La
jaula, el cementerio y el santuario
El
departamento era enorme —un laberinto.
Las piezas anticuarias creaban una atmósfera contaminada.
Eran muchas y estaban por todos lados y no paraban de hablar.
Me miraban con un mirar de opresión.
Preta, la empleada, queriendo protegerme de lo que escapaba a mi entendimiento.
El pasillo era largo como el pasillo de la casa del río.
Y sesenta veces yo pedí que hubiese un río al final.
Había un santuario y una foto mía con menos de dos años.
Separado de un segundo santuario donde estaban las fotos de todos los otros
nietos.
Todo eso fue después del vino de Porto y del interrogatorio.
¿Su nombre completo?
¿Nombre de su padre?
¿Ciudad en que vive?
¿Con quién vive?
Entonces yo sentía que la muerte acosaba a mi padre.
Hasta hoy mis manos tiemblan a la hora de llenar el más ordinario de los
formatos.
Todo gesto burocrático es un gesto de muerte.
Y no paro de temblar y de pensar en los innumerables ante los cuales tuve que
doblegarme.
Como la campana oxidada de la vieja catedral donde vive el Ángel Rojo.
Como la campana oxidada de la torre desde donde el Séptimo vigila toda y
cualquier vacilación.
Ahora yo puedo cambiar tu foto de lugar.
Nunca tuve dudas de tu regreso.
Solo dudaba de estar todavía viva.
Pedí papel y pluma en un baño.
Escribí. Escribí. Escribí.
Me acordé de la farmacia. De la guía telefónica que la chica me prestara.
De la voz de Hermes al teléfono.
De los pasos hasta la puerta del cine São Luís.
De Hermes llegando en el carro.
De todo el olvido que yo quería olvidar y no podía.
De la mujer que vendía frituras y que sin saber me abrió la puerta de la
mazmorra.
De la jaula de arrogancia y prepotencia.
De los dominios de Lord sin polvo en las manos.
Su madre saltó de un edificio en la ciudad de Recife.
Años después en la islita donde los ríos se encuentran.
Su padre fue quien la mató.
Otra puerta abierta.
Las rejas de la jaula gemían, gritaban y se azotaban.
Como un epiléptico ante un pelotón de fusilamiento.
Como un bebé ante la súbita desaparición de las únicas personas realmente
conocidas.
Abrí la puerta de la terraza y miré el mar.
Abrí la puerta de la terraza y escuché el mar.
Miré y escuché y no pensé en los tiburones que rondaban el arrecife de corales.
Miré las paredes y encontré los ganchos.
Miré los ojos de mi abuela después de más de veinte años.
Y le dije: yo colgaría una hamaca aquí y pasaría toda la tarde mirando
y oyendo ese mar.
Ella respondió: antes de venir aquí a vivir traje a tu padre a
ver y él dijo lo mismo.
Me entregó unos papeles suyos que había guardado.
Un contrato de compra de un terreno en la playa de Mosqueiro.
Una única cuota paga antes de que las balas se alojaran en su esperanza.
Una carta siniestra que abría la puerta de una segunda jaula.
Dentro de esa segunda jaula las fieras y los monstruos de los fondos los
embalses.
Todas ellas encorvadas y con los cuerpos cubiertos de llagas.
Entre ellas un sol amarillo que contrastaba con la mugre de sus epidermis.
Fue con Tía Silvia que mi mamá vino.
Vestía jeans y traía en el bolso un casete de Janis Joplin.
La voz de la enterrada viva se fue encajando en el sonido y en la imagen del
mar.
Un líquido ganando la forma de la piedra.
Y allá en el fondo. Allá en la risca¹ como dicen los jangaderos² de mi tierra.
Un enorme paredón de piedra calcárea.
Separando mi músculo de mi músculo. Mi suelo de mi suelo. Mis huesos de mis
huesos.
Allá en la risca, donde mar y cielo se funden en un único sertón.³
Yo vi la jaula, el santuario y el cementerio
donde un día mi cuerpo será devorado por los más delirantes gusanos
jamás vistos por ningún viviente que se arrastra en esta tierra donde la
miseria es abundante.
