Siempre
hay que irse
Castañas
por el suelo.
Hojas
de cobre viejo con destellos borgoña, casi lila. Crestas pajizas. Horas frescas
y atardeceres largos. La decoración del otoño ya preparada, sin dilación ni
excusa. Sin obreros ruidosos ni intermediarios interesados. Sin daños
colaterales, ni salpicaduras, ni cascotes. De manera natural. Y puntual. Toda
la vida cumpliéndose el excelso regalo, el don: en abril, verdes matices de
hoja-yerba-brizna-aguja. En el mayo francés, pompones amarillos de genista,
kilómetros de lavanda pura. Y amapolas, si le convienen a la decoración. La
alfombra verde del junio checo, pisoteada por los turistas en agosto, reseca en
septiembre. Hasta caer el manto liviano helado y blanco. Entonces se oculta el
campo, las ciudades pierden sus aristas. Y pronto llegará diciembre. Pero
siempre hay que irse.
Le
agradezco al destierro
que
me haga soñar con el retorno
Olmos,
tilos, castaños,
plataneros
y sauces
huyen
de mi camión como huye la garza
cuando
los montes arden
Yo
también soy esquivo
Filmo
los exteriores a cámara ultrarrápida
Porque
siempre hay que irse
Atrás
quedan ciudades y riberas,
lagunas
de Tartessos
inmersas
en tiniebla y fuegos fatuos
Y
atrás queda la diosa en su edénica Ogigia
donde
los árboles dan fruto todo el año
(Esposa
querida
no
en demasía tu corazón se acongoje
que
mi nostalgia vence)
De:
“Motel Milla Noventa”
No hay comentarios:
Publicar un comentario