Afecto
Aquí
en el rancho le llaman “romper al caballo”. No he olvidado una sola palabra en
español, pero en la ciudad jamás oí un sinónimo violento para domesticar. Una
vez que el caballo reconoce el peso de la silla para montar como el suyo, una
vez que el caballo admite las órdenes del jinete como las suyas, aseguran los
rancheros que su relación más íntima es con el animal. ¿Será? Después lo
somete, después lo apapacha. A falta de cuerdas vocales, el caballo agradece
lamiendo un cubito de sal desde su palma extendida. Ya se irá el vaquero a
cenar filete, ya se irá a beber güisqui y bailar con sus botas de serpiente. Si
tuviera pulgares, el caballo se quedaría en casa a lavar los trastes.
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