"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
sábado, 27 de enero de 2024
ELENA ANNÍBALI
4.
No
bajé de los montes, de los lugares aéreos, níveos,
solemnes, por silenciosos. Tampoco de las ciudades.
Me vio nacer el campo con su larga cola verde de veneno.
Tarde comprendí ese huevo peligroso, puro
en la muerte, puro
por la muerte de la muerte
vaciada aquí y allá, una
vez, otra vez, dada vuelta
la luz, asperjada, aún,
en lo muy pequeño del pájaro y la ortiga,
morida, allí, ida, disuelta.
Aún en las columnas graves de golondrinas,
aún en el damasco, el eucalipto, las moras,
lo malo estuvo. En lo precioso, estuvo,
en la lengua que supo que podía o no
podía nombrar el gesto de la mano al dar vuelta
la hoja donde se escondía el gusano, en la
lengua que hurgó el material con el que podía
o no articular la probable causa de las aves
transmigrando de la vida hacia un no, la probable
razón de la gente secándose, apartada del aire,
para siempre, del aire, de la oveja enfermando
de un tumor, incomprensible para sí y para
todos, algo
grande y severo
desbandándose, haciendo
polvo lo hermoso.
Y gentes al sol secando sus ropas, porque así se hacía, gentes
en el viento, abriendo la boca a la pestilencia, y entrando
por la boca una oscuridad que no era de este mundo,
pequeñas avispas de lo innoble cuajando
la sangre, por la sangre,
las potrancas en las lagunas, las
lagunas, los espejos, las palomas,
la flor de lo ruinoso, abierta,
esplendiendo.
De:
“Guadal”
JORGE BETANZOS
Hay
limadura de hierro en el pelaje,
en las nubes,
en
tigres magnéticos que descepan
un gorila al ecuador
con
un arrastre de intensidad prehistórica
sin cuenta de días.
Busco una sombra
en la estepa, morfina,
una
semilla de fricción
que no detenga mi especie.
BEN CLARK
Retrato
del poeta adolescente
Me duele el corazón y un pesado letargo
aflige a mis sentidos
John Keats
Un
poema que no hable de tu infancia,
que no mencione nunca a aquel amigo
que un día, de repente, fue un recuerdo.
Un
poema que no tenga palabras
que convoquen los sábados de otoño
cuando nadie llamaba para el cine.
Un
poema sin años de instituto
y sin amores huérfanos
exageradamente exagerados.
Esto
estoy escribiendo.
Un
poema
sin
referencia alguna a tu dolor,
a la
cueva que hiciste con tus libros
mientras ellos quedaban en la playa.
No voy a recordarte aquellos años.
Este
poema puede ser distinto.
Tienes tiempo, conoces
los atajos, los trucos y los golpes
de
efecto que funcionan casi siempre.
Ponte a ello pues, escribe cosas nuevas:
construye una alegría en este verso.
Pero
hay algo detrás que te lo impide.
Detrás de este poema está el poema
del que llevas huyendo desde entonces.
El
poema que no,
el poema que nada,
el poema que nunca.
Un
poema de piel de ruiseñor
que desea el deseo
y que no quiere ser distinto, raro,
que
querría dejar de ser poema
para ser cuerpo, culpa, su secreto
guardado en un diario rosa palo
(o
algo igualmente cursi, da lo mismo).
Lo que quiero decir es que no puedes
escribir el poema que hay detrás,
pero
tampoco puedes
conjugar las palabras de otro modo.
Por eso esto no es nada, es un poema
que
no, que niega toda relación
con tu pasado triste de medusas
cazadas en la orilla
cuando
ellos se reían bajo el sol
y cuando ellos se amaban bajo el sol
y tu escribías versos en el agua.
De:
“Demonios”
LUYS D'ARIEL
Atardecer
en Country Club
Los
murciélagos giran en torno al alumbrado
y los carpinchos, que atrajo la pandemia,
dejan claros en la hierba de los parques.
De vez en cuando se oyen los disparos
y el olor a pólvora y a muerte huye ensangrentado el río.
El viento del litoral sacude mansamente las acacias
donde he ido a tomar algunos mates y a pensar.
Hay humo pobre en la cabaña del gendarme
y una cumbia insidiosa maltrata mi silencio.
La estrella que me protege se encuentra encima de Pólux.
Se llama Mía. Junto a ella, veo pasar meteoros
en dirección a otros mundos.
El tiempo es un cometa que pierde fuego por la cola.
Y cuando cierro los ojos, oigo croar al Covador.
Una garcita blanca se confunde con las nubes
mientras los caranchos giran alrededor de un tero.
Hace un viento muy lindo y la calandria suspira en el
jacarandá.
Y yo vigilo los astros. Y yo vigilo los astros
y les cuento mi secreto.
Dicen que la vida comenzó ahí afuera.
Y que, si uno se concentra, siente el eco del Big Bang.
De:
“Poemas de Country Club”
PEDRO J. PLAZA
[2011]
XVI
Luzco,
tatuadas en la mirada más honda, las grietas de mi infancia,
y el pozo anatémico de mis pupilas se dibuja con los recuerdos,
con los dardos de mi adolescencia fragmentada en los cristales del tiempo.
Soy una sombra, sí, pero fui un hijo, y la sombra que soy no es más
que un alma sin cuerpo. La sombra que soy lleva, bajo un manto
de tinieblas, oculta una daga; lleva oculta una llaga tan culpable,
fría y hermética como la noche; tan ingenua, templada y lúcida
como el día; y hoy es el día, madre. Hoy es ese día. He venido, solo,
por los mares vagando de la angustia y por los desiertos navegando
del amor. He venido, muerto, hasta la cortadura doliente de estos versos
para cantarte lo que nunca te he contado. Y voy a cantarte, al fin, que no
quise zarpar jamás del puerto de tu vientre, ni quise ahuecar de vacío
el nido antiguo de tus senos; mas lo hice, madre, lo hice, porque tus labios
y tus brazos me expulsaron de tan falso vergel; porque fui siempre
el embrión perdido, desencadenado de los ciclos; y tú no me salvaste,
tú me consagraste a la inmundicia de mi ser y de tu aliento. Y yo no quise,
madre, yo nunca quise nada de ti, por eso apostaté de mi fe y de tu nombre;
y sin embargo, aconteció. Clavándome en mí tu colmillo de sierpe negro,
entre cada vértebra y sobre la médula, sucedió tu milagro en mi condena:
y sin embargo, madre, sin ser más tu hijo, fui sombra, y también te quise.
De:
“Matriz”
PEDRO FLORES
Fotografía
de niño chino con tirachinas
El hombre debe derrotar a la naturaleza.
MAO
El
joven pionero apunta su arma;
todo es heroico y noble en su expresión.
Se palpa la tensión de la piedra en el disparadero,
nos compadecemos del parásito gorrión posado
al otro lado de su destreza.
El ojo izquierdo se cierra para afinar el blanco,
eso lo hemos hecho todos al disparar una piedra.
Lleva una cuerda en bandolera para sus trofeos;
cuatro pájaros ensartados o enhebrados
como en un ábaco para inventariar la muerte,
eso lo hemos hecho todos al atesorar cadáveres.
Pero una fotografía se parece a un poema,
ambos son un instante, hablan también
de lo que no hablan y detienen el tiempo
como una pierna que ha sido amputada pero aún duele.
Y tal vez el joven pionero en el último momento
destensa el arma, abre el ojo izquierdo,
mira volar al pájaro,
eso lo hemos hecho todos los sicarios
al sentir compasión alguna vez.
De:
“Los gorriones contrarrevolucionarios”
