Una
ceiba poblada de alas
Cómo conocí a Masferrer.
Aquella
tarde de octubre de 1929 era de una luminosidad insinuante. Invitaba a la
realización de algo grande, más que a la meditación y más que a la
contemplación pura de la belleza.
Emma
Posada, Matilde Olmedo y yo, deliberamos en qué podríamos emplear aquel marco
luminoso y celeste de la tarde. Por unanimidad acordamos visitar por primera
vez y presentarnos sin madrina, al Maestro Masferrer.
Llegamos
casi infantilmente a una casita de esas que ya no se ven sino en los
nacimientos.
—¿Aquí vive don Alberto Masferrer?
—Sí,
pasen adelante.
El
Maestro estaba enfermo. Nos hicieron pasar hasta su cama. Una voz suave de niño
endulzó el ambiente.
Después
de hablar sobre la filosofía de las enfermedades, nos dijo:
—¿Por
qué han venido a buscarme?
—Para
recibir sus consejos, Maestro; nosotras acabamos de salir del colegio; llevamos
dentro muchas inquietudes, pero necesitamos orientación.
—Sí.
Es menester que ustedes, ante todo, se busquen, se tracen un plan de trabajo y
estudio, para saber sobre qué terreno van a emprender la jornada. Sin un fin,
sin un ideal sincero la vida no tiene objeto. ¿Son maestras?
—No.
Hicimos con el profesor Francisco Luarca un curso libre.
—Pero
¿libre como el mar y el pájaro, sin limitaciones?
—Usted
conoce a Luarca, es libre y fuerte de verdad. Por él le conocimos; fue él quien
nos enseñó a quererle, y por ese impulso afectivo estamos aquí.
Insistía:
—Escudríñense.
Vean, ustedes no harán nada bueno, mientras sigan pensando tanto en ustedes
mismas. Hay que arrancarse el alma y darse plenamente.
Tras
ese preludio, fue al punto:
—Tengo
una gran esperanza en la mujer. He tratado mucho tiempo con hombres de lucha,
pero ellos mismos me han descorazonado. Prepárense, la vida necesita con
urgencia de la acción femenina. La mujer es más fervorosa y constante; la obra
es más de amor. Ha de tender sus brazos como ceiba pródiga, fuerte, sencilla y
suave para barrer las lacras sociales, los vicios morales. La ceiba simboliza a
la mujer del futuro.
Fueron
sus palabras alas, que nos hicieron volar sobre un espacio duro de realidad
humana.
Masferrer
humanista manifestó sus tristezas a tres mujeres que habían llegado a él en
busca de una estrella blanca.
Desde
entonces, desde aquella tarde luminosa, Masferrer ha sido para mí la Unidad
Perfecta: Fe, Esperanza y Caridad.
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