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sábado, 7 de octubre de 2023

NUNO GONÇALVES PEREIRA

 

 


 
La madrina

 

Su nombre vino antes y los nombres deben venir siempre al final.
Tal vez por eso no me dio la bendición.
Tal vez por eso no traía varita mágica.
Hablaba de mi abuelo como si yo hubiese estado con él algún día.
Y acumulaba dinero y periódicos escritos con tinta de plomo.
Tal vez por eso su voz sonó metálica cuando azotó la puerta del carro.
Fingiendo una consulta médica.
Su nombre vino antes y una invitación para ir de compras.
Tal vez por creer que el mundo estaba en venta.
Su nombre vino antes y no había nada más allá de él.
Era solo un nombre sobre una cabellera rubia.
Tal vez por eso su bendición no se amalgamó a mi cuerpo.
Pero fue con ella que mi madre vino.
Y fue gracias a ella que pudimos pasear en bicicleta.
Fingiendo que estábamos vivos.
Tal vez por no tener a dónde ir.
Dinero y periódicos y sonidos metálicos.
La mariposa en mi hombro y la audacia de no aceptar ninguna bendición.
Tal vez por eso nuestras bicicletas nos llevaron hasta la iglesia de la Piedad.
Al templo donde ella, mi madre, se casó.
Al atrio donde cada vez que yo, su hijo, fumaba un porro.
Los búhos tocaban las sensibles cuerdas de una guitarra antigua.
Su final vino antes, por eso tal vez hoy sea solo un nombre,
aunque impronunciable.

Tía Silvia colecciona propiedades
como Osho coleccionaba botellas de champaña y Rolls-royces.
Tía Silvia colecciona propiedades.
Como yo colecciono versos, mariposas y lápidas.

El mayor riesgo de toda su vida han sido las salidas nocturnas a las máquinas del casino.
El único vicio que se permitiera después de aparecer en mi bautismo fingiendo que no sabía.
Fingiendo que los nombres tenían correlación cualquiera con la vida.

Su nombre, Silvia.
En la pared de su inviolable departamento.
Una pintura café que no le dejaba olvidar que su papá murió.

Su nombre, Silvia.
La hermana que mi papá eligió para ser mi madrina.
Existe un algoritmo que rige los nombres que anteceden las aguas que nos bañan en la pila.
 

Versión de Guadalupe Correa Chiarotti

 

 

miércoles, 27 de septiembre de 2023

NUNO GONÇALVES PEREIRA

 


 


La alfabetización del éter

 

Mi padre por fin murió.
Más de treinta años después de haber sido abatido su cuerpo como un animal.

Aquella noche no dormí y salí a las cuatro y media de la mañana en busca de cigarros.
Hacía un frío intenso y no había nada en la calle.
Ni perros. Ni vendedores de tacos. Ni vendedoras de flautas doradas.
Los encontré en una cantina a las orillas de un lago y volví echando humo.
Pasos rápidos. Una patrulla policial. El camión de la basura.
A la espera mía un cuarto en paz profunda.
El sueño de las mujeres después del milagro.

La paz profunda del cuerpo de mi padre en la bodega del avión.
Finalmente.
Más de treinta años después.
Me senté en la escalerita donde mi abuela estuviera sentada siete días atrás.
El cuerpo en la bodega del avión como años antes el cuerpo de mi madre.
Belém-Recife-Fortaleza.
No recuerdo si había luna en el cielo.
No recuerdo sentir frío a pesar del intenso frío que hacía.
Solo la paz del sueño posparto.
El cigarro entre los dedos.
Y el silencio que siempre antecede el amanecer en los pueblos¹ mexicanos.

La muerte sonriendo con la boca atascada de chile.
Don Abel Hernández agarrando la manija del ataúd.
Embarcando el cuerpo en el avión.
Bajo el mirar espantado de los policías del aeropuerto.
Es el silencio que antecede el tiro del cazador contra el cuerpo de la cigüeña que trae a los bebés.
Y yo ahí. Parado. Fumando.
En la misma escalera en que mi abuela estuvo siete días atrás.
Enterrando a mi padre en la misma tumba donde estaba enterrada mi madre.
Esperando el amanecer del día para escuchar la canción que María, recién nacida, entonaría.

