lunes, 17 de agosto de 2026

ÁNGELA MALLÉN

 

 


 

Siempre hay que irse

  

Castañas por el suelo.

Hojas de cobre viejo con destellos borgoña, casi lila. Crestas pajizas. Horas frescas y atardeceres largos. La decoración del otoño ya preparada, sin dilación ni excusa. Sin obreros ruidosos ni intermediarios interesados. Sin daños colaterales, ni salpicaduras, ni cascotes. De manera natural. Y puntual. Toda la vida cumpliéndose el excelso regalo, el don: en abril, verdes matices de hoja-yerba-brizna-aguja. En el mayo francés, pompones amarillos de genista, kilómetros de lavanda pura. Y amapolas, si le convienen a la decoración. La alfombra verde del junio checo, pisoteada por los turistas en agosto, reseca en septiembre. Hasta caer el manto liviano helado y blanco. Entonces se oculta el campo, las ciudades pierden sus aristas. Y pronto llegará diciembre. Pero siempre hay que irse.

 

Le agradezco al destierro

que me haga soñar con el retorno

Olmos, tilos, castaños,

plataneros y sauces

huyen de mi camión como huye la garza

cuando los montes arden

Yo también soy esquivo

Filmo los exteriores a cámara ultrarrápida

Porque siempre hay que irse

Atrás quedan ciudades y riberas,

lagunas de Tartessos

inmersas en tiniebla y fuegos fatuos

Y atrás queda la diosa en su edénica Ogigia

donde los árboles dan fruto todo el año

(Esposa querida

no en demasía tu corazón se acongoje

que mi nostalgia vence)

 

De: “Motel Milla Noventa”

 

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