Extraño
territorio o la ficción del cuerpo
Interna de
mí
me escribo dos veces
pero las cosas ocultas
guardan con celo
mi yo más profundo
I
Estoy
detenida
en el lugar del silencio.
A
partir de hoy,
seré el sujeto
de una historia distinta.
Buscaré
una extravagancia a la cual unirme,
aunque en ese principio tiemble temblemos¹ de miedo.
II
Ahí.
Cuando
por fin comprendes, quiero decir, cuando comprendo que el recuerdo de una
figura humana es también una caricia
nace
el fulgor
algo que arde
y comienza a dejar sitio a otra cosa.
Inmediatamente.
Pero
conviene saber que un alumbramiento no es siempre algo maternal. Hay abismos
que también se reproducen.
Estoy
pensando, ¿es verdad que la hembra horrenda puede ser conquistada?
III
Provocación
interminable:
el
momento en que la imaginación y el cuerpo femenino sellan un pacto. Ese júbilo.
Dos sexos o tres. El tipo de libertad que no necesita héroes.
Porque
se está de paso.
Transitamos
por la casa y la ciudad con indiferencia, nos dirigimos a un ritual de
entierro.
Sabemos
bien que no será suficiente; la cólera seguirá viva.
Por
eso intento afirmar aquello que nos vincula.
Por eso abres tu escenario de piel
y cambias el nombre del padre que no da a luz y reclamas:
⎯es hora de que des a luz,
por primera vez.
Hay
algo extrañamente tranquilizador en esa frontera.
IV
A
veces nacer implica ilusiones malsanas:
ostentar
una herencia biológica para llamar a otro cuerpo,
por
ejemplo.
O
buscar una cura,
nosotras, sí, que somos tantas.
Regamos
un perfume devastador para que alguien nos siga
y, aunque esté prohibido, mostrar nuestro objeto afilado.
Así
nos volvemos apacibles y luego ya no.
Porque
está ese deseo (no la carencia),
la avidez de la huida o un momento a solas,
en el anonimato,
para ser un/a impostor/a
con nuestras diferencias dentro.
V
Dicen
que en un lugar distante algo terrible está sucediendo. Pero es aquí donde el
cuerpo se entume y no puedes / no puedo / no puede moverse.
Los riñones
por su parte
aún separan
el agua de la sangre
y la orina comienza a enfriarse
bajo los pies.
Son
inacabables las formas del miedo.
Dicen
también que tu naturaleza no puede mecerse en la cama, que mi naturaleza
precisa un dolor.
Somos
figurillas de profundidad.
Nunca
pudimos juntar las manos porque las llevábamos llenas de espinas.
VI
Nunca
me rocé con las otras
para no sentir el mal.
No
quería depender de una criatura viva.
Sospeché
que la cólera y el juicio
me vendrían temprano,
y, sin embargo, rechazaba la necesidad
de un espectador.
El
mal y yo
teníamos una historia propia,
las cosas se me aparecían
para ser tocadas,
pero el cuerpo no olvida el terror
de haber sido alcanzado.
VII
Antes
de llegar aquí tramaba un aparato de carne.
Luego
retomé mi narrativa de la falta.
Un discurso íntimo e inexplorado que me marcó un ritmo.
Hay,
con todo, regiones de sombra en donde lo que digo instaura un rostro.
VIII
Al pavor de lo desconocido responde el de la tentación. Yo no sé si existen los
cuerpos. Sé que peligran cuando hay un deseo.
Nuestras
ideas del sacrificio son cándidas.
1.-
Nota: Con el tiempo me fui convenciendo de que no estaba sola.
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