El alfabeto escribiendo con éter el destino en el último instante de calma.

 

Versión de Guadalupe Correa Chiarotti

 

1.- Nota de la traductora: En español en el original.

 

martes, 26 de septiembre de 2023

NUNO GONÇALVES PEREIRA

 


 

La jaula, el cementerio y el santuario

 

El departamento era enorme —un laberinto.
Las piezas anticuarias creaban una atmósfera contaminada.
Eran muchas y estaban por todos lados y no paraban de hablar.
Me miraban con un mirar de opresión.
Preta, la empleada, queriendo protegerme de lo que escapaba a mi entendimiento.
El pasillo era largo como el pasillo de la casa del río.
Y sesenta veces yo pedí que hubiese un río al final.
Había un santuario y una foto mía con menos de dos años.
Separado de un segundo santuario donde estaban las fotos de todos los otros nietos.
Todo eso fue después del vino de Porto y del interrogatorio.
¿Su nombre completo?
¿Nombre de su padre?
¿Ciudad en que vive?
¿Con quién vive?
Entonces yo sentía que la muerte acosaba a mi padre.
Hasta hoy mis manos tiemblan a la hora de llenar el más ordinario de los formatos.
Todo gesto burocrático es un gesto de muerte.
Y no paro de temblar y de pensar en los innumerables ante los cuales tuve que doblegarme.
Como la campana oxidada de la vieja catedral donde vive el Ángel Rojo.
Como la campana oxidada de la torre desde donde el Séptimo vigila toda y cualquier vacilación.
Ahora yo puedo cambiar tu foto de lugar.
Nunca tuve dudas de tu regreso.
Solo dudaba de estar todavía viva.
Pedí papel y pluma en un baño.
Escribí. Escribí. Escribí.
Me acordé de la farmacia. De la guía telefónica que la chica me prestara.
De la voz de Hermes al teléfono.
De los pasos hasta la puerta del cine São Luís.
De Hermes llegando en el carro.
De todo el olvido que yo quería olvidar y no podía.
De la mujer que vendía frituras y que sin saber me abrió la puerta de la mazmorra.
De la jaula de arrogancia y prepotencia.
De los dominios de Lord sin polvo en las manos.
Su madre saltó de un edificio en la ciudad de Recife.
Años después en la islita donde los ríos se encuentran.
Su padre fue quien la mató.
Otra puerta abierta.
Las rejas de la jaula gemían, gritaban y se azotaban.
Como un epiléptico ante un pelotón de fusilamiento.
Como un bebé ante la súbita desaparición de las únicas personas realmente conocidas.
Abrí la puerta de la terraza y miré el mar.
Abrí la puerta de la terraza y escuché el mar.
Miré y escuché y no pensé en los tiburones que rondaban el arrecife de corales.
Miré las paredes y encontré los ganchos.
Miré los ojos de mi abuela después de más de veinte años.
Y le dije: yo colgaría una hamaca aquí y pasaría toda la tarde mirando y oyendo ese mar.
Ella respondió: antes de venir aquí a vivir traje a tu padre a ver y él dijo lo mismo.
Me entregó unos papeles suyos que había guardado.
Un contrato de compra de un terreno en la playa de Mosqueiro.
Una única cuota paga antes de que las balas se alojaran en su esperanza.
Una carta siniestra que abría la puerta de una segunda jaula.
Dentro de esa segunda jaula las fieras y los monstruos de los fondos los embalses.
Todas ellas encorvadas y con los cuerpos cubiertos de llagas.
Entre ellas un sol amarillo que contrastaba con la mugre de sus epidermis.
Fue con Tía Silvia que mi mamá vino.
Vestía jeans y traía en el bolso un casete de Janis Joplin.
La voz de la enterrada viva se fue encajando en el sonido y en la imagen del mar.
Un líquido ganando la forma de la piedra.
Y allá en el fondo. Allá en la risca¹ como dicen los jangaderos² de mi tierra.
Un enorme paredón de piedra calcárea.
Separando mi músculo de mi músculo. Mi suelo de mi suelo. Mis huesos de mis huesos.
Allá en la risca, donde mar y cielo se funden en un único sertón³.
Yo vi la jaula, el santuario y el cementerio
donde un día mi cuerpo será devorado por los más delirantes gusanos
jamás vistos por ningún viviente que se arrastra en esta tierra donde la miseria es abundante.

