"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
lunes, 13 de febrero de 2023
LYDIA VALIENTE
Hambre de 7 siglos
Todo
el dolor del mundo
se volcó en mi regazo.
¡Ah las cuencas sin ojos!
¡Ah el dolor de soñar!
¡Hambre de 7 siglos
contorsiona el ambiente!
Los niños muertos de hambre
sueñan aún con pan,
y sus manos ingenuas,
raíces en el fondo
de la tierra morena,
se llevan los terrenos
dormidos de la tierra,
a la boca sin labios,
que la muerte besó.
¡Hambre
de 7 siglos!
¡Dolor que viene lento
del ombligo del mundo!
Dolor de los humildes,
de los que tienen hambre,
de los que tienen sed
de justicia infinita
sobre la pobre vida
que se estremece toda
de frío hasta los pies.
¡El
dolor de los niños!
¡Lagrimones de fuego
sobre la lejanía!
Estrellas de amargura
sobre la soledad.
Tendidas hacia el mundo
mis manos aletean.
¡Hambre de 7 siglos!
Mi corazón es pan.
Amor
y amor
Embriagada
de sueños
voy cruzando la vida.
Desorientada a ratos,
soñando en el amor.
Y el amor egoísta
y el amor infinito
tejen un manto nuevo
y una misma canción.
Amor
tiene dos alas;
una rúbrica: ¡Amado!
La otra sobre el mundo
rubrica: ¡Redención!
Partida en dos pedazos
voy zurciendo mi historia.
Dos velas sobre el viento,
en el fondo el timón.
Y las velas tendidas
a caminos inciertos
van al compás del viento
besando un nuevo sol.
Por
mi amado las ondas
estremecen la quilla.
Y por ellos las lianas
enredan el timón.
Por mi amado los ojos
brillan en la esperanza.
Y por ellos mi pecho
saborea el temor.
Dame
tus manos fuertes
amor del bien amado
para guiar en la noche
de inquietante dolor,
a los seres que buscan
en la sombra callada:
la infinita justicia
y el camino mejor.
Dame
amor angustiado
de la turba que gime
esa ingenua esperanza,
esa dulce quietud,
la pueril armonía,
y la suave alegría
de la conformidad.
La
rueca de las horas
va hilando mi quebranto
con el huso punzante
de la fiebre y del llanto
para tejer el velo
de la serenidad.
¡Amor
tan sin medida!
¡Y amor tan sin orillas!
Por esos dos amores
me olvidé ya de mí.
Y a mi amado le grito:
¡que no debe de amarme!
y en la cruz de este grito
enclavada me vi.
ÍTALO LÓPEZ VALLECILLOS
Sólo me quedas tú
I
Sólo
me quedas tú,
hoja desnuda, música sin alas,
tú y las últimas llamas del verano
buscándome desde la niebla,
desde la soledad definitiva
de las cosas.
Estás
ahí parada
a la vuelta de la próxima palabra,
me sigues los pasos,
hurgas mis papeles:
leal, siempre leal,
segura muerte
que cerrará mis párpados de lluvia.
Sólo
me quedas tú,
centinela sin odio,
tú y tu silencio inmemorial
brotando en los sonidos
y perdiéndote más allá de la nieve
de las manos.
Tú y tu sonrisa
hecha pedazos al amanecer,
cuando los niños dicen de memoria
la primera lección
y los pájaros ensayan sus trapecios de color.
Sólo
me quedas tú, golondrina,
flecha sin arco y sin hondero.
Tú, el abrazo desnudo
en el silencio de la noche.
II
Te
irás, lo sé.
Te irás cuando yo parta
y sobre la huella de los días,
niños de asombro
leerán tus sílabas de amor,
el silencio de lágrima,
la llama primordial de la esperanza.
III
Volverás
a ser de nuevo tú,
la única y exacta,
centinela sin odio,
sin bandera ni escudo.
Navidad, 1957.
GABRIELA PAZ
Islas
De
mí y de vos, turgente compañera,
hablan los besos que no queremos esconder,
sentencian los cantos que entonamos,
locas y trémulas sirenas varadas.
¡Sí, queremos ser nuestra propia isla!
Precipitándome
en el fondo del embeleso,
en la llanura de nuestros propios hábitos,
buscando la comisura de los dientes,
afilando la sonrisa,
desatándonos la piel a besos,
entre remolinos y fuertes goces,
nos encontramos cercanas.
