Siempre
colgada al hombro,
la imprescindible llave
de la caverna,
me escondí de la luz
y de los otros.
Quise inventar el fuego,
comprender la rotación,
la inercia,
la materia perenne
y la caduca.
Aposté por saber
el origen del sí
y el de la negación.
Quise enfrentarme al ojo
de mi destino.
Mas aprendí que el mundo
se me rompía en dos
y no cabía otra
que seguir con lo puesto.
De: “Caída de ballena”