La letra de la siniestra carta era la mía.
Se identificaba con la mía en cada trazo.
Yo había escrito una carta a mí mismo antes de ser asesinado.
Era la tercera acta de nacimiento que yo leía en menos de treinta años.
En las tres se atestiguaba que yo había nacido y, por tanto, que yo existía.
En ninguna de las tres decía de condena alguna.
Cada una de ellas era por sí sola una sentencia.
En todas ellas la llama del odio y las criaturas de la ira.
Camufladas en lenguaje notarial.
La jaula, el santuario y el cementerio.
La biografía de un hombre sin rostro en medio de la mórbida celebración del silencio.

El departamento era enorme —un laberinto:
sin salida y sin tiempo
sin ninguna habitación para abandonar los desperdicios, las quejas y los lamentos.
El departamento era enorme,
pero en él no había un desván para mi infierno
ni un jardín para fincar los cimientos del cielo.

Tiré sal en el molusco y salí.
Nunca debí haber regresado.
Los monstruos y las fieras del fondo de los embalses, en auspicioso cortejo, me acompañaban.
La deshidratación del molusco se prolongaría en una insoportable pesadilla.
En las horas que rechazan el destino de cenizas.
En las manos que alisan al instante en que apedrean.
Y en las bocas que escupen en el propio gesto en que besan.
Nunca debí haber regresado
a un nido de cascabeles que dos veces comieron el mismo corazón.

La tierra prometida era el nombre etéreo de un jardín de arenas movedizas
Donde ningún cimiento sustentaba
las fúnebres promesas de un inmenso improbable.
Nunca debí haber regresado.
Todos los departamentos son laberínticos.
Saber eso no era suficiente.
Pero era todo lo que me había sido dado.
Era la parte de nada que me tocaba.
Dos cumpleaños de aquellos diciembres donde no se montaron los melancólicos teatros navideños.

Hasta el éter es biografable —en pétreas páginas escritas con un aullido de las alucinaciones de un río.
Hasta los laberintos sin salida pueden tener grafitis algún día.
Toda sobrevivencia exige su tipo particular de profanación.
Nuestras letras eran idénticas.
Con ellas se escribía un poema: insolación,
donde se narraba la agonía de un molusco inmerso en
minúsculos y oxidados
granos de sal.

No recuerdo cuántas fueron las copas de vino.
Me desperté con las manos de Petra, nieta de esclavos, sirviéndome café.
Intentando por última vez protegerme de las cosas que ni en sueños yo sospecharía.
 

Versión de Guadalupe Correa Chiarotti

 

1.- Nota de autor: “a risca” [en español, literal, “la línea”] es una expresión usada por los jangaderos del litoral de Ceará que designa el horizonte, el lugar donde se deja de avistar la tierra.

2.- Nota del autor: Los jangaderos [os jangadeiros] son pescadores que utilizan un tipo de embarcación a vela típica del litoral cearense, la jangada. Durante la promulgación de los derechos de los trabajadores en el gobierno de Getúlio Vargas protagonizaron un viaje épico a Río de Janeiro para reivindicar su inclusión entre los beneficiarios. Orientados por las estrellas en el cielo y por las fogatas que los suyos hacen en las playas, son los señores de los verdes mares cearenses. En el siglo XIX participaron activamente en las luchas contra el tráfico de esclavos y, en años recientes, contra la ganancia desmedida y predatoria de la piratería de la pesca industrial con sus buzos con radares y escafandras. Sus delicias culinarias constituyen uno de los patrimonios nordestinos y sus hazañas y sus amores son un tema recurrente en el imaginario nordestino.

