sábado, 29 de abril de 2023

HENRI DE RÉGNIER

 


 

El reposo

 

Apaga, visitante, esa antorcha importuna
y no al suelo la flama inclines. ¿Has creído
que sus gotas de fuego que caen una a una
reanimarán el polvo en que ayer he vivido?

No. Si la misma losa, ante la chispa vana
cediera un solo instante en su dureza fría,
y sí en mi noche triste, insensible y lejana
surgiera nuevamente la claridad del día,

¡oh, caminante! ¿piensas que iba mi polvo yerto
que libertó la parca y en la quietud reposa
a renunciar al goce divino de haber muerto
y a dar por nueva vida su noche tenebrosa?

No obstante, fui dichoso. Amor dejó sellada
mí boca con su boca en más de un beso ardiente,
y entretejió la gloria con mano delicada
lauros para mi nombre, antes para mi frente.

Mas dejan en el alma como un resabio triste
cada feliz instante, cada divina hora,
y aquí ya nada espero, y para mí no existe
la vuelta de la noche ni el paso de la aurora.

Que el generoso día o la inquietud nocturna
den a los vivos lloro o goce apetecido:
¿qué importa al que en cenizas aduérmese en la urna
bajo pesado mármol e inquebrantable olvido?

Por eso ni tus pasos, tu vista, ni la ardiente
antorcha, ni tu labio que en alta voz me nombra
darán un sobresalto a mi paz impaciente
¡oh, tú que aquí has venido para evocar mi sombra!

Aunque tu propia mano, piadosa, en su rudeza,
quebrara el fuerte gozne, rompiera el bronce duro,
¡Amor! y aunque tu tierno semblante y tu belleza
viera asomar de nuevo sobre mi asilo obscuro.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario