Herida
(Para María Gutiérrez Luengo, mi madre,
que murió el 3 de septiembre de 2020,
el mismo mes que mi padre,
después del confinamiento que comenzó en marzo.)
Se
cerraron las puertas del mundo de repente
aquel marzo sin flores
ni
esperanza de abril
ni velos blancos de mayo
ni verano.
Y
nosotros echamos todos los cerrojos
de tu casa
para intentar salvarte.
Debías
sobrevivir.
Y lo hiciste.
Resistir
no es vivir sin miedo en las espaldas
sino seguir erguido
y acostumbrarse al peso
aunque el centro de la Tierra se empeñe en su trabajo.
El
triunfo no está en salir ileso
la
herida forma parte del binomio
que marca el principio y el final de la batalla
después
hablarán las cicatrices
memoria
del dolor y de la sangre.
Vencer
es asomarse al precipicio y construir un puente
ignorar la obstinada invocación a la hondonada
y cruzar mirando al otro lado
mientras continúa viva
y seductora
la posibilidad del salto.
Porque
volar no es suspenderse en el vacío
es conseguir que las alas se desplieguen
capaces de impulsarnos
para llegar incluso hasta las nubes
sin levantar los pies del suelo.
Y tú
lo hiciste.
Resististe
con nosotros
te asomaste a la ventana
y te lanzaste al vuelo de las palmas
repletas de agradecimiento
y
venciste.
Saliste
del encierro
con alguna que otra cicatriz
pero venciste.
Triunfaste.
Era de justicia que lo hicieras.
Pero
te esperaba septiembre
terco, como siempre,
implacable
decidido a no caer en ninguno de los trucos
que inventamos para ti.
De: “Fronteras”
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