El lenguaje de los afectos
Mi
perro renuncia al rayo.
Deja al sol en su sitio
para despedir el naufragio de lombrices
que abandonó la lluvia.
Se
cansa y chilla.
Me mira a los ojos.
Yo le entiendo.
Por
él renuncio también al rayo,
tomo la vasija sagrada
y la lleno hasta el borde.
¡Agua limpia!
Él
sabe.
De todos los recipientes olvidados en el patio,
de todos los cuencos que reciben el sonido de las gotas,
éste es para él.
Mi perro entiende.
Por
eso no puedo creer que tú,
que hablas el mismo idioma
y eres de la misma especie,
malinterpretes esto que te digo.