Mi
mejor amiga y yo compartimos un Ipod y nos quedamos en su cama hasta la tarde
Escuchamos música
y me pregunta
¿podrían gustarte?
Desliza sus labios
que parecen una carretera
donde un árbol se incendia
y las personas sienten miedo
pero se quedan fascinadas
a la vez.
Su
lengua roza mi ceja
y compruebo que existe
arriba de mi ojo,
en su posición de sombrilla.
Me
pregunta de nuevo:
¿te gustan?
Y
soy yo
una criatura pequeña,
un cangrejo que
la gente
ve pasar;
una palabra que se aprieta en los labios.
¿Qué
dirían tus papás
si se enteran
que te gustan las niñas?
Sus
labios ya un derrumbe
sobre mí
y yo
el jugo del melón,
una granada abierta,
el sabor de un limón socarrado.
La
canícula verdadera
parecida
a cuando se está en el tráfico
para llegar a la playa
y el sol te calienta el rostro,
las manos.
Nos
besamos,
nos reímos.
Somos dos adolescentes
en su cuarto
y nuestros uniformes
nos atraen
y nuestra lengua
nos atrae
y su cuarto de ladrillo
nos atrae.
Tomamos
distancia
y pienso
en los mejores momentos de mi vida:
ir a la feria por primera vez,
subir un árbol,
comer pan francés,
pero ninguno de esos momentos
como éste
donde
sé,
exactamente
la geografía de mis cejas.
Donde
sé
claro,
era esto,
un beso,
la
canícula verdadera.
De:
“Esta batalla que fue”
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