martes, 10 de octubre de 2023

LUCÍA PI CHOLULA

 

  

 

Buccinador

 

Hay un momento en la infancia,
cuando de tanto intentarlo
el aire que expulsamos por la boca
produce por fin un sonido melodioso.
Aprendimos a silbar porque olvidamos el lenguaje de las aves.

En la ciudad, el cemento se encarga de desviar el sonido.
Entre sus calles pervive un ruido artificioso,
mezcla de sirenas policiales
y tamales oaxaqueños,
de ambulancias donde se pierde el aire
y la grabación de una niña
que sueña castillos de fierro viejo.

No sé chiflar como ambulancia,
mi cuerpo se empeña en conservar
una pizca melodiosa de las aves.
Nunca debimos perder esos recuerdos.
En cambio, existen otros, que en realidad no importan.
Para qué queremos nuestro último cumpleaños,
el sabor a pastel tres leches, el amor hundido.
Más valdría acordarnos de cuando fuimos dinosaurios,
recordar que fuimos la abuela
y la abuela de la abuela.
Para qué queremos silbar,
si perdimos el habla de las aves.

Te gusta saludar desde la calle
con un chiflido que anuncia tu llegada.
Si te dijera que en realidad los pájaros no silban
aunque los escuches cantar.
Si te dijera que hay un músculo en el rostro apoderado del silbo
de la buccina, del deseo de algún día levantar el vuelo.
Si te dijera que olvidé cómo silbar,
que hace meses no escucho el trino de las aves.

 

 

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