lunes, 21 de septiembre de 2026

FRAN PICÓN

 

 

 

ME miro en las fotografías antiguas,
tan decoloradas como irreconocibles,
con los mofletes colmados de esperanza
y la saliva colgando de entre los labios,
con aquel gorrito de lana por fontanela
y un ligero temblor en los pies.
Resulta inquietante verme antes de haberme conocido,
cuando la sombra de lo que quise ser
todavía era un leve trazo en la memoria,
en el instante preciso que pasó de largo
mientras mis dedos se anudaban al viento
tratando de abarcar lo desconocido.
Tal vez nunca fui niño,
salvo en esas viejas y amarillentas fotografías;
quizá la infancia se me olvidó en el andén
de una desangelada estación
y en la próxima boca de metro
encuentre mi reflejo en el expendedor de billetes.
Nunca jamás, nunca fue más que otro nunca
en el horizonte vertical de un rascacielos
y los únicos niños perdidos que alcancé a ver
no querían ser descubiertos.
Y es que esta historia interminable
en busca de mi hada madrina
se termina bruscamente al abrir los ojos
y observar, sin más disfraz que lo evidente,
que el tic tac de los relojes nunca fue un cocodrilo.

 

De: “Al otro lado del abismo”

 

 

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