Cuando
ella llegó a casa
yo no estaba; al volver
hice todo por ignorarla.
Pasé
delante de ella al día siguiente:
aún sin mirarla se multiplicó
la densidad del aire.
Después
hicimos la cama
juntas, mi madre y yo,
sacudimos con entusiasmo
el edredón y, la enfermedad,
concentrada en la noche,
se diluyó en el viento que inventamos.
Nos
reímos con la fuerza
de mis dos manos y la suya,
la que podía mover
porque aún no estaba
cosida al pecho entero.
Aquella
alegría breve
lanzó la bolsa al suelo
y
tuve que mirar lo que cayó:
el pelo de aquella mujer
que ahora sería el pelo de mi madre.
De:
“La piel de la naranja”
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