El
último lucero aún encendido
está cuando hoy he abierto la ventana,
y la aurora, de súbito ha invadido
la quietud de mi celda franciscana.
La pequeña terraza toda llena
de maceteros y rocío, nada
en la luz matinal. Una azucena
levanta su blancura perfumada
cerca de mí. Pasa en el viento un blando
roce de alas tendidas y de vuelos.
Y yo, inmóvil y absorto, estoy mirando
la belleza del mar y de los cielos.
Junto con el rumor de la marea
sube el trémulo son de una campana;
las voces del Océano y la aldea,
que rezan la oración de la mañana.
Y esas voces se alejan misteriosas
y van a naufragar en el profundo
silencio de los seres y las cosas;
y una mística paz envuelve al mundo.
Me exalta la dulzura que se encierra
en el milagro de la luz que avanza,
y canto: ¡Hermano Sol y hermana Tierra,
digamos al Señor toda alabanza!
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