martes, 30 de junio de 2026


 

BORÍS HRÍSTOV

 



El solitario

  

Tiene una cicatriz en la frente y siempre se sienta apartado.
Aun siendo alto, el hombre solitario es pequeño.

Con su azuela los recuerdos talla o recoge plantas medicinales;
Y si no tiene nada que hacer va arrastrando su vieja manta.

Una cabeza de caballo brilla en medio del campo y el solitario
se acerca para verla nada más: no le importa si tiene crin o no.

Mientras los demás se desgañitan hablando de arte,
sentado en la mesa el solitario atrapa moscas para soltarlas luego.

Pero si compone versos, sin duda dejará
una lágrima en vuestros ojos o un rasguño en la memoria.

No le falta un hogar ni una sopa caliente, pero su vida es
tan inútil como un trasto tirado al fondo del pasillo.

Y aunque su casa se vuelque con el tejado hacia abajo,
aunque coma cenizas, jamás implorará.

¿En qué fuego ha ardido, bajo qué plancha?:
para saberlo tendrás que beber mucho vino en su compañía…

Así, caminando con una mancha en la camisa limpia,
el solitario se pierde entre la multitud como un abalorio.

En una de sus manos lleva un libro para su alma enferma
y con la otra el solitario aprieta una soga en el bolsillo.

 

 

De: “El solitario”

 

BERNARD SPENCER

 

 

  

En el camino

 

Nuestro techo eran uvas y las amplias manos de la vid
mientras nosotros dos bebíamos en la sombra entreabierta de las viñas
de la Francia de la cosecha;
y adondequiera que condujera el camino blanco poco podía importarnos,
nos había llevado allí,
al emparrado construido en la ladera de un valle donde el tiempo,
si es que el tiempo existía todavía, era aquel río
de corriente tan profunda que al mismo tiempo
fluía y permanecía.

Nosotros dos. Y no faltaba nada en el mundo entero.
Es después cuando uno lo comprende. Olvido
el año exacto o lo que dijimos. Pero el lugar
arde para toda la vida con luz de mediodía. Allí están la rústica
mesa y los bancos dispuestos; más allá del río
bosques suaves como nubes caídas, y en
nuestro vino y en nuestros ojos recuerdo otros mediodías.
Es mucho decir: no faltaba nada;
río, sol y hojas, y yo construyendo
palabras para decir “uvas” y “su piel”.

 

PERCIVAL EVERETT

 

 

 

 

Do sostenido menor

  

1

Estos bailarines se relevan. No hay otra
manera de mantener el ritmo. Los bailarines
inscriben sus nombres en el tiempo, con el tiempo. Son
bailarines, después de todo, después de todo

 

2

lo dicho y hecho, después de todo lo
bailado y cantado, contado y
asumido, como una mula que siempre
tira, que siempre lleva su carga.

 

3

Estos bailarines, con sus contorsiones,
sin querer plegarse de esta y aquella
forma sobre esta superficie móvil.

Estos bailarines: los amamos, los
odiamos, los miramos anudar el ritmo a la
tonalidad al movimiento al amanecer y el crepúsculo.

 

 

De: “Sonetos para una tonalidad perdida”

Versión de Mariano Peyrou y Daniel Peyrou

 

ALFREDO ZITARROSA

 

 

 

 

Canto de nadie

  

Milonga, estabas temblando
en mi corazón;
acurrucadita como un niño
acostumbrado al dolor

Carne de otras milongas, vos sos,
canto de nadie
y en el mismo aire
te crecen dos alas de consolación.
Llena de hondos silencios
memoria cruel del amor,
sos mi flor de cartón,
rosa entregada con cada canción.
Milonga, aquí en la guitarra,
estrujándola,
hay una mano blanca
que viola y arranca tu rosa y se va.

Fue tan fácil robarte esa flor
que ni la mira;
la huele y la tira,
sus ansias suspiran por otra mejor.
Muñequita de alambre,
tu emocionada canción
no es más que una ilusión,
sangre sin hambre, dolor sin dolor.
Gajito de enredadera,
milonga fiel,
ya no hay quien te quiera,
no es de primavera tu flor de papel.

 

EMILIO ORIBE

 

   

 

La estrella polar

 

El navío pasó hace muchos días
la línea ecuatorial.

Esta noche,
en vano hemos buscado por el cielo,
a la Osa Menor con su estrella polar.
La niebla oculta todo el horizonte
al subir desde el mar.

Hace noches que vamos entre brumas.
Quedó, en mi país, la Cruz Austral.
No enciende
ya en mi frente su cuádruple fanal
para guiarme!

El candelabro astral
de cuatro luces…

Mas la estrella polar
nos espera en el norte.
La veremos
muy pronto sobre el mar.

Media noche. El espacio se hace diáfano
en la invertida copa tropical.

Hacia occidente,
la rueda gigantesca zodiacal,
pasa girando con sus doce carros
colgantes, por el aire de cristal.

Toman asiento en ellos las estrellas
y en tanto que unas bajan, otras suben,
y alzan alegre coro musical,
como las niñas en la rueda aérea
de un parque provincial.

¿Qué pide el corazón sino silencio?

Como ya no tendré las fieles llamas,
de mi altísima cruz para rezar,
no escucharé aquel coro de los cielos,
y buscaré la estrella
polar, para soñar.

Que no me niegue Dios la lumbre nórdica
que nunca he visto en mi interior brillar!

Quiero, en vez de las cuatro
joyas crucificadas que he perdido,
solamente la estrella polar,
para soñar…

 

INMA CHACÓN

 

 

 

Herida

(Para María Gutiérrez Luengo, mi madre,
que murió el 3 de septiembre de 2020,
el mismo mes que mi padre,
después del confinamiento que comenzó en marzo.)

 

 

Se cerraron las puertas del mundo de repente
aquel marzo sin flores

ni esperanza de abril
ni velos blancos de mayo
ni verano.

Y nosotros echamos todos los cerrojos
de tu casa
para intentar salvarte.

Debías sobrevivir.
Y lo hiciste.

Resistir no es vivir sin miedo en las espaldas
sino seguir erguido
y acostumbrarse al peso
aunque el centro de la Tierra se empeñe en su trabajo.

El triunfo no está en salir ileso

la herida forma parte del binomio
que marca el principio y el final de la batalla

después
hablarán las cicatrices

memoria del dolor y de la sangre.

Vencer es asomarse al precipicio y construir un puente
ignorar la obstinada invocación a la hondonada
y cruzar mirando al otro lado
mientras continúa viva
y seductora
la posibilidad del salto.

Porque volar no es suspenderse en el vacío
es conseguir que las alas se desplieguen
capaces de impulsarnos
para llegar incluso hasta las nubes
sin levantar los pies del suelo.

Y tú lo hiciste.

Resististe con nosotros
te asomaste a la ventana
y te lanzaste al vuelo de las palmas
repletas de agradecimiento

y venciste.

Saliste del encierro
con alguna que otra cicatriz
pero venciste.

Triunfaste.
Era de justicia que lo hicieras.

Pero te esperaba septiembre
terco, como siempre,
implacable
decidido a no caer en ninguno de los trucos
que inventamos para ti.

  

De: “Fronteras”