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sábado, 6 de enero de 2024

ELKE ERB

 

 

 

La posibilidad verdadera

 

Uno y el mismo texto (a pesar de los muchos de tal tipo).
Las mismas maniobras de siempre. Y despertar emociones
para las mismas maniobras de siempre.

Decirle a la primavera: “la primavera”, al aire “aire”.
Admirar la piedra (la que cuida una esquina del muro),
la piedra protectora en el portal. La de forma de cráneo, la que no tiene boca.

Cómo el ciervo padece en las pezuñas el frío.
Saber de las orillas del hielo, musgo eterno, uno por uno,
un diluvio en el violín. Duro cual piedra, frío como el hielo.

Para ese propósito no, para eso yo no habría servido.

 

Versión de Daniel Bencomo.

 

 

viernes, 5 de enero de 2024

ELKE ERB

 

  

 

Sutil

 

Una columna de fuego
semejante a aquella que paseaba

en el espacio entre signos, para indicar
que el espacio no era un sueño;

una columna de fuego proteica.
Una columna de fuego constante.

Que arde sempiterna.
Que no deja de estremecerse.

No deja que el fuego se apague.
Si ocurre, se enfría.

En tal quietud arde por siempre
el alma: columna de fuego,

patente y de manera sostenida,
es decir: en caso de que algo se malogre,

falle el blanco, sucumba, se vaya a pique,
sigue ardiendo a proporción y espíritu constantes,

de forma discreta como acechan los miedos.
La excitación de costumbre.

Una columna de fuego constante.
Con toda claridad una sonrisa social.

Y cuando el oro se le desprende
llamean los pavores en orfandad.

 

Versión de Daniel Bencomo.

 

 

jueves, 4 de enero de 2024

ELKE ERB

 

  

 

Calor y ruido de máquinas

 

Un cierto horror o un asco diminuto, aguzado: avispas
(las avispas) machacan un corazón de pollo,
frito, seco y con mordidas, pedacito de corazón (que los gatos

dejaron en el suelo –
Cómo me maltrata el lenguaje
al describir/nombrar, cómo se me impone su medida)

La ajada migaja se deshace, las avispas –
(o quizá sean moscas que parecen avispas, ¡me toca vengarme!)
zurean sobre la exhausta mesa de madera.

Al brillo del sol luce exhausta.
El despertar confianza, lo que alguna vez fue su orgullo, pino,
apenas hay rastro de tal presencia.

Mas cómo entonces, al constante fluir de hojarasca y de viento,
la miga de corazón se deshace, ya casi polvo,

y abajo en mi corazón se machaca un agudo
horror diminuto, asco acaso.

El tono de las máquinas se mantuvo impasible, taladraban…

 

Versión de Daniel Bencomo.