viernes, 27 de febrero de 2026

BENJAMÍN PRADO

 


 

El libro milagroso

  

Esta historia la sabe todo el mundo,

se ha contado mil veces:

alguien encuentra un libro milagroso

que obliga a quien lo abre

a vivir

línea a línea

lo que dicen sus páginas,

como si lo que lee fuese una maldición

escrita

en la palma

de su mano.

Su tinta es un veneno en la mirada,

sus hojas,

el tarot de una hechicera,

las alas de una tribu de demonios,

los pétalos

de las flores del mal.

Cualquier cosa que ocurra en él, va a sucederte

—peligros,

aventuras,

conspiraciones,

guerras—

y sólo

quien supere

cada una

de sus trampas

—imaginad espectros,

momias

o un dragón—,

podrá volver a la realidad.

Se me ocurre otra idea: una autobiografía

de la que se pudiera

suprimir

lo que duele

y hacer que nunca haya sucedido.

¿Sabrías responder,

si alguien te preguntara,

qué planes tienes para tu pasado?

Sé que mejorarían mis recuerdos

si borrase

mis huellas

del camino

a la boca del lobo

—ya lo dice Adrienne Rich: no hay nada más sencillo

que despertar al lado de un extraño—

y cambiar, por ejemplo, el haber compartido

todo lo que tenía

con quien después usó su mitad contra mí.

Cuando acabé esa guerra,

parecía

uno de esos soldados que vuelven a sus casas

rotos,

como esculturas

griegas

a un museo;

pero haber caído me hizo ponerme en pie:

no hay

revolución

que no comience

a las puertas de una panadería sin pan.

Ojalá se pudiese

hacer con la memoria lo que con un poema:

corregirla,

quitar las palabras que sobran,

igual que quien devuelve un pez al agua,

como quien rompe en dos una fotografía…

Un verso que se tacha

es lo mismo que un mal recuerdo que se olvida.

 

De: “La edad de los fantasmas”

 


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