarse de la cama

con un eje esquelético sujeta
los extremos de las cuerdas
ata cabos banderas estandartes
canta himnos muy desafiadamente desafinada

prohibida por las leyes
se llama así con fines expresivos
trinchera de las sitiadas
lugar que rodea a otro

con palabras pringa
todo lo que toca
no censura o ataca
representa y defiende sus intereses
dice estar muy agradecida
muy ansiosa de agradecer
y de hacerse de nuevas

con la fibra de su piel marchita
horca que se le pone al cuello
nos transporta
piel desnuda en sitios pedregosos
olfatea animales para orientarse
expone una cosa al viento
con cantar melancólico
y monótono de origen

tiene algo que proponerme
contra las cosas sagradas que no se cuestionan
en desobediencia a la primera mitad
del cuarto mandamiento

vamos
el camino es largo
asegura la carga sujetándola a lazo

no es que la obedezca
voy para ver las cosas de cerca

de manera luminosa
el viento levanta el polvo
levanta a la niña en brazos

una esponja calcárea
una mancha blanca en los ojos
la niña

a veces
a veces se transforma
forma nombres

consolida significados
a veces breve y patética
se dirige a alguien o a algo
solo presente en su imaginación
no a mí

a veces vuelve por entre las piernas
necesita cerciorarse por sí misma
yo también sufro de eso

vuelve por entre las piernas
choca contra las vallas
las alambradas de espino
los contenedores en llamas

antidisturbios largamente entrenados
le frenan el paso

aprovechando descuidos apreturas
se introduce en la abertura de las cosas
mana o sale por orificios
dibujando contornos de islas
en acusado relieve
la boca desportillada
prometiendo o ajustando una cantidad
desde el lugar del miedo

dura demasiado lo que parece que no tiene fin

se introduce en la abertura de algunas cosas
en el vientre
hace un ruido característico
como de paseo bordeado de palmeras
o casa de los horrores

hecha para sangrar
destinada a sostener el extremo
todo lo que le viene encima es escarmiento

 

De: “Nunca muere”

 

 

ANA ROSSETTI

 

 

 

Incitación

 

Escapémonos, huyamos a los cómplices
días de la niñez. Perdámonos inermes
por los intensos vértigos de la piel insabida.
Confundidos, al no encontrar los nombres
para tanto esplendor, inventaremos fórmulas
de un idioma secreto: como antes.
Extraviémonos por la gran pesadilla
de la noche. En los negros pasillos
del horror insistamos hasta que el fiel desmayo
—dobladas las rodillas— nos socorra.
Ven. Miremos por toda bocallave
que encierre algo prohibido,
gravemente matemos mariposas vidriadas,
pisoteemos seda, desgarremos la gasa
que nubla las magnolias,
y la desobediencia sea privilegio nuestro.

 

De: “Diminuto cosmos: Antología poética 1980-2022”

 

 

FRAN PICÓN

 

 

 

ME miro en las fotografías antiguas,
tan decoloradas como irreconocibles,
con los mofletes colmados de esperanza
y la saliva colgando de entre los labios,
con aquel gorrito de lana por fontanela
y un ligero temblor en los pies.
Resulta inquietante verme antes de haberme conocido,
cuando la sombra de lo que quise ser
todavía era un leve trazo en la memoria,
en el instante preciso que pasó de largo
mientras mis dedos se anudaban al viento
tratando de abarcar lo desconocido.
Tal vez nunca fui niño,
salvo en esas viejas y amarillentas fotografías;
quizá la infancia se me olvidó en el andén
de una desangelada estación
y en la próxima boca de metro
encuentre mi reflejo en el expendedor de billetes.
Nunca jamás, nunca fue más que otro nunca
en el horizonte vertical de un rascacielos
y los únicos niños perdidos que alcancé a ver
no querían ser descubiertos.
Y es que esta historia interminable
en busca de mi hada madrina
se termina bruscamente al abrir los ojos
y observar, sin más disfraz que lo evidente,
que el tic tac de los relojes nunca fue un cocodrilo.

 

De: “Al otro lado del abismo”

 

 

MARTIN SEYMOUR-SMITH

 

 

 

Rachmaninov

 

Horrorizado Raschmaninov se llevó las manos a la cabeza
al encontrar su primera sinfonía
insoportable
y al final del primer movimiento
huyó.
Pasó la noche en un tranvía
que se arrastraba ida y vuelta.
Era tan llamativo
que su mente colapsó
pero es bien conocido
cómo fue hipnotizado
y regresó triunfal
a componer el Segundo Concierto.

Ahora soy yo Raschmaninov:
he visto el brillo en la oscuridad
y la oscuridad en el brillo,
he arrastrado mi mente maltrecha entre los términos,
me he recobrado en la serenidad
de una obstinada mirada rusa,
he redescubierto vencedores caminos musicales.

Encogido en mis pieles amenazo
con dígitos silbantes
al auditorio extáticamente silencioso
educado en el espíritu de salones de té adúlteros.

¿Cómo discernir mi verdadera melodía?
Deja al hombre con el que te ibas a sentir culpable,
y ven a mi camerino.
Aunque sea un destierro melancólico
soy más de lo que prodigo en el lecho.
Jugaremos a la Isla de los muertos
y mientras sigues repitiendo la verdad perfecta
de lo infravalorados que son mis Preludios
me llevaré las manos a la cabeza horrorizado.

 

De: “Un rastro de sentido”.

Versión de Imanol Gómez Martín.

 

 

MANUEL NEILA

 


 

Tránsito

 

A la orilla del tiempo
te detienes. La brisa
reviste de oro viejo
los follajes del alba.
¿Quién respira? El sol
pulsa el arpa del cielo.
Floración imprevista
de la luz. Ni sorpresa
ni júbilo: desnuda
celebración del tránsito.

 

De: “La llama y la ceniza: Antología poética”