Los
colores de los vestidos que me gustan dicen tanto de las bocas silenciadas
Manos
textileras. Alguna vez visité una tienda de telas que parecía detenida en el
tiempo, en los anaqueles estaban las telas enrolladas cuyos diseños y tramas
cromáticas me remitían a otros cuerpos, movimientos sinuosos de los cuerpos de
mujeres andando las calles. Manos de mujeres trabajadoras, entintando hilos,
manejando máquinas, trabajando el telar. La indumentaria de las mujeres que
fabrican los vestidos que otras portaremos son colores oscuros, sucios,
dolidos.
Los
colores y la rueca. Mis cuentos de infancia tenían elementos de costura,
vestuarios.
Siempre me obsesioné por aquellos que mencionaban los instrumentos, aquel huso
de la durmiente, la rueca o acciones propias como el hilar tareas del tejido,
las largas trenzas.
Algo en la fabricación de los textiles implica una condena pero también hay una
sutil rebelión. Las sábanas anudadas son el escape.
El
poder de elaborar las telas. El poder de fabricar el textil y más tarde de
fabricar el atuendo. No hay nada más perfecto que cubrir la piel con una tela
hilada por una misma, nada más poderoso que confeccionar el vestido propio.
Y sin embargo las costureras, las textileras siempre han estado al margen, por
su oficio, por sus cuerpos.
Mujeres
en el borde de las telas. Alguna vez tuve entre mis manos una tela africana
pintada y diseñada por mujeres, los hilos entreverados del algodón, el diseño
sutil y los colores rosa pálido, guinda, rojo, negro; los dibujos, flores,
grecas, líneas curvas. Y lenguaje: una frase suajili cuyo significado es
misterioso, no por lo que dice sino precisamente porque no sé qué son esas
palabras, no hay forma de saberlo. Los vestidos como el lenguaje dicen cosas
que son interpretadas de una cierta forma. Los vestidos rasgados a la fuerza,
arrancados, son palabras pisoteadas, un lenguaje fallido o grito y luego
silencio.
La vestimenta es política, la vestimenta dice de la procedencia, habla
economía, habla ostentación, habla pobreza, habla en género de quien la porta,
se desdice, agrede o agrada.
La
vestimenta y su poder infinito. Elijo un vestido de textilera, elijo un vestido
de trabajadora, elijo un vestido que dice en su hilar de subversiones,
versiones del dolor de aquellas cuyos cuerpos abandonan sin indumentaria, cuyos
vestidos fueron arrastrados con los cuerpos que las portaban, elijo el vestido
de luto pero también de quien no ceja.
Una
tela que resiste. Una tela de años, que no cede al paso del tiempo, que se
hereda de generación en generación, un vestido portado por abuelas, madres,
hijas, nietas. Un vestido que habla de secretos e intimidad, de tablas y
hollín, de cocinas y también de manos rasposas y tareas.
Elijo
ese vestido común, ese uniforme de trabajadora.
A ella le debo mis vestidos.
De:
“Las trabajadoras”
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