"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
sábado, 11 de febrero de 2023
LYDIA VALIENTE
H
La
puerta ya cerrada del viejo cementerio.
Las puertas de enigma cubiertas de misterio.
La H
es una puerta que no se abre jamás,
las puertas de la vida ya nunca, nunca más.
De
los castillos viejos la puerta enmohecida,
las puertas de la muerte, las puertas de la vida.
La H
es una puerta cerrada en el espacio,
la H es una puerta como un negro topacio.
La H
es puerta vieja de habitación oscura,
la H es una puerta, la puerta una criatura.
ÍTALO LÓPEZ VALLECILLOS
Corazón, te pareces a las grandes ciudades
Corazón,
te pareces a las grandes ciudades.
En ti viven hombres soberbios y terribles.
Sobre tus altas torres de silencio
dejan su protesta.
Nada les detiene. A veces huyen a sus habitaciones
y se esconden de la noche. Acaso tiemblan
su miedo, su hambre o su miseria.
Luego
surgen violentos y desgarran el día.
Caminan por calles amplias
y se paran a ver las vitrinas. Compran
un anillo, una flor, un libro y se lo dan a la novia.
Esperan.
Yo no sé qué esperan.
Van de casa en casa, de palabra en palabra.
Ansiosos
miran sus relojes. Les divierte
el cine y abrazan a la multitud cuando el The End
pone sus puntos suspensivos.
Están
ahí, lo saben. Van a la oficina,
miden su odio, pesan su amor, escriben su tedio
y esperan.
Sonríen,
claro. Sonríen. A ratos
—hay que decirlo—
son felices. Reciben una carta
y el amor les llega por correo.
Inventan una canción y la dicen por la casa.
Cuando alguien les descubre, la guardan,
la esconden entre las camisas nuevas.
No lloran. Miran caer la lluvia y les basta.
Mueren
un día. No importa,
han muerto muchas veces. Alguien va al entierro,
deposita unas flores.
Un amigo dice una oración,
echa tierra al viento:
“era bueno”, “ayer le vi”, “hacía versos”
y se murió de solo.
La
muerte tiene cerrado un ojo, el otro abierto.
Y es grande esta ciudad, corazón,
como tú que te pareces a ella.
Octubre 54/Noviembre
60.
GABRIELA PAZ
Me responde la impotencia
No,
no es mía la sangre que le sostiene
no es mía la forma y sus temblores
sus ganas y heridas
ni siquiera sus batallas
Este
cuerpo es violable y debatible
presto a ser portada roja
íntegro miembro de la sociedad
Esta
pierna demasiado carnosa, perfectamente cuestionable
se reprende de su atavismo
se enfunda en paso militar todos los viernes por la noche
Este cuerpo descuartizado por tu mirada
Esta boca mamadora
Este vientre infecundo
Estos senos infructuosos
Este sexo en celo
Un
conjunto de cuerpos censurados
Un conjunto de cuerpo disponible al miedo
JOSUÉ ANDRÉS MOZ
Poema para leer en un bar al sur de la ciudad
Para Alberto López
Serrano, Erick Arévalo,
Jorge López, Fredy Mejía y José Aguilar,
porque cada uno tiene un motivo legítimo para amar la noche.
Cierra
la botella sobre tus ojos
su caliente párpado luminoso.
Desaprendimos
la forma de amar sin esperar la certeza de los dados,
entendimos que el sueño le ha sido negado a quienes desearían olvidar las
respuestas.
Desde
hace años
es tiempo de llorar la más amarga de nuestras risas.
Abrir
la ventana es encontrarse con todas las puertas cerradas.
Entre
nosotros
la respiración de los escombros,
el ojo vacío que nos recuerda el incómodo giro de la ruleta,
las agujas en los relojes & los brazos,
los tímidos acordes de los insectos,
la nieve amarilla escurriéndose en los pulmones.
Ninguno
aquí es distinto a una estrella que se apaga.
Todos
iguales a una repentina canción de tres minutos & medio
cuyas líneas nunca humedecen nada entre las piernas
pero que sí conocen de banderas podridas en los ojos.
Ladrillo
tras ladrillo los signos cobran sentido,
en estas paredes donde la inocencia es la antítesis de la sombra,
donde una llave es suficiente para todas las puertas,
donde la noche dura lo que permita la doble cara del llanto.
TOMÁS ANDRÉU
Precipitación
El
viento me hizo agua
y en lluvia descendí sobre tu cuerpo:
envolví en espiral tu delicadeza corporal
de luz, cielo y algodón.
Pernocté tramo a tramo
el universo de tu piel:
las puertas de tus poros
se abrieron de par en par.
Recorrí toda tu dulce geografía
en mi cansado peregrinar:
desde las hebras luminosas de tu cabellera
hasta la generosa suavidad de tus pies.
Dejé en tu piel estelas de mí:
mi nombre parpadea en tu cuerpo.
En la apacible llama de tu aura
me hiciste un halo incandescente
que volvió al viento,
a ser agua de tu sed.
DERLIN DE LEÓN
¿Qué nos atormenta?
Detengo
la alarma como todas las mañanas. Me siento en el margen de la cama para
alcanzar el teléfono. Lo dejo razonablemente lejos porque no confío en mí. Me
reconforta el silencio que sustituye a ese ruido infernal. Así me ayudo.
Quiero
quedarme aquí. Quiero colocar una repisa. Salir a caminar por caminar.
Observar. Pero el dinero es un motor terrible. Nos lleva hacia lugares
inhóspitos. Salimos a la calle, odiamos a los jefes, nos burlamos de ellos en
las esquinas de las fotocopiadoras y eso nos reconforta. Alguien se burla de
todos nosotros. Alguien nos vigila desde el panóptico.
Las
mañanas se parecen entre sí. No me refiero a la tonalidad de la luz, sino al
bullicio, al trajín multitudinario. Me refiero a la pesadez en los párpados, al
champú mentolado, a los periódicos. Me abotono la camisa frente al espejo que
solo refleja las grietas del rostro, canas, calvicie. Preferiría ver un corazón
atormentado. Al hombre sin voluntad.
Busco
las llaves. Estoy seguro de haberlas dejado aquí. No busco en las escarpias,
porque en ellas solo cuelgo las medallas. Mira, estas llaves son importantes,
porque abren cosas importantes: archiveros, bóvedas. Esto me atormenta ahora.
¿Lo ves?
