jueves, 8 de octubre de 2026


 

HÉCTOR RIVERO

 


 

En vano

 

Todos los días
saludábamos a Google Earth.
Nosotros también teníamos
un amor lejano
que se posaba en el cielo.

Google nunca nos vio.
Nadie nos vio.

Saludamos muchas veces el terciopelo azul
hasta que alguien nos dijo que era en vano.
Entonces regresamos a la cápsula:
pequeño planeta inalcanzable
para recordar que el mundo
está demasiado lejos.

 

 

ALBERTO PAREDES

 

 

 

La gaviota romana (Larus michahellis)



La Belleza está en mí
y yo en ella
el evangelista se confundió
por los siglos y hasta hoy y el futuro

No una paloma ordinaria       plebeya
sino la majestad que me anima
fue elegida por el misterio
para traer al orbe efímero
el mensaje de transparencia

Mi reino es el Mediterráneo
desde tiempos anteriores a imperios y repúblicas
que sucesivamente se desploman
bajo mis alas más blancas que el mármol
y más tenues que la seda de Oriente

No me rebajo a mendigadas migajas
de sandios turistas en tropel
a quienes afrenta mi estampa
garbosa como ellos nunca lo serán

Soy el nicho del Espíritu
cuando el instante celeste
desciende a los mortales
en el cenit de la creación

Soy el heraldo
llamadme Narciso
el cielo y los lujos de Roma
son el espejo en que me complazco

 

De: “Derelictos”

 

REINA MARÍA RODRÍGUEZ

 

  

 

Una manzana mordida y un ratón 

Es, aquello es…
Peter Handke


I

Hay días en los que uno
ve y mira
—como en aquella película rusa:
una cáscara     un tronco
una manzana mordida
en el sendero.
Un ratón sale del inodoro
y te salta encima
sin traer loterías
ni consuelos.
Pero una manzana mordida
siempre
presupone
una boca
alguien que ha pasado antes
con su ración
y ese sabor que dejan
las huellas de otros dientes.

 

II

Un ratón salta
y aunque estemos
en una ciudad moderna
dice la verdad sobre las cloacas,
los despojos
la avaricia
en cualquier parte,
al morder una manzana
y lanzarla
para que otro sepa que has comido
pulpas
no cáscaras
ni inventos
—aunque pierdas la lotería—,
y el ratón haya muerto
extraviado
en la contienda
—como nosotros durante el trayecto
hacia otra ciudad
iluminada
cada segundo
en la noche
por equivocación.

 

III

Pero, no es tampoco
el sonido de las focas bajo el hielo
intentando saltar
la promesa
de una esquina donde hay
una estación
un parque
un bar
el desafío de cualquier gasolinera
—esa falsa repetición
de las esquinas
y las oportunidades
perdidas—,
si pasas
buscando
certidumbres.
“Es, aquello es”,
lo que se fue
lo que ya no será:
la Antártida de Herzog,
ilusión de haber llegado
y pertenecer
a un lago
una cordillera
cualquier lugar que veas.

 

De: “Mazorcas”

 

CARMEN ÁVILA



 

Pasa el Shinkansen sobre las vías como veloces tijeras que cortan la nieve del camino y las pelusas blancas se elevan:

Seda remojada
alfombra de lana cruda
tejida en la tierra

el tren la desgarra
destroza a su paso
el velo de la nieve

cristales de sal
moscas albinas
vuelven a volar

luciérnagas diurnas
azúcar que derrotó
la gravedad.

 

De: “País de nieve”

 

 

 

ANDRÉS PIÑA

 

 

 

La rosa rosa¹ de
los caminos es dama
de mis recuerdos.

  

1.- En el texto original en Ladino, Kondjá roz, donde Kondjá es rosa, y se refiere a la flor que comúnmente conocemos con ese nombre, mientras que roz es para el color: rosa.

LUIS ARMENTA MALPICA

 

 

 

2

 

De niña me enseñaron que yo era una manzana;
los hombres, el cuchillo.
Las mujeres debíamos conseguir que nos pelaran
se hundieran hasta el mango en nuestra carne
y le dieran salida a las semillas.

Ya en espiral
­­­­—con nuestra piel deforme, oscura por el tiempo­­­­—
el amor podía ser algún mordisco
un apretar los dientes
y ser mujer
callando…

Pero yo no callaba… me decía en los poemas.

A golpes ­­­­—como aprendió su madre­­­­—
fue lección de mi madre: la cocina es el mundo
de la mujer que calla.
Entre especias, vinagres y embutidos
esa dulce manzana de mi vida se llenó de gusanos.

No callaba: mis hijas me costaron, cuando menos, un grito.
El amor, esa lata carísima
se quedó en la alacena.

Un día, por buscarle acomodo al aguardiente
lo tiré a la basura.

Sé lo que hacen los lazos en todas las mujeres
aunque sean familiares.
Al encender el horno (¡ay, Sylvia Plath, te envidio!)
al picar la cebolla
lo recuerdo…
Las profundas estrías de la garganta
son mi paso de Dios
a la intemperie.

Perdí mi casa
cuando llegó el alcohol como el mesías.
Después perdí a mis hijas, una a una.
Pero rezaba, así, como callando: «Señor, ésta es tu sangre…»

Tu madre se nos muere les digo a mis tres hijas
luego de cada sorbo.
Ellas tan solo lloran, muy quedito
como diciendo: ¿cuándo!