3.- Nota del autor: Sertón [Sertão] es una región de vegetación árida, imaginación fértil y culinaria inigualable. Es también una forma de percepción del mundo, con una estética y una historia propias. Sertón es también una imagen poética que evoca una concepción muy bonita sobre lo que es sagrado, lo que es devoción. Sertón es, finalmente, una manera nuestra de recordar la existencia inmaculada de la fe.
 

 

lunes, 25 de septiembre de 2023

NUNO GONÇALVES PEREIRA




 
Ocultismo

 

Demoré más de veinte años para volver a la ciudad de Recife.
Las lágrimas de Tía Tania entregándome el proceso criminal.
El cariño de Julia entregándome el sándwich en el autobús.
Antes la ciudad de Recife era solo carnaval.
Mentira.
Una vez me llevaron allá cuando niño.
Yo miraba los edificios mientras el carro deslizaba por Boa Viagem¹.
Yo quería bajar y tocar en la puerta de cada uno de aquellos departamentos.
Yo quería encontrar a alguien que tuviese en las venas mi misma sangre.

Hasta los dieciséis no soportaba pensar al respecto.
Después nunca más podría olvidar.
Solo tengo un recuerdo en toda mi vida.
El día que comemos camarones.
El día que tuve mi bicicleta.
El día que lloré escondido debajo de la cama.
Mentira.
Tengo dos o tres recuerdos más.
La muerte de mi abuelo.
El que jamás comía gallina en restaurantes.
El nacimiento de María.

El resto no es recuerdo o no es consciente.
El vino de Porto.
El interrogatorio de mi abuela.
La mirada recriminatoria de Tía Silvia.
La extraña acogida de Hermes.
La distancia. El dolor. La furia.
Demoré toda la vida escribiendo el mismo poema.
Y ayer casi no sobreviví al paso del ferrorama² sobre los rieles de mi cuerpo.
 

Versión de Guadalupe Correa Chiarotti

 

1.- Nota de la Traductora: Boa Viagem es un barrio de Recife conocido por su extensa playa homónima, su malecón y la animada avenida Boa Viagem.

2.- Nota de la Traductora: Famosa marca de trenes eléctricos a escala y, por extensión, nombre genérico de esos juguetes en Brasil.

 

 

domingo, 30 de julio de 2023

NUNO GONÇALVES PEREIRA

 

  


La alfabetización del éter

 

Mi padre por fin murió.
Más de treinta años después de haber sido abatido su cuerpo como un animal.

Aquella noche no dormí y salí a las cuatro y media de la mañana en busca de cigarros.
Hacía un frío intenso y no había nada en la calle.
Ni perros. Ni vendedores de tacos. Ni vendedoras de flautas doradas.
Los encontré en una cantina a las orillas de un lago y volví echando humo.
Pasos rápidos. Una patrulla policial. El camión de la basura.
A la espera mía un cuarto en paz profunda.
El sueño de las mujeres después del milagro.

La paz profunda del cuerpo de mi padre en la bodega del avión.
Finalmente.
Más de treinta años después.
Me senté en la escalerita donde mi abuela estuviera sentada siete días atrás.
El cuerpo en la bodega del avión como años antes el cuerpo de mi madre.
Belém-Recife-Fortaleza.
No recuerdo si había luna en el cielo.
No recuerdo sentir frío a pesar del intenso frío que hacía.
Solo la paz del sueño posparto.
El cigarro entre los dedos.
Y el silencio que siempre antecede el amanecer en los pueblos¹ mexicanos.

La muerte sonriendo con la boca atascada de chile.
Don Abel Hernández agarrando la manija del ataúd.
Embarcando el cuerpo en el avión.
Bajo el mirar espantado de los policías del aeropuerto.
Es el silencio que antecede el tiro del cazador contra el cuerpo de la cigüeña que trae a los bebés.
Y yo ahí. Parado. Fumando.
En la misma escalera en que mi abuela estuvo siete días atrás.
Enterrando a mi padre en la misma tumba donde estaba enterrada mi madre.
Esperando el amanecer del día para escuchar la canción que María, recién nacida, entonaría.

El alfabeto escribiendo con éter el destino en el último instante de calma.


 
Versión de Guadalupe Correa Chiarotti

 

1.- Nota de la traductora: En español en el original.

