El
placer maduro
Cae
la lluvia y soy un hombre maduro, gris
y cansado. Por mi cuerpo pasan
las edades. Cambian los lugares. Estoy
en una ciudad desconocida, rara, marcada. Cae la lluvia
y sigo siendo el de ayer. No he salido
al nuevo día. Y entonces dijiste.
“Este lugar es escabroso y es oscuro.
Incluso en sueños. Es como si yo
fuese una extraña en mi cuerpo. Como si estuviese
prisionera de mi vida. Me agita el viento
como entre los cipreses cuando andaba
el año pasado junto a ti
y te tenía y te perdí. En un instante
pasas de este lado al otro lado.”
La
miraba y pensaba en el miedo
del amor, en la oscuridad salvaje
del deseo ya marchito. Me quedaré
siempre joven, decías, y sin embargo envejeces
y yo envejezco, encanece, se cae
el cabello, se hacen más profundas las arrugas.
Crujen las rodillas oxidadas, me matan
las coyuntas y el dolor de los riñones.
Pero
tú con toda la ternura
de una pasión bendecida me ofreces a cambio
un placer maduro. Tendré que juntar
fuerzas, pues, tendré
que regresar y sin embargo tengo miedo
del regreso. Qué transporte elegir
para que no naufrague el cuerpo a la mitad
de ese camino. Tengo miedo
del regreso. De que me traicione el lugar.
Versión
de Selma Ancira y Francisco Segovia