Canto
a mi lengua
Siento
la lengua herida.
Tengo cáncer.
Llegué a Colorado Springs
para curarme.
Inicié
el dulce territorio de Lincoln
penetrando por Houston
ávido de esperanzas.
¡Ah!,
mi lengua, hermanos, mis amigos…
¡Me dolería perderla mucho más que la vida!
Y es que mi lengua ha sido
como una cuerda musical sonando
con atrevidos vientos para el pueblo.
¿Qué
haría yo sin lengua?
¿Hablar a señas? No, sería horrible.
Sería como si un huracán perdiera
su protesta; como estar enterrado
entre todos los hombres
que animan las ciudades…
¿Cómo lograr que la blanca saliva de mi boca
no pierda la popular presencia
de su lengua?
¿Cómo
lograr que el cáncer
se detenga?
Yo
sólo pienso, amigos, mis amigos
que si pierdo la lengua
me nacerá en los ojos…
Puedo
dejarla en el Penrose Hospital
de Colorado Springs
entre gasas esterilizadas y coágulos de sangre…
Puedo dejarla, digo… pero seguiré cantando,
y defendiendo al pueblo.
¡Hoy,
este día,
bajo la cápsula de cobalto
he tenido esperanzas…!
¡Ah!
Si el cobalto falla,
pobre poeta, su amor y sus zapatos.
No
puedo ya seguir escribiendo.
Esa lengua me arde, me quema.
De todos lados sale, del radio y la T. V.
En
las noches la siento como la ballena que se tragó a Jonás.
Inmensa, rompiendo mis dulces maxilares,
da enormes colazos y lloro.
Lloro por mi Patria a la que nunca, amigos,
tal vez yo vuelva a ver…
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