El
solitario
Tiene
una cicatriz en la frente y siempre se sienta apartado.
Aun siendo alto, el hombre solitario es pequeño.
Con
su azuela los recuerdos talla o recoge plantas medicinales;
Y si no tiene nada que hacer va arrastrando su vieja manta.
Una
cabeza de caballo brilla en medio del campo y el solitario
se acerca para verla nada más: no le importa si tiene crin o no.
Mientras
los demás se desgañitan hablando de arte,
sentado en la mesa el solitario atrapa moscas para soltarlas luego.
Pero
si compone versos, sin duda dejará
una lágrima en vuestros ojos o un rasguño en la memoria.
No
le falta un hogar ni una sopa caliente, pero su vida es
tan inútil como un trasto tirado al fondo del pasillo.
Y
aunque su casa se vuelque con el tejado hacia abajo,
aunque coma cenizas, jamás implorará.
¿En
qué fuego ha ardido, bajo qué plancha?:
para saberlo tendrás que beber mucho vino en su compañía…
Así,
caminando con una mancha en la camisa limpia,
el solitario se pierde entre la multitud como un abalorio.
En
una de sus manos lleva un libro para su alma enferma
y con la otra el solitario aprieta una soga en el bolsillo.
De: “El
solitario”
No hay comentarios:
Publicar un comentario