La
letra de la siniestra carta era la mía.
Se identificaba con la mía en cada trazo.
Yo había escrito una carta a mí mismo antes de ser asesinado.
Era la tercera acta de nacimiento que yo leía en menos de treinta años.
En las tres se atestiguaba que yo había nacido y, por tanto, que yo existía.
En ninguna de las tres decía de condena alguna.
Cada una de ellas era por sí sola una sentencia.
En todas ellas la llama del odio y las criaturas de la ira.
Camufladas en lenguaje notarial.
La jaula, el santuario y el cementerio.
La biografía de un hombre sin rostro en medio de la mórbida celebración del
silencio.
El
departamento era enorme —un laberinto:
sin salida y sin tiempo
sin ninguna habitación para abandonar los desperdicios, las quejas y los
lamentos.
El departamento era enorme,
pero en él no había un desván para mi infierno
ni un jardín para fincar los cimientos del cielo.
Tiré
sal en el molusco y salí.
Nunca debí haber regresado.
Los monstruos y las fieras del fondo de los embalses, en auspicioso cortejo, me
acompañaban.
La deshidratación del molusco se prolongaría en una insoportable pesadilla.
En las horas que rechazan el destino de cenizas.
En las manos que alisan al instante en que apedrean.
Y en las bocas que escupen en el propio gesto en que besan.
Nunca debí haber regresado
a un nido de cascabeles que dos veces comieron el mismo corazón.
La
tierra prometida era el nombre etéreo de un jardín de arenas movedizas
Donde ningún cimiento sustentaba
las fúnebres promesas de un inmenso improbable.
Nunca debí haber regresado.
Todos los departamentos son laberínticos.
Saber eso no era suficiente.
Pero era todo lo que me había sido dado.
Era la parte de nada que me tocaba.
Dos cumpleaños de aquellos diciembres donde no se montaron los melancólicos
teatros navideños.
Hasta
el éter es biografable —en pétreas páginas escritas con un aullido de las
alucinaciones de un río.
Hasta los laberintos sin salida pueden tener grafitis algún día.
Toda sobrevivencia exige su tipo particular de profanación.
Nuestras letras eran idénticas.
Con ellas se escribía un poema: insolación,
donde se narraba la agonía de un molusco inmerso en
minúsculos y oxidados
granos de sal.
No
recuerdo cuántas fueron las copas de vino.
Me desperté con las manos de Petra, nieta de esclavos, sirviéndome café.
Intentando por última vez protegerme de las cosas que ni en sueños yo
sospecharía.
Versión
de Guadalupe Correa Chiarotti
1.- Nota del autor: “a risca” [en español, literal, “la
línea”] es una expresión usada por los jangaderos del litoral de Ceará que
designa el horizonte, el lugar donde se deja de avistar la tierra.
2.- Nota del autor: Los jangaderos [os jangadeiros] son
pescadores que utilizan un tipo de embarcación a vela típica del litoral
cearense, la jangada. Durante la promulgación de los derechos de los
trabajadores en el gobierno de Getúlio Vargas protagonizaron un viaje épico a
Río de Janeiro para reivindicar su inclusión entre los beneficiarios.
Orientados por las estrellas en el cielo y por las fogatas que los suyos hacen
en las playas, son los señores de los verdes mares cearenses. En el siglo XIX
participaron activamente en las luchas contra el tráfico de esclavos y, en años
recientes, contra la ganancia desmedida y predatoria de la piratería de la
pesca industrial con sus buzos con radares y escafandras. Sus delicias
culinarias constituyen uno de los patrimonios nordestinos y sus hazañas y sus
amores son un tema recurrente en el imaginario nordestino.
3.- Nota del autor: Sertón [Sertão] es una región de vegetación
árida, imaginación fértil y culinaria inigualable. Es también una forma de
percepción del mundo, con una estética y una historia propias. Sertón es
también una imagen poética que evoca una concepción muy bonita sobre lo que es
sagrado, lo que es devoción. Sertón es, finalmente, una manera nuestra de
recordar la existencia inmaculada de la fe.
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