miércoles, 8 de abril de 2026

ABELARDO SÁNCHEZ LEÓN

 

  

Un alto

  

Ha interrumpido la marcha.
En sus hombros se posa la sombra
de un halcón que lo sigue,
dicta el paso y señala el rumbo.
Esa fue la enseñanza sajona impuesta en casa
y en aquel centro educativo donde osaron inscribirlo:
si caes, si ruedas por el peñasco, levanta esa frente.
Se jactaba de recibir aquella educación primaria apta
para todo muchacho que anhela captarla a la primera.
Un entorno elemental, sin lecturas e interpretaciones,
donde la fuerza de un remolino clarifica
y se desplaza como huracán en el golfo.
Le sacaba una sonrisa de orgullo. Entendía el mensaje.
Lo hizo suyo. Se compenetró con el guion,
esas líneas que orientan la mirada, y empezó a caminar,
que no hay camino, caminante,
el camino se hace en medio de estos claustros.
El olor de las hembras sumergidas detrás del matorral
inspira su instinto afilándolo como una serpentina de acero.
Mira desde la noche su infancia con incertidumbre.
Sin duda los hay, pues todos, a la larga,
atravesamos días oscuros.
De ese destino nadie se libra.
Bajo el cielo eterno hay esferas que se desplazan lentas
como camiones atascados en el fango.
Eso lo supo desde el primer día:
que de esas noches se sale con las justas
y luego se cae en otras, sin respiros,
a lo sumo un break de 20 minutos para resistir la jornada.
Lo entendió tanto que llevaba su escudo en la frente.
Una marca, un sello, un corazón de pantera en pleno salto.
Esas armas fueron las suficientes para entender lo central:
mientras más simple, más claro;
mientras menos ideas, tanto mejor.
Que lo suyo es continuar, seguir la marcha, caer, levantarse.
El olor de las hembras es un buen estímulo.
Esa sangre pegada a los muslos, esa boca entreabierta, esa mirada.
Era tiempo, digamos, de instalarse.
Mirar el cielo y decirlo en un puñado de palabras.
Dentro de poco encontrará el lugar.
Cuando llegue tropezará con las aguas
que vienen desde lo alto, detrás de las montañas,
y se dejará hacer, sin voluntad.

 

 

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