Dormidas
en el regazo,
despiertas en la lucha,
aprendiéndonos los pudores
de las miradas contemplativas,
el cuerpo es nuestra lucha diaria.
Para
desatar el cuerpo
nos declaramos lejanas
de la palabra que juzga,
la conveniencia y la muralla.
(Junio, 2012.)
JOSUÉ ANDRÉS MOZ
Krokodil
Hoy comienzo a
escribir como quien llora.
Antonio
Colinas
Odio el nombre de mi
país por no poder salvarme
William
Alfaro
I
Primero
dios,
segundo dios,
tercero dios…
Abro
mi garganta,
juego con la voz de mis amigos muertos
pronuncio —animal adentro—
el abundante sargazo a las orillas de mi sangre.
Alguien
clava su cuchillo:
extraviado espejo de la infancia,
limpia marca del derrumbe.
En
mi alma dislocada bajo todos los puentes
los hombres entienden que es inútil encariñarse de los pasos perdidos.
II
Mi
país tiene un nombre que no le pertenece
unas piernas rotas para correr tras el amor
del dios: eternayamargamentedormido,
para permanecer en una bolsa plástica,
y desayunar escuchando el concierto de los gusanos,
para volverse olvido en el olvido,
armario del silencio,
cadáver sepultado a veinte metros de casa.
Putrefacta
mi sangre buscando la tuya
celebrando mi funeral
antes de que nadie encuentre mi cuerpo,
antes de que todos lloren el tuyo
(tu cuerpo sobre el asfalto,
con toda la rabia del hombre
con todo el amor de dios).
Tierno
siempre dios
tierno su abrazo de plomo, su beso de alambre,
su lengua piadosa lamiendo orfandades.
Todo
es un regresar a través de los pasos,
mil novecientos ochenta – mil novecientos noventa y dos,
un viaje inconcluso por la espalda de la bestia,
un desierto bífido, un colmillo roto de coyotes en la sangre,
una vigilia inútil de madres esperando escuchar el golpe de la puerta,
un amanecer con ramos de brazos en el jardín,
un hematoma en el ojo derecho, el puño cerrado de tu padre,
los trece segundos en el suelo, las costillas rotas, la boca azul,
la vecina que mandó a su hijo a morir en otro país,
las primeras cuarenta y ocho horas en bartolinas:
los diez miligramos de desomorfina al jalar el gatillo.
TOMÁS ANDRÉU
Diálogo
Desde
algún lugar del mundo,
desde alguna parte del tiempo
hablo con vos.
No conozco tu cara
ni el abecedario que forma tu nombre,
y desde la mudez de la noche
no puedo dejar de preguntarme:
¿Desde qué abismo insondable
el rumor de un río me llama?
¿Desde qué cuerpo celeste
tu tenue luz me alcanza?
¿Qué tiempo es este
que nos ha unido en una misma geografía?
A ciegas, palpo tus palabras
y encuentro un árbol —tu cuerpo frutal.
Lo trepo y me alimento.
Desgajo todos tus frutos,
muerdos tus ramas
y siento el latir cansado de tu savia
que puebla mi paladar, mi boca.
En las tinieblas, a tientas, llego a tus palabras
y en tu cabellera de aguas luminosas
meto mis manos: un sol nace en mí,
baña mi interior una lejana soledad,
una tristeza milenaria,
una pena heredada…
y desde el centro de la contradicción
te grito, te pregunto:
¿Sos vos un eco que a mi boca vuelve
desde otra latitud, o sos mi hermana,
que desde otra distancia,
me extiende la mano hacia una misma esperanza?
DERLIN DE LEÓN
Última habitación del silencio
Caminamos
hacia el final del día.
Hacia la última habitación del silencio
donde se ha decapitado
a todos los pájaros del mundo.
Una grieta se abre debajo de lo que fuimos.
Emana un tufo agrio, de banderas rotas.
Ahí está la noche totalitaria.
La fastidiosa corrupción de la madera.
El rigor de los clavos.
El ineludible filo del mundo.
Tenemos
certeza del sitio
y de la tierra que ocuparemos.
No de la prolongación del día
que se ha colocado sobre nosotros
como un imperio celeste.
Como una herida roja
que pulsa con cada parpadeo,
pero que no desciende
hacia la última habitación del silencio.
Porque está aquí desde el principio
y no se irá hasta que se detengan todos los caballos
a contemplar la gloriosa explosión de estrellas.
