jueves, 25 de mayo de 2023


 

NATALIA FIGUEROA GALLARDO

 


 

La poeta y el mundo

 

“Nada de lo que aquí he nombrado es mío”.
Así terminaba un poema.
Lo hallé en un viejo cuaderno
yo misma lo cosí.
El poema mostraba una montaña, un cisne, un lago
un hombre obligándome a abandonar el lugar
—él sí podía estar ahí.

Nada de lo que he nombrado?
Y esta manera de entrar
como a una nueva lengua
a cada sitio?
La palabra es un laberinto?
Y en mi palma la ruta
hacia otra orilla de río
otra vida de pez
otro corazón ­— atado a la lágrima?­
—ruta por si cae la noche
a las dos de la tarde­—
—sendero si llueve y una hoja
es techo suficiente para un pájaro?—
Nada de lo que he escrito?
Y el agua de brújula entre mis ojos
en mi sexo, en mi pecho
desde una calle cualquiera en Londres
hacia una curva del espiral
desde el parque del que me expulsan
hacia el rincón de hoja
donde me das la mano?

 

De: “El gran cuaderno del búho blanco”

 

 

OFELIA PÉREZ SEPÚLVEDA

 

  

 

De reincidencia

 

Una luz,
transida y breve luz
en las manos que giran con la rueda.

Nada saben,
tocadas por el aire,
de imperios labrados con ahínco.

Escriben páramo con hilos de colores
no obstante que son flores,
minucias más mentidas
en lienzos que lavan en invierno
anónimas sirvientas.

Las manos se detienen.
Buscan y no encuentran.
¿Qué buscan?,
la rueda se pregunta
sin detenerse,
sin destejer las sábanas.

Esta mujer que somos
¿construye acaso la prehistoria?

Las manos,
ausentes de caricias,
regresan a la rueda
escriben páramo, bahía,
no obstante que son nombres y escenarios
canciones que luego por la noche,
la Fiel entona en los andenes:
Este es mi tren, mi desabasto.

 

De: “La piedra y el exilio”

 

ROBERTO LÓPEZ MORENO

 

  

 

Filos

 

Levanta la guadaña la arista escarlatada,
fiel a los designios de la piedra escrita.

Se yergue después del cumplimiento feroz del sordo oficio;
la cosecha de su tarea múltiple
se expande en partículas vivas desde el sitial señero
y desciende a tocar la puerta en cada pecho
asido con veinte soledades a la sed del viento.

La guadaña en el aire
la arisca la lengua del magro sacerdote,
cenizo cauce del reseco ruedo.

Arriba el filo, erguido dentro de la dimensión innombrable.

El gris decidor lo blande desde el canal de su saliva
para vestirse llovizna sobre un cementerio de atabales.

Y otra vez y otra en las arterias del rito.

Así, en lo alto, el filo, hilo, vilo,
gongorino, gongorante,
en dirección a la nuca de todo desenamorado Polifemo.

 

 

LAURI GARCÍA DUEÑAS

 

 


 

Ya no quiero sangrar

 

Ya no quiero sangrar
ni sentirme vulnerable
ni temer a la intemperie
o a las cosas que no se pueden explicar con las palabras.

Quiero sanar pero eso implicaría estar enferma
y no lo estoy
ni lo estuve.

Ya solo me recorre el escalofío de la anestesia al final de la columna
la silueta de la sonda y el catéter
el moretón negro del talón derecho porque la pierna tardó en despertar
la sonrisa improvisada de mi vientre zurcido
y ese miedo tremebundo a la muerte que viene con la vida
a la locura que conlleva la alegría de multiplicarse
en otros que jamás serán como yo
a la paciencia que se quiebra como jícara
al enojo que contengo desde hace siglos.

Ya no quiero sangrar
ni sentirme vulnerable
ni temer a la intemperie
ni llorar por esto que no puedo nombrar
la sombra de todas las sombras
y que solo siento en la carne
cuando amamanto de noche
a la pequeña imagen que emergió de mi cuerpo.

Viernes 27 de noviembre de 2020

 

De: “Más allá de la aureola marrón y núbil”

 

IVÁN SOTO CAMBA

 

 

 

BUENO, pero no me lo digas así.
Mejor dime:
te incluyo en la grasosa entraña de mi vida
en el próximo estornudo de mi semblanza.

Te obligo a mi serpentina
te invoco a mi currículum
te insto a tocar mi fondo
mi no tan voluntario aunque seguro procesamiento.

Te comprometo a mi cuenta regresiva
a mi banda sonora
a mi deglutir.

Te convido al desgaste de mi páncreas
te dejo espacio en mis fotos
te concedo entrada exclusiva a mi lancha agujereada
a mi derrumbe.

Te invito a mi fiesta:
                 6 pm
                 habrá botanas
                 cada quién trae (o lleva
                 según prefiera) lo que quiera beber.
 
 
De: “Todo para fiestas”

 

 

IRENE SELSER

 

 

 

Asfixia

 

“No puedo respirar”, dice un anciano en el albergue Pio Albergo Trivulzio, en Lombardía, la más golpeada por la pandemia en Italia, ante la impotencia de los médicos y enfermeras, sorprendidos ante la nueva enfermedad.

“Me duele respirar”, se queja Alvarito Conrado, con 15 años recién cumplidos, al desangrarse en un hospital de Managua. Fue alcanzado por el disparo de un francotirador armado de un fusil Dragunov el viernes 20 de abril de 2018, cuando corría llevando dos botellas de agua para los estudiantes que levantaron una barricada afuera de la Universidad de Ingeniería, en protesta contra la dictadura de Daniel Ortega. El disparo entró por el labio inferior, perforó el cuello y se alojó en el tórax.

“No puedo respirar”, reclama hasta quedar inconsciente George Floyd, un afroamericano guardia de seguridad de un club, detenido el lunes 25 de mayo de 2020 en el vecindario de Powderhorn, en Mineápolis, sospechoso de fraude. Desarmado y esposado, Floyd murió de asfixia cuando, con su rodilla, el policía Derek Chauvin presionó su cuello contra el pavimento durante ocho minutos y 46 segundos.

“No puedo respirar”, gime un mono araña en Kuala Lumpur, atorado con los elásticos de un cubrebocas, arrojado por un turista en la reserva natural de Bukit Lagong.

Tampoco puede respirar el pez globo atrapado en una máscara en las costas de Miami; ni el tímido pangolín, acosado por cazadores chinos que le han prendido fuego al hueco del árbol donde se refugió. Se cree que el mamífero, cuya carne es una de las más codiciadas en Asia y África, pudo haber sido un huésped intermedio del nuevo coronavirus, como las serpientes o los murciélagos que pueblan moribundos los mercados de Pekín.

Se asfixian igualmente los cerdos aturdidos en los mataderos de Argentina y las ovejas degolladas en Francia, colgadas hasta desangrarse en estertores desesperados o los cangrejos atrapados entre mascarillas en la laguna de Berre, en Marsella.

¿Quién nos presta una garganta? ¿Y un pulmón?


  
De: “Don de la ausencia”