 

miércoles, 26 de julio de 2023

NUNO GONÇALVES PEREIRA

 

   


La madrina


Su nombre vino antes y los nombres deben venir siempre al final.
Tal vez por eso no me dio la bendición.
Tal vez por eso no traía varita mágica.
Hablaba de mi abuelo como si yo hubiese estado con él algún día.
Y acumulaba dinero y periódicos escritos con tinta de plomo.
Tal vez por eso su voz sonó metálica cuando azotó la puerta del carro.
Fingiendo una consulta médica.
Su nombre vino antes y una invitación para ir de compras.
Tal vez por creer que el mundo estaba en venta.
Su nombre vino antes y no había nada más allá de él.
Era solo un nombre sobre una cabellera rubia.
Tal vez por eso su bendición no se amalgamó a mi cuerpo.
Pero fue con ella que mi madre vino.
Y fue gracias a ella que pudimos pasear en bicicleta.
Fingiendo que estábamos vivos.
Tal vez por no tener a dónde ir.
Dinero y periódicos y sonidos metálicos.
La mariposa en mi hombro y la audacia de no aceptar ninguna bendición.
Tal vez por eso nuestras bicicletas nos llevaron hasta la iglesia de la Piedad.
Al templo donde ella, mi madre, se casó.
Al atrio donde cada vez que yo, su hijo, fumaba un porro.
Los búhos tocaban las sensibles cuerdas de una guitarra antigua.
Su final vino antes, por eso tal vez hoy sea solo un nombre,
aunque impronunciable.

Tía Silvia colecciona propiedades
como Osho coleccionaba botellas de champaña y Rolls-royces.
Tía Silvia colecciona propiedades.
Como yo colecciono versos, mariposas y lápidas.

El mayor riesgo de toda su vida han sido las salidas nocturnas a las máquinas del casino.
El único vicio que se permitiera después de aparecer en mi bautismo fingiendo que no sabía.
Fingiendo que los nombres tenían correlación cualquiera con la vida.

Su nombre, Silvia.
En la pared de su inviolable departamento.
Una pintura café que no le dejaba olvidar que su papá murió.

Su nombre, Silvia.
La hermana que mi papá eligió para ser mi madrina.
Existe un algoritmo que rige los nombres que anteceden las aguas que nos bañan en la pila.
  
 

Versión de Guadalupe Correa Chiarotti

 

 

martes, 25 de julio de 2023

NUNO GONÇALVES PEREIRA

 

  


Ocultismo

 

Demoré más de veinte años para volver a la ciudad de Recife.
Las lágrimas de Tía Tania entregándome el proceso criminal.
El cariño de Julia entregándome el sándwich en el autobús.
Antes la ciudad de Recife era solo carnaval.
Mentira.
Una vez me llevaron allá cuando niño.
Yo miraba los edificios mientras el carro deslizaba por Boa Viagem.¹
Yo quería bajar y tocar en la puerta de cada uno de aquellos departamentos.
Yo quería encontrar a alguien que tuviese en las venas mi misma sangre.

Hasta los dieciséis no soportaba pensar al respecto.
Después nunca más podría olvidar.
Solo tengo un recuerdo en toda mi vida.
El día que comemos camarones.
El día que tuve mi bicicleta.
El día que lloré escondido debajo de la cama.
Mentira.
Tengo dos o tres recuerdos más.
La muerte de mi abuelo.
El que jamás comía gallina en restaurantes.
El nacimiento de María.

El resto no es recuerdo o no es consciente.
El vino de Porto.
El interrogatorio de mi abuela.
La mirada recriminatoria de Tía Silvia.
La extraña acogida de Hermes.
La distancia. El dolor. La furia.
Demoré toda la vida escribiendo el mismo poema.
Y ayer casi no sobreviví al paso del ferrorama³ sobre los rieles de mi cuerpo.

Versión de Guadalupe Correa Chiarotti

 

1.- Nota de la Traductora: Boa Viagem es un barrio de Recife conocido por su extensa playa homónima, su malecón y la animada avenida Boa Viagem.

2.- Nota de la traductora: Famosa marca de trenes eléctricos a escala y, por extensión, nombre genérico de esos juguetes en Brasil.

