viernes, 9 de junio de 2023

MARÍA GRAZIA CALANDRONE

 

 

 

El altar de la especie

 

Era fácil amarla pero estaba destinada
a irse presurosamente y también a sumarse
a ciertos preparativos que los indicios consideran
meticulosos. Por la tarde cuidaba el jardín
en silencio. No entendíamos lo que pensaba, estaba
tranquila. O bien
hurgaba en un bloc de notas. Todas las noches –ya que se había vestido
el último cliente– compraba un dulce para el desayuno de la madre.

Por el agua viajan los desperdicios y son
retenidos a intervalos regulares por la rejilla enterrada
en la oscuridad y en el silencio que se crean a muchos metros bajo
el aspecto superficialmente aéreo del agua
que depende de la demora del sol en el ápice como una laca
democrática, un chorro desbordante de optimismo
también en las urticarias deshuesadas por el golpe de las fábricas.
Se llama calle de la fábrica de cáñamo y lleva,
en una mezcla de cieno y terrón
resistente al imprimirse del deshecho animal a la central
hidroeléctrica – es un sentimiento interrumpido, una deriva de los continentes y de
    los correspondientes desastres sumergidos
en la isla del cuerpo que termina
en la puerta del gran casamiento: hay sólo un guarda y controla
el va y viene entre las dos partes de agua y llama serpentina o quizás
    transmigración.
La encontramos en un extraño abandono
como si escindidas todas las ligaduras:
casi nada del agua del canal
ningún mal pensamiento
ninguna ironía
ni una gota de agua en los pulmones, ni siquiera
diatomeas –el cuerpo sostenido por una luz crítica
más allá del propio abandono– palpitaba al sol como presa de un éxtasis.

 

Versión de Beatriz Castellary y María Grazia Calandrone

 

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