Una
Rosa Muerta
¡Oh
Rosa! ¿quién se atreve a nombrarte?
Ya no rosada ahora, ni suave, ni dulce;
Sino pálida, y dura, y seca, como paja de trigo,—-
Guardada siete años en un cajón—-tus títulos te avergüenzan.
La
brisa que solía acariciarte
Entre
las espinas del seto, y llevarse
Un aroma calle arriba para durar todo el día,—-
Si respirando ahora,—-desendulzada te renunciaría.
El
sol que solía herirte,
Y
mezclar su gloria en tu magnífica urna,
Hasta que el rayo pareció florecer, y la flor arder,—-
Si brillando ahora,—-sin un tinte te iluminaría.
El
rocío que solía mojarte,
Y,
blanco primero, volverse encarnado, porque
Yacía sobre ti donde estaba el carmesí,—-
Si cayendo ahora,—-oscurecería donde te encontrara.
La
mosca que se posó en ti,
Para
estirar los tendones de sus piececitos,
A lo largo de los puros bordes de tu hoja, tras el calor,—-
Si posándose ahora,—-fríamente te recorrería.
La
abeja que una vez te chupó,
Y
construyó tus ámbares perfumados en su colmena,
Y desmayarse en ti de gozo, hasta casi sin vida,—-
Si pasando ahora,—-ciegamente te pasaría por alto.
El
corazón sí te reconoce,
¡Sola,
sola! El corazón te huele dulce,
Te ve justa, te juzga la más completa,—-
Aunque viendo ahora esos cambios que te disfrazan.
Sí,
y el corazón te debe
Más
amor, ¡rosa muerta! que a esas rosas audaces
¡Que Julia lleva en los bailes, sonriendo fríamente!—-
¡Yace quieta sobre este corazón—-que se rompe bajo ti!
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