 

 

 

 

lunes, 24 de julio de 2023

NUNO GONÇALVES PEREIRA

 

 



La jaula, el cementerio y el santuario


El departamento era enorme —un laberinto.
Las piezas anticuarias creaban una atmósfera contaminada.
Eran muchas y estaban por todos lados y no paraban de hablar.
Me miraban con un mirar de opresión.
Preta, la empleada, queriendo protegerme de lo que escapaba a mi entendimiento.
El pasillo era largo como el pasillo de la casa del río.
Y sesenta veces yo pedí que hubiese un río al final.
Había un santuario y una foto mía con menos de dos años.
Separado de un segundo santuario donde estaban las fotos de todos los otros nietos.
Todo eso fue después del vino de Porto y del interrogatorio.
¿Su nombre completo?
¿Nombre de su padre?
¿Ciudad en que vive?
¿Con quién vive?
Entonces yo sentía que la muerte acosaba a mi padre.
Hasta hoy mis manos tiemblan a la hora de llenar el más ordinario de los formatos.
Todo gesto burocrático es un gesto de muerte.
Y no paro de temblar y de pensar en los innumerables ante los cuales tuve que doblegarme.
Como la campana oxidada de la vieja catedral donde vive el Ángel Rojo.
Como la campana oxidada de la torre desde donde el Séptimo vigila toda y cualquier vacilación.
Ahora yo puedo cambiar tu foto de lugar.
Nunca tuve dudas de tu regreso.
Solo dudaba de estar todavía viva.
Pedí papel y pluma en un baño.
Escribí. Escribí. Escribí.
Me acordé de la farmacia. De la guía telefónica que la chica me prestara.
De la voz de Hermes al teléfono.
De los pasos hasta la puerta del cine São Luís.
De Hermes llegando en el carro.
De todo el olvido que yo quería olvidar y no podía.
De la mujer que vendía frituras y que sin saber me abrió la puerta de la mazmorra.
De la jaula de arrogancia y prepotencia.
De los dominios de Lord sin polvo en las manos.
Su madre saltó de un edificio en la ciudad de Recife.
Años después en la islita donde los ríos se encuentran.
Su padre fue quien la mató.
Otra puerta abierta.
Las rejas de la jaula gemían, gritaban y se azotaban.
Como un epiléptico ante un pelotón de fusilamiento.
Como un bebé ante la súbita desaparición de las únicas personas realmente conocidas.
Abrí la puerta de la terraza y miré el mar.
Abrí la puerta de la terraza y escuché el mar.
Miré y escuché y no pensé en los tiburones que rondaban el arrecife de corales.
Miré las paredes y encontré los ganchos.
Miré los ojos de mi abuela después de más de veinte años.
Y le dije: yo colgaría una hamaca aquí y pasaría toda la tarde mirando y oyendo ese mar.
Ella respondió: antes de venir aquí a vivir traje a tu padre a ver y él dijo lo mismo.
Me entregó unos papeles suyos que había guardado.
Un contrato de compra de un terreno en la playa de Mosqueiro.
Una única cuota paga antes de que las balas se alojaran en su esperanza.
Una carta siniestra que abría la puerta de una segunda jaula.
Dentro de esa segunda jaula las fieras y los monstruos de los fondos los embalses.
Todas ellas encorvadas y con los cuerpos cubiertos de llagas.
Entre ellas un sol amarillo que contrastaba con la mugre de sus epidermis.
Fue con Tía Silvia que mi mamá vino.
Vestía jeans y traía en el bolso un casete de Janis Joplin.
La voz de la enterrada viva se fue encajando en el sonido y en la imagen del mar.
Un líquido ganando la forma de la piedra.
Y allá en el fondo. Allá en la risca¹ como dicen los jangaderos² de mi tierra.
Un enorme paredón de piedra calcárea.
Separando mi músculo de mi músculo. Mi suelo de mi suelo. Mis huesos de mis huesos.
Allá en la risca, donde mar y cielo se funden en un único sertón.³
Yo vi la jaula, el santuario y el cementerio
donde un día mi cuerpo será devorado por los más delirantes gusanos
jamás vistos por ningún viviente que se arrastra en esta tierra donde la miseria es abundante.

