Retrato
del poeta adolescente
Me duele el corazón y un pesado letargo
aflige a mis sentidos
John Keats
Un
poema que no hable de tu infancia,
que no mencione nunca a aquel amigo
que un día, de repente, fue un recuerdo.
Un
poema que no tenga palabras
que convoquen los sábados de otoño
cuando nadie llamaba para el cine.
Un
poema sin años de instituto
y sin amores huérfanos
exageradamente exagerados.
Esto
estoy escribiendo.
Un
poema
sin
referencia alguna a tu dolor,
a la
cueva que hiciste con tus libros
mientras ellos quedaban en la playa.
No voy a recordarte aquellos años.
Este
poema puede ser distinto.
Tienes tiempo, conoces
los atajos, los trucos y los golpes
de
efecto que funcionan casi siempre.
Ponte a ello pues, escribe cosas nuevas:
construye una alegría en este verso.
Pero
hay algo detrás que te lo impide.
Detrás de este poema está el poema
del que llevas huyendo desde entonces.
El
poema que no,
el poema que nada,
el poema que nunca.
Un
poema de piel de ruiseñor
que desea el deseo
y que no quiere ser distinto, raro,
que
querría dejar de ser poema
para ser cuerpo, culpa, su secreto
guardado en un diario rosa palo
(o
algo igualmente cursi, da lo mismo).
Lo que quiero decir es que no puedes
escribir el poema que hay detrás,
pero
tampoco puedes
conjugar las palabras de otro modo.
Por eso esto no es nada, es un poema
que
no, que niega toda relación
con tu pasado triste de medusas
cazadas en la orilla
cuando
ellos se reían bajo el sol
y cuando ellos se amaban bajo el sol
y tu escribías versos en el agua.
De:
“Demonios”
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