El
libro milagroso
Esta
historia la sabe todo el mundo,
se
ha contado mil veces:
alguien
encuentra un libro milagroso
que
obliga a quien lo abre
a
vivir
línea
a línea
lo
que dicen sus páginas,
como
si lo que lee fuese una maldición
escrita
en
la palma
de
su mano.
Su
tinta es un veneno en la mirada,
sus
hojas,
el
tarot de una hechicera,
las
alas de una tribu de demonios,
los
pétalos
de
las flores del mal.
Cualquier
cosa que ocurra en él, va a sucederte
—peligros,
aventuras,
conspiraciones,
guerras—
y
sólo
quien
supere
cada
una
de
sus trampas
—imaginad
espectros,
momias
o un
dragón—,
podrá
volver a la realidad.
Se
me ocurre otra idea: una autobiografía
de
la que se pudiera
suprimir
lo
que duele
y
hacer que nunca haya sucedido.
¿Sabrías
responder,
si
alguien te preguntara,
qué
planes tienes para tu pasado?
Sé
que mejorarían mis recuerdos
si
borrase
mis
huellas
del
camino
a la
boca del lobo
—ya
lo dice Adrienne Rich: no hay nada más sencillo
que
despertar al lado de un extraño—
y
cambiar, por ejemplo, el haber compartido
todo
lo que tenía
con
quien después usó su mitad contra mí.
Cuando
acabé esa guerra,
parecía
uno
de esos soldados que vuelven a sus casas
rotos,
como
esculturas
griegas
a un
museo;
pero
haber caído me hizo ponerme en pie:
no
hay
revolución
que
no comience
a
las puertas de una panadería sin pan.
Ojalá
se pudiese
hacer
con la memoria lo que con un poema:
corregirla,
quitar
las palabras que sobran,
igual
que quien devuelve un pez al agua,
como
quien rompe en dos una fotografía…
Un
verso que se tacha
es
lo mismo que un mal recuerdo que se olvida.
De:
“La edad de los fantasmas”
No hay comentarios:
Publicar un comentario