"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
sábado, 25 de marzo de 2023
ATILIO MILANTA
Desde
mi
EXTRAÑA
fue la tarde, la nueva dimensión, la corola,
esta intención en que la mano alteró
los sentidos.
Externa
fue la tarde. E interna
fue más tarde.
Hasta
que ya el crepúsculo dejó
silencio, quietud, inquietud, calidez de nido
y ala. Y mariposa. Tal vez
sólo la mano.
La
que se va de aquí.
ENRIQUE P. MARONI
En
la cara
también
luzco con orgullo
un recuerdo que es muy tuyo
y que llevo por mi mal.
Un recuerdo
que me hicieron en tu nombre
cuando yo jugué como hombre
con la vida del rival.
VÍCTOR HUGO LÓPEZ CANCINO
Lágrima
Nació
en mí, de mis sentimientos,
de mi felicidad o de mis tormentos,
como nace el pájaro, como nace la flor,
como nace el odio o como nace el amor.
Surgió
así tan instantánea, tan de repente,
al meditar las cosas que pasan por mi mente,
quizá el pensar alguna idea loca
se apresuró a surgir, hasta llegar a mi boca.
El
sabor que tenía era entre dulce y salada,
mas no emergió sola, muy pronto acompañada
de otras, que parecían dirigir una cascada
que brotaron de mis ojos, sin decirme nada.
Lágrima
de amor, lágrima de alegría,
lágrima de tristeza o de melancolía,
si no estuvieras conmigo, mi alma gritaría
pues eres desahogo para esta vida mía.
HILDA CONKLING
La
llegada del Gran Pájaro
Un
niño miraba el agua
mientras se acercaba al borde del helecho.
Pequeñas naves pasaron junto a él
cuando la luna se inclinó sobre los rayos de luz azul oscuro.
Los abetos vieron los barcos blancos que navegaban
Y la luna doblando el cielo azul
Donde las estrellas brillaban como lámparas de hadas;
El niño miraba hacia tierras extrañas
Al pasar los barcos,
Sus velas blancas brillaban a la luz de la luna.
Estaba pensando en cómo deseaba ver
Tierras extranjeras, personas extrañas, ¡
Cuando de repente un pájaro salió volando!
Se abalanzó sobre la pendiente
y le habló:
‘¿Quieres cruzar el profundo mar azul?
Sube a mi espalda; Te llevaré.’
‘Oh’, gritó el niño pequeño, ‘¿quién te envió?
¿Quién conocía mis pensamientos sobre tierras extranjeras?
ARTHUR RIMBAUD
El
baile de los ahorcados
En
la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
¡Monseñor
Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!
Sorprendidos,
los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados ,
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.
¡Hurra!,
alegres danzantes que perdisteis la panza ,
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!
¡Rudos
talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su sayo de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.
El
cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla:
parecen, cuando giran en sombrías refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.
¡Hurra!,
¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!
y responden los lobos desde bosques morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno…
¡Zarandéame
a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos,
un rosario de amor por sus pálidas vértebras:
¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio! .
Y de
pronto, en el centro de esta danza macabra
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,
crispa
sus cortos dedos contra un fémur que cruje
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su caseta,
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.
En
la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
ALEJANDRO ROMUALDO
El
cuerpo que tu iluminas
Porque
eres como el sol de los ciegos, Poesía,
profunda y terrible luz que adoro diariamente.
Mis ojos se queman como los ojos de las estatuas
mi corazón padece como una vaso de vino en un armario.
Tú
eres un puente de agonía, un mar animado
de agua viva y palpitante. Tú te alzas y brillas:
yo giro alrededor de ti; alta y pura te miro
como los perros a la luna, como un semáforo para morir.
¡Oh
Poesía incesante, mi buitre cotidiano,
me tocó servirte en el reparto de sufrimientos:
como un niño exploraba las tierras pálidas del sol.
¡Oh
Poderosa! Yo soy para ti uno de los miembros
de esta numerosa familia sideral
compuesta de padres e hijos milenarios.
Yo
soy para ti la noche: Tú me enciendes,
ardo en el vientre universal,
rabio con las olas y las nubes,
escribo al girasol que me ama diariamente deslumbrado.
Yo
te devuelvo, amor mío, como un espejo desierto
en cuyas entrañas están las cenizas de donde Tú renaces.
Yo te devuelvo amor, mi vientre se renueva sin cesar.
Tú te ocultas y muerdes, entonces, como una ola gloriosa,
llena de dulzura y vigor.
¡Oh
Poesía, mi rayo divino y cruel, clava tu pico,
devora el fuego que me abate, apaga esta zarza inmortal!
He
aquí mi cuerpo, roído por las estrellas,
pálido y silencioso como un dios que ha cesado
y que Tú arrastras, borrándolo, como el mar o la muerte.
