martes, 6 de junio de 2023


 

KEIJIRO SUGA

 


 

Busquemos un pequeño bosque, me basta un bosque mínimo,
No importa que no haya conejos, o no se encuentren búhos.
Aquí es la zona de transición de la vida hacia la muerte,
donde la muerte da a luz muchas vidas distintas.
Esta zona es dominada últimamente por los hongos,
y trabajada por diligentes lombrices de tierra.
Allí, las formas se recomponen sin cesar.
Allí, los colores y los movimientos se transmutan sin cesar.
Pero a pesar de todo, es una sola vida, el Bosque entero,
es la unidad de la vida, ya no más divisible.
Allí voy yo, preguntando,
Preguntando a los hongos de múltiples formas y colores.
Los árboles corrompidos tienen ojos y las rocas musgosas tienen oídos.
Aun cuando nos sorprende un aguacero,
La tierra queda seca y ligera, huele bien, a fresca.
Aquí no hay distinción entre el mediodía y el crepúsculo.

 

Versión de Eiko Minami

ANDREA CABEL

 


 

el once

 

los padres no existen, son viejas armas de guerra, excusas falsas para evadir la sensación de estar solos. los aeropuertos repletos de gente, las ventanas abiertas gritando corrientes infinitas de aire. un estómago que corre y se sostiene apenas, grita y gime escondido en sí mismo. no te vayas nunca, no te vayas nunca. un estómago que araña su textura, su manía de latir hacia el cielo. la inmensa bóveda de soledad se abre en dos, en tres, no te vayas nunca, me quedo contigo, la cama se hace dos veces ella, no te vayas nunca once veces caminaré la misma vereda roja, roja de azúcar y distancia

 


DENISSE VEGA FARFÁN

 

 


 

ignoro lo que pende en mí
si un rayo     un búfalo muerto
o un jardín de estacas
a punto de clavarse

le huyo a la noche
al sol de los paganos
me alimento con el pan que nadie quiere
me embriago con el silencio que el hombre ignora

duermo sobre el ombligo de una acémila muerta
que es mi nombre  
escarbo su pelambre aromada por desollados frutos
de pureza

no poseo un rostro definido
mi piel está hecha del cuero de muchos animales
mis órganos son los frutos 
de alguna mandrágora venenosa
mi historia es el tartamudeo
de cada dios inexistente
mis ojos son humo
y humo azul mi lengua

todo canto que llega a mis oídos
se convierte en plaga
no conozco padres
soy la consecuencia de varios apareamientos
probablemente la marea que sube y baja en mi cabeza
es producto de aquél entre un salmón y una loba

no sé dónde permanecer
si en la tierra     en el agua
o en la atmósfera que tiene la expresión
de un enorme ahogado
que licua el universo

mi nombre está detrás de todos los nombres
pergeñando sus vestidos
tratando de descifrar cómo dignamente deben morir
las especies como yo
no sé si por mi rostro corre azufre
o las resonantes palabras de los muertos

por tantos siglos antes de los siglos
algo parecido a la sed y la ondulación de la abeja
me ha desgarrado la nuca

animal de ceniza
esteparia sangre
coágulos de cieno mal zurcido

mi sombra ha abandonado los espejos
y desaforada ríe
en el dintel de las cosas

el sol de aluminio ha caído
anidándose en mis vísceras
la eternidad y sus hierros
se han desplomado sobre mis hombros
el hombre de lata golpea y golpea
su ciego tambor bacante
busca entre sus despojos un charco limpio
para alzar un torrente
de fuegos     de sílfides     de escamas
intenta anudar las corrientes en un solo verbo
con manos impropias
hasta para amar a las piedras

no ha de herirme
no ha de verme
aunque lo embista con una antorcha viva en sus ojos

pero sus hilos como máquinas
jadeos de un ángel desvanecido
al ras de mis talones
el reptil que adivina el paisaje
y delinea la frontera
las escalas   
los descensos
el cebo atorado en la garganta
la soledad desde la primera culpa
el obituario

he de retirarme de aquí como un ciego
que arroja el bastón
he de cubrir con cal mis señales
saltar sobre esas cabezas soleadas
que no voltean la noche
ese amor de caucho
removiendo la polvareda

 

 

VIVIANA AYILEF

 

 

 

Arte poética

 

La poesía viene después.

Antes están los eternos compañeros,
las miradas de los hijos,
los viajes extendidos por los hombres,
—entre sus sombras,
sobre sus cuerpos,
por sus historias otras—.

Y la palabra
—siempre— vendrá después:
antes la lluvia, el desplazarse.
Vivir migrando entre lo propio más ajeno:
en las ausencias,
en los despojos.

Porque si viene,
aunque tardía,
toda palabra llegará
únicamente
para calmarnos.

Antes la sed.
Antes,
la vida.

 

 

ÁNGEL CAMPOS PÁMPANO

 


 

 

No sé si diga que el poema existe en la línea de sombra, en el rumor de límites que la imagen convoca y allí aguarda, incierto todavía, una mano de nieve que acierte en su lectura, que descifre su voz, que nos lo acerque y lo haga necesario, inútil como un dios, en la memoria.

Conforme a la costumbre
antigua de su oficio,
las palabras anuncian
el drama lentamente.
Ocupan los objetos
y enseguida los niegan.
Se dan al desamparo
de los nombres perdiendo
el tiempo si fabulan
historias que no existen.
No es casual que a veces
procuren el poema,
la vigilia, la muerte,
la idea de la rosa.

 

De: “Siquiera este refugio”

 

 

ÁNGEL ORTUÑO

 

  

 

 

Los albinos traen suerte

  

En las minas de diamante o cuando ocurre
una herida profunda.
Para beber su sangre porque hay que cuidar
la salud (un tesoro
confiado a ese fantasma
detrás del que ahora corren
mientras siga con vida para secar
sus ojos
que son
el verdadero origen del polvo de unicornio).
Si van a presentarse
altos ejecutivos
y no todo está en orden. Incluso
no te quieren
y se ponen zapatos de tacón
para pisar tus manos mientras fuman:
femeninos
superlativos
plurales y hablantes
de lenguas americanas en extinción.

En Burundi
Tanzania
o Kenia pocos pueden comprarlos.
Pero bastan.