Profecía
Mis
plantas se mueren y yo no puedo regarlas.
No puedo hacer que mi cuerpo sano se levante
y busque agua.
Toma
unas hojas de laurel, dijo mi amiga,
arranca unos tallos de lavanda,
ponlo todo en un plato,
quémalo.
Suficiente inmolación hay ya en la tierra seca, contesté.
Escríbeles, entonces.
Esta parte de mí,
—como el borde de un filo—
en el que todas las tardes me siento a observar.
Aquí dejo el poema que quise escribir
y también murió.
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