Escritura
Siempre,
en el fondo de todo hay un jardín.
Olga
Orozco
En la comarca de Vauville, en Normandía,
crece el fabuloso rosal de L’Homme Atlantique,
muerto de muchas muertes como Marguerite Duras,
la joven francesita nacida en Indochina.
“Escribe, no hagas nada más”, le aconseja un amigo
y su mano convierte en sílabas las hojas aserradas del ciruelo,
las yemas del manzano, la textura rugosa del sauce.
Agua de manantial la botella de whisky y un pavor como el de esa mosca,
que agonizó frente a sus ojos a las dos con veintipico,
las patas del insecto adheridas mortalmente a la pared recién pintada.
Ella bebe porque sí y se cubre con un mantón.
De pronto, la vemos sumergirse en la grafía,
su infancia aúlla sin un ruido en la desembocadura del río Saigón
con su vestido de modesta seda indígena,
los zapatos raídos de su madre con unos brillitos como de cabaret
y un sombrero masculino de fieltro con ala plana que cautivará a su amante,
el espigado Lee Von Kim; prostituida la adolescente
en los brazos de ese chino del norte, con sus zapatos ingleses
color caoba de los jóvenes banqueros de Saigón.
La
nostalgia llena las páginas,
pero un libro concluido también es la noche, pronuncia Marguerite
y, no sabe por qué, esas palabras la hacen llorar.
De:
“Don de la ausencia”
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