La letra de la siniestra carta era la mía.
Se identificaba con la mía en cada trazo.
Yo había escrito una carta a mí mismo antes de ser asesinado.
Era la tercera acta de nacimiento que yo leía en menos de treinta años.
En las tres se atestiguaba que yo había nacido y, por tanto, que yo existía.
En ninguna de las tres decía de condena alguna.
Cada una de ellas era por sí sola una sentencia.
En todas ellas la llama del odio y las criaturas de la ira.
Camufladas en lenguaje notarial.
La jaula, el santuario y el cementerio.
La biografía de un hombre sin rostro en medio de la mórbida celebración del silencio.

El departamento era enorme —un laberinto:
sin salida y sin tiempo
sin ninguna habitación para abandonar los desperdicios, las quejas y los lamentos.
El departamento era enorme,
pero en él no había un desván para mi infierno
ni un jardín para fincar los cimientos del cielo.

Tiré sal en el molusco y salí.
Nunca debí haber regresado.
Los monstruos y las fieras del fondo de los embalses, en auspicioso cortejo, me acompañaban.
La deshidratación del molusco se prolongaría en una insoportable pesadilla.
En las horas que rechazan el destino de cenizas.
En las manos que alisan al instante en que apedrean.
Y en las bocas que escupen en el propio gesto en que besan.
Nunca debí haber regresado
a un nido de cascabeles que dos veces comieron el mismo corazón.

La tierra prometida era el nombre etéreo de un jardín de arenas movedizas
Donde ningún cimiento sustentaba
las fúnebres promesas de un inmenso improbable.
Nunca debí haber regresado.
Todos los departamentos son laberínticos.
Saber eso no era suficiente.
Pero era todo lo que me había sido dado.
Era la parte de nada que me tocaba.
Dos cumpleaños de aquellos diciembres donde no se montaron los melancólicos teatros navideños.

Hasta el éter es biografable —en pétreas páginas escritas con un aullido de las alucinaciones de un río.
Hasta los laberintos sin salida pueden tener grafitis algún día.
Toda sobrevivencia exige su tipo particular de profanación.
Nuestras letras eran idénticas.
Con ellas se escribía un poema: insolación,
donde se narraba la agonía de un molusco inmerso en
minúsculos y oxidados
granos de sal.

No recuerdo cuántas fueron las copas de vino.
Me desperté con las manos de Petra, nieta de esclavos, sirviéndome café.
Intentando por última vez protegerme de las cosas que ni en sueños yo sospecharía.
  
 

Versión de Guadalupe Correa Chiarotti

  

1.- Nota del autor: “a risca” [en español, literal, “la línea”] es una expresión usada por los jangaderos del litoral de Ceará que designa el horizonte, el lugar donde se deja de avistar la tierra.

2.- Nota del autor: Los jangaderos [os jangadeiros] son pescadores que utilizan un tipo de embarcación a vela típica del litoral cearense, la jangada. Durante la promulgación de los derechos de los trabajadores en el gobierno de Getúlio Vargas protagonizaron un viaje épico a Río de Janeiro para reivindicar su inclusión entre los beneficiarios. Orientados por las estrellas en el cielo y por las fogatas que los suyos hacen en las playas, son los señores de los verdes mares cearenses. En el siglo XIX participaron activamente en las luchas contra el tráfico de esclavos y, en años recientes, contra la ganancia desmedida y predatoria de la piratería de la pesca industrial con sus buzos con radares y escafandras. Sus delicias culinarias constituyen uno de los patrimonios nordestinos y sus hazañas y sus amores son un tema recurrente en el imaginario nordestino.

3.- Nota del autor: Sertón [Sertão] es una región de vegetación árida, imaginación fértil y culinaria inigualable. Es también una forma de percepción del mundo, con una estética y una historia propias. Sertón es también una imagen poética que evoca una concepción muy bonita sobre lo que es sagrado, lo que es devoción. Sertón es, finalmente, una manera nuestra de recordar la existencia inmaculada de la fe.