viernes, 18 de enero de 2013

EDUARDO LIZALDE





La ciudad ha perdido su Beatriz

He is a portion of the loveliness
which once he made more lovely.
Shelley



1

¡Ay, flores, brezos, castañas, dulces nueces,
dátiles y violetas,
gladiolas descreídas!
¿Por qué existir ahora,
si está muerta la flor,
la flor de flores?

¿Cómo, manjares,
tener sabor en lengua imaginable
si ya no existe el sol de los sabores?

¿De qué manera, olivos,
dar verde gozo al paladar discreto,
si el paladar murió con ella?

2

Oh muerte, ¿qué ha de morir de ti,
qué carne dañarás de muerte,
qué has de matar si ella está muerta?

¿Qué cosa ha de ser cosa
tras su muerte?
¿Qué dolor dolerá
si ella no duele?

3

Viva, era muerte,
y ahora, que no vive,
cincuenta veces muerte.

¿Quién era ella?
¿Cómo llorar así?
¿Cómo sufrir
por su maligna muerte?
¿No estaba muerta ya,
no andaba, en vida, muerta?

4

Su misma muerte pura
fue una traición de perra sin entrañas.
¡Por qué morir la perro!
¿Cómo, antes de ser creada
—antes de Dios—
morir a manos propias la creatura?

5

Si perra innoble fue, si diosa cruenta
¿a qué llorar su muerte?
Sangre vertió, desmembró cuerpos,
vendió a los cerdos carnes
en perlas cocinadas,
destejió obsidianas
para tejer con ellas
excrecencias de chivo.
¿Por qué llorar entonces?

6

Liebres que hubieron hierbas en sus muslos
de felino salvaje
fueron de corta vida,
y largos perdigueros,
halcones que en su vientre
cazaron aves deliciosas
no levantaron nunca
el tallo de su vuelo.

¿Qué llanto ha de valer entonces?

7

Perra sin límites
que corrompió a su paso la tierra
con su hirviente orina,
que al dogo fiel dio vástagos de puerca
y que agrietó las calles al andar,
cloaca ambulante ¿a qué llorar por ella?

8

¡Grandes hetairas,
qué pequeñas sois junto a ella!
qué despreciables,
qué puras.
Cuánto y qué poco
junto a la perra enorme,
que ahora muere sola y deja, viles,
como sombra florida o manto rubio,
prados detrás,
torpes jardines
que no conocen ya el camino
hacia las fuentes,
rotondas que suspenden
el viaje alrededor de sus rosales,
volantín o tiovivo —ay españoles—
de rosas muertas y colores vivos.

9

Ella murió, Dios mío.
¿De qué manera han de vivir los otros?
¿Cómo vivir, si ha muerto?
¿De dónde leña ha de tomar el hacha
si a cada tajo
el árbol vuelve a la semilla?

10

Árbol de arena estéril,
antorcha horrenda en llamas hasta el puño,
¡qué frutos dio, qué gemas, oh Dionisos!
Si lagartija fue, ¡qué pavos,
qué lechones salieron de su vientre!
Si leona ¡qué perdices del tacto,
qué gulas del amor hubo en sus alas!

11

He metido este sueño
en el triturador de la cocina.
Reconozco la distancia
el ruido de tus huesos que se rompen
como nueces tiernas;
el eco de tu voz contra las muelas;
de hierro y las cuchillas,
las distensiones de los nervios
que escapan al molino
como peces en sangre.
Pero el sueño impiadoso resucita,
se conforma en el caño,
se destritura halando ferozmente
la manivela del tiempo hacia otros aires,
Vuelve el sueño a soñarse
como en su primera infancia;
y tiene
la paleontología licuosa
de lo no vertebrado.
Lo desueño otra vez en el triturador,
que abre las fauces hogareñas
de laborioso tigre,
y el sueño, lento, vuelve.

12

¿Cómo expulsar del sueño
el sueño tuyo, amada?
¿Cómo cerrar las puertas del sueño,
a toda forma viviente?
¿Cómo estorbar la marcha
del tigre desgarrado,
con parapetos de neblina?
¿Cómo impedir el paso
de estas sólidas fieras
a la juguetería vaga del sueño?
¿Cómo escapar de un tigre
que crece al avanzar cuando lo sueñan
como la mole de nieve en la colina?

13

¡Ay Prometeo! Ya miro bien tus fieras
y entrañas nutritivas.
Termina el túnel del sueño cotidiano,
pero irrumpe a una luz más deslucida
que el negror de los sueños.

Tumba es la luz y lápida del sueño
sepultado en el pecho como una gallinaza
que golpea por dentro en la vigilia
y vuela al fondo abriendo carnes con sus ganchos
cuando duermo.
Y ella está muerta ahí,
en la coyuntura de sueño y luz,
con una muerte activa
de perra que va y viene por su jaula,
del sueño al mundo, del mundo al sueño,
comiéndome las vísceras
como una eterna goma de mascar.

14

¡Murió la perra, oh Dios!
Su muerte ha sido la más sucia trampa;
late en redor, atmósfera de púas,
se cierra sobre mí.

Su muerte ajena,
su muerte a propias garras y colmillos,
frustró mi mano,
congeló estos odios hambrientos para siempre,
condenó esta daga a la inocencia.

Murió la perra impune y nadie
la habrá de rescatar del césped blanco
en que hoy retoza,
y no despertará del sueño sin raíces
que ata su fronda infame al cuerpo.

(El tigre en la casa, 1970)

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